Recortes de historia ...

  

Epistolario de Mariano Joaquín Rosales

 

Carta de Luis Gonzaga Colom a Mariano Rosales. 14 de julio de 1827.

 

Sr. Don Joaquín Mariano Rosales

Sanlúcar

 

Sevilla Julio 14 de 1827

          Mi apreciado Amigo: aprovecho un momento a la última de V. del 3 y no puedo menos de darle gracias por haber ejecutado con la prontitud que me manifiesta cuando le dije en mi anterior del 28 del pasado mes sobre el servicio de Beneficio concedido a D. Antonio Romero.

          He celebrado me manifiesta V. en confianza el motivo principal de la contradicción hecha a este y demás servicios de Beneficiados con ánimo de dotar los curatos por el medio de la supresión de los servidores; y prescindiendo de la demostración que V. me hace, no puedo menos de darle confidencialmente mi dictamen y modo de pensar en el particular.

          Jamás aprobaré el medio que Vds. han adoptado para dotar los curatos pues además de ser contra rio, ni es fijo, ni menos podría permanecer como a V. no se le ocultará. Además se está formando un expediente general de orden de S. Eminencia quien resiste que ninguna persona en una sola Iglesia obtenga hoy ni tres servicios sin la debida aprobación; y así se obligará a los propietarios a que nombren nuevos servicios o la Jurisdicción lo hará, ínterin aquellos no lo hagan.

Ya V. ve en esta resolución, destruido dentro de pocos días, el plan de veuds y aunque tratarán Vs de contenerlo, no creo que sería prudente ni debido; mucho más cuando tienen Vds. en su mano la verdadera dotación, de que tenemos varios ejemplares en este Arzobispado, y en esa Iglesia hay más servicios que en otras. ¿Quién se lleva el producto de esas personeras?

Bien lo sabemos por desgracia; ¿pues por qué no se ha de aplicar a los curatos como se ha hecho con otros? Acudan Vds. A la Cámara, manifiestan Vdes. su indotación, hágase esto de acuerdo con S. Eminencia a quien han de pedir informe, y apoyándose en Madrid el asunto concluido en poco tiempo; y así logran Vds. su dotación, más justa y segura, y sin pleitos. Basta lo dicho para que V. forme una idea de mi modo de pensar, que mediante nuestra confianza lo he verificado, aunque de priesa.

          Creo se negó la licencia para que V. fuera a Madrid, y así no hay más recurso que remitir la representación que lo que bien puede V. escribir a S. Eminencia subscribiendo a su superior dictamen y veremos si se resuelve o quiere aguardar.

          Reciba V. recuerdos de mi hermano que viene tan cortesano y de la demás familia con el verdadero afecto de este su atento amigo Q.S.M.B.

 

(Sigue la firma de Luis Gonzaga Colom).


27/02/2016

  ARRABALES Y ERMITAS EN LA SANLÚCAR RENACENTISTA

 

 

Durante la concesión del Señorío a los Guzmanes hasta fines del siglo XVI, estos habían labrado gran cantidad de templos y conventos, tanto dentro de la villa murada, como por los arenales del incipiente arrabal de la Ribera. Es ahora el momento en el que los vecinos de la villa, aunque con la aparición esporádica de la mano de la Casa ducal, querrán imitar a sus señores y comenzarán a patrocinar y labrar una gran cantidad de ermitas, dedicadas a las más diversas advocaciones cristológicas, marianas o del santoral. Estas ermitas, fieles a su significación etimológica, proveniente del término latino eremus que, a su vez, proviene del griego eremos, y que significa desierto, serán construidas las más en lugares distantes, solitarios, aunque impregnadas del encanto natural de la geografía sanluqueña.

          Dentro del barrio murado, el antiguo, el que quedaba cobijado por los cuatro lienzos de muralla que, sobre la Barranca, corrían airosos desde el actual Castillo de Santiago hasta la Escalerilla de los Perros, para de allí buscar las aguas del Pozo Amarguillo, subir por la calle de San Agustín, para retornar a su punto de arranque, tan sólo se produce la construcción de una ermita, la del Señor Santiago. Ello era bien lógico. El barrio murado era un amasijo de casas, de palacetes de gente de posibles, de edificios oficiales. Todo quedaba muy estrecho para acometer nuevas construcciones. Mas, adosada a la muralla y por su parte interior, fue construida, y bien antigua que debía de ser la mencionada construcción, esta modesta ermita que, en decir de historiadores sanluqueños, bien pudo ser la primera parroquia de la villa ducal. Plácidamente se encontraba esta ermita, lindera con el hospital de San Bartolomé, cuando en el último cuarto del siglo XVI arribó a ella, por decisión ducal, el huracán de la orden agustina, tras el numerito que habían montado al ser expulsados de la ermita del Dulce Nombre de Jesús, en la que se habían instalado por derecho de ocupación forzosa. Al construir los agustinos su convento, esta ermita quedó integrada dentro de las instalaciones del mismo. En 1584 los agustinos constituían ya una comunidad completa, presidida por un prior[1].

 

A la salida de la villa tras la denominada Puerta de Jerez, una de las cuatro abiertas en las murallas, se constituyó el arrabal de la Puerta de Jerez. Delante de la Puerta se extendía, tras una explanada existente a la puerta misma, como incipiente plazuela, una amplia anchura de terrenos por el que corría un polvoriento camino hacia la villa de Jerez, y en cuyo entorno comenzaron a surgir las primeras calles: San Agustín, Pozo Amarguillo, Mesón del duque, Ollería, Caño Dorado... El siglo XVI acababa de salir del cascarón de la historia. Dos ermitas verían la luz en el Arrabal de la Puerta de Jerez. Una, integrada en su entorno urbano, la de San Juan de Letrán; la otra, perdida en el horizonte, allá por donde casi convergían los caminos de las villas de Jerez de la Frontera y de El Puerto de Santa María, la ermita de San Sebastián.

          La ermita de San Juan de Letrán fue labrada a la salida misma de la Puerta de Jerez. Su existencia aparece documentada a fines del primer tercio del siglo XVI (1526)[2]. En esta pequeña ermita, tímidamente explosionada de la villa murada, tuvieron sede las cofradías de San Juan de Letrán, de las Ánimas y de San Miguel. Al ser tan pequeña y encontrarse en mal estado, la cofradía del Arcángel San Miguel, incentivada por un documento que un devoto anónimo del Arcángel había escrito en 1643 y difundido por muchas poblaciones del reino, en el que se hablaba de las excelencias del santo y de sus cualidades para proteger de toda clase de calamidades, tomó la primacía en la marcha de la ermita. El corregidor de la villa Juan de Sandoval llevó a cabildo el escrito[3]. El cabildo acordó nombrar diputados a los regidores Juan de Bolaños Villacreces y José Hermosilla para que se entrevistasen con el vicario eclesiástico, Luis de León, y le presentasen la disponibilidad del Cabildo para organizar en honor de San Miguel una procesión solemne, con sermón y misa en su iglesia, y otras actuaciones que debieran acometerse. Poco después la cofradía de San Miguel tomó la iniciativa de construir, en la misma ubicación de la antigua ermita de San Juan de Letrán, una nueva “con más amplitud y lucimiento”[4], pues esta cofradía “estaba compuesta de todo lo lucido del barrio alto y de todos los trajinantes de la Puerta de Jerez, que había entonces muchos y muy acomodados”[5]. Afirma Guillamas que en el nicho principal del altar mayor se colocó una Virgen con el nombre de Nuestra Señora de la Esperanza[6].

          En 1646 el Cabildo hizo voto de asistir a la fiesta de San Miguel y fue nombrado patrono de esta ermita. Particularmente conflictiva fue la estancia en las dependencias de la ermita de las monjas Carmelitas Descalzas, religiosas que se habían instalado en la ermita a la espera de convento de mayor amplitud, “por decreto del arzobispo de Sevilla y contra la voluntad de los hermanos que, para echarlas de allí, les causaron todas las molestias posibles hasta que lo consiguieron”[7]. 

          Distante de las murallas de la ciudad, y en medio de un extenso ejido, que tomaría su nombre, se labró en 1507 la ermita de San Sebastián. En la construcción de esta, como en la de otras ermitas sanluqueñas, se hermanaban devoción y utilidad pública, pues estas ermitas extrarradiales, a más de lugares de peregrinación y de devoción popular, servían de lazaretos en tiempos de epidemias, para impedir el acceso a la villa de quienes venían de afuera y podían ser portadores de la enfermedad, para atender a los enfermos, y para enterrar a quienes muriesen como consecuencia de la epidemia, que no eran pocos. Este fue el origen de la construcción de esta ermita, en la que la epidemia había sido tan virulenta que hasta el propio duque de Medinasidonia Juan Alonso IV (1466-1507) murió víctima de la peste, aun a pesar de que intentó huir de ella, alejándose de la ciudad de Sevilla, donde estuvo el brote más virulento.

          En 1516 aparece documentada esta ermita, al mencionarse en los libros capitulares[8] el ejido de San Sebastián y el sueldo del santero que cuidaba de la ermita del mismo nombre. Años después, dada la importancia que iba tomando aquella zona de la villa, el cabildo tomó el acuerdo de amojonar “el ejido de San Sebastián”[9]. De la relevancia que iba tomando esta ermita habla el acuerdo del cabildo de efectuar voto de asistencia corporativamente a las fiestas de la solemnidad del santo, y de participar en una procesión con la imagen de san Sebastián que, saliendo de la iglesia mayor parroquial, concluiría en la mencionada ermita[10], razón por la que también se le otorgó al cabildo el patronazgo de la ermita.

          En la ermita de San Sebastián se repitió la misma historia que en la de San Juan de Letrán. Por decisión del duque de Medinasidonia don Gaspar (1600-1664), el último de los señores de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, y con la oposición del Cabildo[11], se instalaron los frailes Carmelitas Calzados en la ermita. A pesar de la gran solemnidad de la entrada, con la presencia de los dos curas León Garabito, el tío y el sobrino, vicario y beneficiado de la iglesia mayor parroquial, y con la del padre provincial de los Carmelitas, el padre Montalvo; y a pesar de que de inmediato cambiaron el nombre de la ermita por el de Purísima Concepción de María Santísima, su estancia en la ermita tan sólo duró un mes, tras el que se trasladaron a nuevas casas linderas con el Carril Nuevo (hoy Carril de los Ángeles). 

          No me resisto a transcribir la curiosa teoría del conde de Maule (+ 1828) relacionada con esta ermita de San Sebastián:  “Un vecino de esta villa (presbítero)[12] me dice que haciendo excavación para levantar la portada de su quinta, cosa de trescientos pasos de S. Sebastián, encontraron los albañiles cimientos solidos y fuertes de edificio antiguo, de donde arguia que hacia esta parte estuvo la antigua población de S. Lucar. Yo fui en su compañía al mismo sitio, pero aunque es mui aparente para una población, nada encontré que denotase antigüedad. Sin embargo la comun opinión es de que en los tiempos primitivos estuviese fundada S.Lucar hacia la dicha hermita de S. Sebastián camino de Xerez y del Puerto”[13]. 

Menos pródigas en ermitas fueron las tierras que se abrían delante del Arrabal de la Fuente, en la parte superior de la Barranca, rica en aguas y manantiales, con un entramado de fértiles huertas bañadas por arroyos que venían de allende el lejío de san Sebastián y del camino de El Puerto de Santa María, y que se extendían en dirección a las antiguas villas de los Guzmanes, Chipiona y Rota. A la muy antigua ermita de San Antón vino a sumarse, en tierras de la Huerta del Desengaño, la ermita de Nuestra Señora del Buen Viaje.

          El origen de esta ermita estuvo en la escisión que se produjo en la Cofradía de San Nicolás entre los dos grupos sociales existentes entre la gente de la mar. Los del Barrio de la Balsa, de faenar más humilde y de estrato social más bajo, abandonaron la cofradía, y fundaron cofradía y construyeron ermita dedicada a Nuestra Señora con la advocación del Buen Viaje. El hecho aconteció en el ocaso del siglo XVI. Esta advocación mariana y marinera gozó de gran fervor por parte de la gente de la mar, llegando a ser la patrona de los mareantes, y a procesionar con el correr de los años. En 1630 el duque de Medinasidonia don Manuel, con la finalidad de que los PP. Capuchinos acometiesen la fundación de la Orden en la ciudad, junto con otros terrenos, hizo donación de esta ermita, que quedó integrada en el conjunto del nuevo convento. 

El arrabal de la Puerta de Sevilla, a pesar de ser el arrabal de menor relevancia poblacional durante mucho tiempo, no por ello fue modesto a la hora de acometer construcciones de ermitas. Se ha de considerar la capital importancia que para la villa tenía el camino de Sevilla en este siglo renacentista precisamente, a más de que era lugar de trasiego, por la parte superior de la Barranca, para las idas y venidas al puerto de Barrameda, y para las llegadas desde la capital hispalense de los miembros de Casa ducal, así como para las personalidades que a ver a los duques venían a la ciudad. Fueron seis las ermitas labradas, y estas, de alguna manera, emparejadas: la de San Blas y Santa Brígida, la de San Diego y Nuestra señora de las Cuevas, y la de Nuestra Señora de Bonanza y Nuestra Señora de Barrameda. Un abanico de perlas marianas de honda tradición y de significativos integrantes del santoral católico.

          Las ermitas de San Blas y de Santa Brígida estaban situadas al comienzo del camino de Sevilla. La de San Blas, a la sombra misma de la Puerta de Sevilla, siendo el centro del barrio, humilde y campesino, que junto a ella se levantó. Aunque de sus fundadores no consta prueba documental, Velázquez Gaztelu, con su proverbial fidelidad a sus señores, los Medinasidonia, expone su intuición de que probablemente, dado que el santo era abogado de los males de garganta, fuese mandada labrar la ermita a él dedicada por algún miembro de la Casa ducal en agradecimiento por haberle sanado de dicho mal[14]. Ya a mediados del siglo XVII, el duque don Gaspar, instaló en esta ermita a los frailes franciscanos descalzos, hasta que estos pudiesen labrar un amplio convento, cosa que tardaría cuarenta y cuatro años. En muy mal estado estaba la ermita a principios del siglo XVIII, momento en el que el presbítero beneficiado de la iglesia mayor parroquial, Gaspar Durán y Tendilla, el orador sagrado que intervino en la parroquial con motivo de las honras fúnebres tras el fallecimiento del rey Carlos II en 1700, acometió la tarea de reconstruirla a sus expensas, mas el objetivo no se pudo cumplir por fallecimiento del benefactor de la ermita. 

Próxima a la ermita anterior, existió con una permanencia mucho más afortunada, una ermita que gozó de fervor, culto y relevancia patrimonial, la ermita de Santa Brígida. La ermita fue labrada en dedicación a la santa mística de Suecia, fundadora de la Orden del Salvador, con el carisma de contemplar la pasión de Cristo y de María; fue aprobada la Orden por el papa Alejandro VI (1431-1503) en 1493. Memorias documentales de la ermita no aparecen hasta 1541, si bien los historiadores locales opinan que su construcción debió ser muy anterior a esta fecha, relacionándola con la conquista de las Islas Canarias “por el culto preeminente que se dio en el templo a Nuestra Señora de la Candelaria, patrona de dichas islas”[15], “por consecuencia de los primeros conquistadores hijos de esta Ciudad, que sin violencia pudieron trasladarnos aquí el culto de aquella soberana imagen estableciéndolo en la ermita de Santa Brígida”. La ermita estuvo en pie muchos años. Gozó de fundaciones de capellanías y tuvo extenso patrimonio. Estuvo abierta al culto, celebrándose la Misa en domingos y festivos para atender a los fieles que vivían por el ejido de Santa Brígida y su entorno. 

Más hacia el puerto de Barrameda, en uno de los ramales del camino de Sevilla, en lugar sugerente, en un barranco que se alzaba sobre el monasterio de San Francisco el Viejo, dicen los historiadores que fueron construidas dos ermitas, pequeñas, rodeadas de álamos blancos, que gozaban de la más bella de las panorámicas y del más gratificante clima, las ermitas de San Diego y la de Nuestra Señora de las Cuevas. La entidad de la ermita de San Diego aparece difuminada por la reconstrucción de los hechos que suele reelaborar la devoción o la carencia de datos documentados. Guillamas afirma que estaba “dentro del recinto de las tapias del convento de San Francisco el Viejo”[16]. Velázquez Gaztelu, por su parte, aparece en este tema un tanto titubeante, no la incluye como tal ermita en su relación de 13 ermitas de la Ciudad[17], mientras que la denomina “capilla de San Diego de Alcalá”[18]. Sobre esta capilla aporta los siguientes datos: que estaba dentro del recinto de las tapias del convento, que estaba ubicada en una planicie estrecha de la barranca a cuyo pie existió el monasterio, que era una pequeña capilla dedicada al santo, porque el santo cuando estuvo en este convento se “retiraba a una celda retirada de las demás, dedicado a la meditación y a la penitencia”, que dicha capilla “estuvo desde la fundación del convento [...] para los religiosos que se querían retirar a hacer ejercicios”, que la celda fue mandada reedificar en 1719 por la comunidad erigiéndola en capilla, “con un hermoso pórtico delante, pequeño todo a la verdad”. Termina Velázquez Gaztelu con una nota costumbrista y azoriniana de su época: “En el único edificio que ha quedado en pie del convento viejo, propiamente el hospicio de los religiosos canarios, se mantiene siempre un religioso anciano para cuidar de aquella casa, de su huerta, y esencialmente de la ermita del santo, donde dice misa todos los días de fiesta a los hortelanos y vecinos inmediatos del bario de los gallegos, a quien sus religiosos llaman por esta razón el padre capellán del Pino”. 

De la ermita de Nuestra Señora de las Cuevas no es que haya muchos más datos, pero los que hay están documentalmente conservados. Oficialmente estaba dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, si bien popularmente era conocida como  la Ermita de las Cuevas, por ser así denominada toda esta zona: las cuevas, por las que había en el ascenso desde la parte baja de la barranca hasta la parte superior de la misma, denominada Alto de las Cuevas. A mediados del siglo XVII hay noticias sobre esta ermita tanto en los libros capitulares, por el acuerdo del cabildo de impedir que permaneciesen en ella unos ermitaños (por cuanto se mezclaban fácilmente los verdaderos con “unos verdaderos hipócritas”[19]), como en el archivo diocesano, donde se encuentran solicitudes de candidatos a ejercer de santeros al cuidado de la ermita. Existió en esta ermita una cofradía del mismo nombre en el siglo XVIII, a uno de cuyos cabildos de elecciones de junta de gobierno afirma Velázquez Gaztelu que asistió con su ayo, siendo don Juan Pedro un niño, “y nos acordamos se entregó al nuevo mayordomo un inventario por que se le exhibieron las alhajas y muebles de la ermita”[20]. 

De todo lo referido sobre estas dos ermitas, deduzco que la ermita de San Diego nunca existió como tal denominación. Se trató de una “celda de desierto”, aún hoy existente, aunque con otras características más modernizadas, en algunas órdenes religiosas. Dicha “celda de desierto” tenía exactamente las mismas características descritas por Gaztelu sobre la capilla de San Diego. Esta “celda de desierto” la habrían construido los franciscanos desde la fundación del monasterio, pero lógicamente considerando, por una parte, la suma austeridad de la orden, y por otra, la finalidad que la mencionada celda tenía, así como el terreno de constantes bajadas de aguas de lluvia que deterioraron el propio  monasterio, es deducible que esta capilla de san Diego debió de tener corta duración.

          Mas, la devoción que por el santo se sentía en la ciudad, y tal vez el deseo de recuperar lo que había sido sitio de veneración popular por el reconocido santo es lo que llevaría, como escribió Gaztelu, “a alguna persona devota y contemplativa”[21] a construir en el lugar donde había estado “la celda de desierto” del monasterio, sacralizada por la presencia en ella del santo, una ermita que, durante algún tiempo conservaría la memoria del santo y que, con posterioridad, pasaría a ser conocida tan sólo como “la ermita de Las Cuevas”, al igual que el tanto tiempo denominado “pino de san Diego” quedó transformado simplemente en “El pino”. 

En el extenso pinar de Barrameda, propiedad de los Medinasidonia, son dos las ermitas que existieron, la de Nuestra Señora de Barrameda y la de Nuestra Señora de Bonanza. Más antigua, la de Nuestra señora de Barrameda. Velázquez Gaztelu confirma categóricamente la existencia de esta ermita desde 1270, antes de la donación regia a Guzmán el Bueno de estas tierras, su relación con la Orden militar de los Caballeros Templarios y la existencia de otras en las proximidades, como la de Bonanza y la de Guía [22]. A la fundación del convento de los frailes Jerónimos, la ermita quedó incluida dentro de las dependencias del nuevo monasterio. 

Mucho tiempo después, fue labrada la ermita de Nuestra Señora de Bonanza. Para que pudiesen ser atendidos espiritualmente quienes en el Baluarte de Barrameda se ocupaban de la defensa de la desembocadura del Guadalquivir, así como de quienes habitaban los “arenales de Bonanza”, tuvo el duque de Medinasidonia Enrique III (1494-1513) la iniciativa de construir una ermita, que, como ya era tradicional, se consagraría a la Virgen con la advocación del lugar donde la ermita se erigía. Recoge Velázquez Gaztelu el siguiente texto de 1503: “el señor duque mandó facer a Diego Martín, albañil, en su lugar del puerto de Barrameda”[23]. Su ubicación la precisa José Veitia[24], quien afirma que la ermita de Nuestra Señora de Bonanza se encontraba en el lugar denominado de Sanfanejos. 

Dada la modestia de la construcción y la zona descampada en la que se situaba, necesitó de frecuentes intervenciones y arreglos, a los que siempre respondieron los muchos navegantes devotos de la Virgen[25]. En el mismo siglo XVI se fundó una capellanía con la finalidad de que dos frailes Jerónimos del próximo convento de Nuestra Señora de Barrameda atendiesen la ermita de Nuestra Señora de Bonanza. Estos dos frailes residían en la ermita las 24 horas del día, teniendo la obligación de celebrar diariamente en ella dos misas, asistir a la gente de la mar y de las flotas que arribasen, sepultar a los fallecidos e incluso atender una hospedería, creada junto a la ermita para que las familias pudieran disfrutar del paraje, descansar o dedicarse a la caza. Según el testimonio de Velázquez Gaztelu[26], aunque con menor servicio, estaba aún en pie en 1758; pero a mediados del siglo XIX la ermita yacía ya derruida[27]. 

En 1478 el duque Enrique “el Magnífico” concedía un privilegio por el que se podía proceder al poblamiento oficial de la ribera; poblamiento “oficial”, puesto que ya desde tiempo atrás se habían ido construyendo pequeñas viviendas, con más o menos sutileza. Ya estaba labrada, en el mismo corazón de la ribera la primera iglesia del arrabal, de la Santísima Trinidad. Las cuatro ermitas que se construyen en este siglo las agrupo en dos bloques: dos que se labran adosadas prácticamente a la muralla de la villa (las de San Roque y la de Nuestra señora de Belén), y dos que se distancian hacia el barrio de los Gallegos y los arenales de Guía (la del Señor San Nicolás y la de la de Nuestra señora de la Buena Guía. 

La Puerta de la Villa era la más importante de todas, testigo del enorme trasiego que en este siglo XVI hay ya en la villa sanluqueña. Es el verdadero cordón umbilical que une la villa murada con el floreciente arrabal de la Arriba. Allí, junto a la Puerta misma, se labra la Ermita de Nuestra Señora de Belén. Dada la religiosidad que reinaba desde siempre en la sociedad, era tradición comúnmente seguida y respetada,  el que a las salidas o entradas de los pueblos se colocase un “humilladero”, un lugar religioso sacralizado con una cruz o con una imagen, que sirviese de fiel guardián a quien iba o a quien venía. Ello hizo que, movido por este espíritu, Alonso Benítez, servidor de la casa Ducal de Medinasidonia, tuviese la feliz iniciativa de patrocinar en 1563 la construcción de una ermita a la salida de la villa murada, por allí por donde el trasiego de idas y venidas era mayor, por la “Cuesta de la Villa”, que se dirigía hacia los arenales del incipiente Arrabal de la Ribera del Guadalquivir. El lugar elegido fue aquel de espléndida vista hacia el río-mar que luego sería portería del convento de frailes Mercedarios [28].  Extrajo la piedra, eso sí de las cimientos, de la que había sido la “fuente de la Ribera” [29]. Consta en una sesión capitular de diciembre de 1563 cómo el Cabildo sanluqueño  analizó la petición que le  había sido efectuada por el criado del duque Alonso Benítez. En dicha petición solicitó Benítez merced para poner recoger con destino a la construcción de la mencionada ermita “alguna piedra de la que se tiran a la puerta de la ribera”. El cabildo le autorizó a que las pudiese coger “de donde se deshizo la fuente de la Ribera //que la cargue y la lleve norabuena (sic)”, aunque eso sí, sin que de ninguna manera afectase al pilar de la dicha fuente.

La construcción, en consonancia con su finalidad de signo de religiosidad enclavado en el camino, era de suma modestia: ermita, sacristía, un pequeño retablo con tres hornacinas, una vivienda en parte superior, y poco más.  Alonso Benítez autorizó a los frailes Mínimos a que se hospedasen en ella y en una casa contigua que les agenció, hasta que les fuese entregado el convento que para ellos se construía por el “lugar de los tartaneros”.  En 1615 la ocuparon los Mercedarios, quines encontraron en el modesto retablo las imágenes de san Francisco de Paula y la de san Roque, pero no así la de la Virgen de Belén. No sería ninguna sorpresa que apareciese alguna documentación de la época que demostrase que los Mínimos se la llevaron a su nuevo convento de la Victoria. Los nuevos inquilinos, con un extraordinario nuevo convento construido, hicieron donación del modesto retablo a sus hermanos los Mercedarios de Cartaya.  Esta ermita es la que daría para siempre nombre a la cuesta, que pasaría a ser denominada como “Cuesta de Belén” hasta el día de hoy. 

En 1592, con motivo de construirse la Cuesta de San Roque, para comunicar la villa murada con la calle del Chorrillo, aparece documentada la existencia de la ermita de San Roque[30]. No cabe la menor duda de que su construcción debió datar de mucho tiempo atrás. Contemporáneamente a los Carmelitas calzados se establecieron, con el patronazgo del duque don Gaspar (1600-1664) en la ciudad, los Carmelitas descalzos, quienes se instalaron en esta ermita en 1641, y pusieron como titular de la misma a Nuestra Señora del Carmen, no obstante la ermita comenzó a denominarse convento de San Roque, y los frailes, religiosos de San Roque[31]. Estuvieron en la ermita hasta 1661.

La ermita de San Roque a fines del siglo XVI estaba ya labrada, habiéndose podido construir previsiblemente por los años de 1580 a 1584. La puerta principal de la ermita daba a la calle del Chorrillo[32] (hoy Cuesta de Ganados), por lo que recibió durante algún tiempo el nombre de Cuesta de San Roque. Es claro que el lugar era amenísimo por la proximidad de la denominada Huerta Grande, mas no así las instalaciones de la ermita que, a todas luces, habrían de resultar sumamente estrechas para la comunidad de frailes carmelitas. Es, pues, de saber que los frailes, alegando dicha estrechez, por una parte, y por otra, le fetidez que producía el arroyo que a sus plantas desfilaba bien cargadito de las “inmundicias del matadero”, pretendieron trasladarse a la zona más alta, denominada la Huerta Grande. Mas el Cabildo sanluqueño lo impidió[33], considerando que el lugar era sitio de expansión y recreo de la ciudadanía, para el que privarle de esta zona supondría duro quebranto.  En vista de lo cual, volvieron los frailes a la carga. Forzados por el poco espacio, hacen petición de que al menos les fuese concedido un poco más de terreno, por lo que solicitaron autorización para poder cerrar la denominada Calle del Rastro, con lo que podrían extender la superficie conventual hasta la falda misma de la Huerta Grande. A ello sí accedió el Cabildo[34]. En la ermita estuvieron 20 años, y  después de las infructuosas pretensiones de  instalarse en la Huerta Grande, compraron unas casas  en las calles del Baño y San Juan[35] en donde, no sin dificultades, se establecerían.

 En 1791 aparece un curioso personaje en la historia de la ermita. Se trata del hermano José María del Rosario. Tras período de pedigüeñerías por la ciudad, presentó una solicitud al Cabildo para que este le autorizase a poder instalarse en la ruinosa ermita de san Roque, y que él, con las limosnas que fuese recibiendo, se comprometía a ir reedificando la ermita, tenerla bien frisada y aseada, y reconstruida, colocar en el altar la imagen de san Roque y una imagen de la Virgen de su devoción. Debió creer el Cabildo en las posibilidades del proyecto del bien intencionado religioso, por lo que lefue concedida la correspondiente licencia[36]. No pudo, sin embargo, el bueno del hermano José María del Rosario pasar el rubicón de los muchos obstáculos para la consecución de la realización de sus pretensiones, por lo que unos años después -1804- el propietario de la vivienda que, por la actual calle de Ganados, daba a la ermita de san Roque, Antonio Jiménez Barbudo, viendo que su hacienda peligraba, pues las paredes de la ermita, que seguían en situación ruinosa, amenazaban con desplomarse sobre su casa, en evitación de ello cogió por la calle de en medio y pidió a los señores capitulares que le hiciesen concesión del solar para en él poder proceder a construir casas. 

En 1573 aparece documentada la ermita del Dulce Nombre de Jesús, dentro de una finalidad generalizada por aquel entonces en la Iglesia de atajar la reiterada costumbre de blasfemar, y estrechamente relacionada con la orden dominica, de manera que una orden papal establecía que las cofradías del Dulce Nombre de Jesús tan sólo podían establecerse en conventos regentados por estos frailes y bajo su dirección. La ermita sanluqueña se debió a una donación efectuada por Bartolomé de Guisa en 1571 de unas casas “no terminadas de labrar”[37], situadas en la confluencia de la Calle Ancha de los Mesones y la de las Cruces. Pronto la cofradía en ella existente, por lo anteriormente mencionado, se trasladó al templo del convento de Santo Domingo, quedando situada en el crucero, en el altar frontero al de la Virgen del Rosario.

Por intervención de la Casa ducal, tan próxima a los religiosos jesuitas, la ermita comenzó a utilizarse como hospedería para los jesuitas misioneros que pasaban a Indias, dado que aún no se había labrado el que sería su convento en la ciudad. La Casa ducal “los proveía abundantemente de todo lo necesario para su sustento y descanso”[38]. Mas, aprovechando las circunstancias de que no se encontraba ningún jesuita hospedado en la ermita, se plantaron en ella los frailes Agustinos y se instalaron allí. El Cabildo les ordenó que la desalojasen. Los Agustinos se negaron. El Cabildo acudió a la autoridad del duque de Medinasidonia y este reiteró la orden de que abandonasen la ermita. Los astutos Agustinos se fueron, sí, pero montaron tal escándalo desde la calle Ancha de los Mesones hasta el Cantillo de los Guardas, en dirección nuevamente hacia la villa de Chipiona, cantaron tan macabras salmodias, pidieron tal cúmulo de calamidades para la ciudad, dramatizaron tanto, ya en el Cantillo de los Guardas, quitándose las sandalias y, en ademán melodramático dejando el polvo sobre la amenazada ciudad, que el duque y el vecindario se sintieron aterrorizados por los castigos divinos que podían caer sobre ellos. El duque Alonso IV (1550-1615) reaccionó y les ofreció su propio palacio en primera instancia, y luego la ermita de Santiago donde se asentaron.

La cofradía del Dulce Nombre de Jesús, por su parte, quedó asentada en el convento dominico. En 1607 se siguieron autos con la cofradía de la Vera Cruz sobre nulidad de escritura de fusión [39], en 1616 con el prior de Santo Domingo sobre cumplimiento de las obligaciones y compra de capilla[40], en 1680 con el clero de la ciudad sobre asistencia a la procesión de la tarde[41], y en 1799 sobre el día de salida de la procesión[42],  así como un expediente sobre aprobación de ordenanzas[43]. Unos cincuenta años antes esta cofradía pasó a constituirse, retomada por el gremio de los panaderos, como cofradía de sangre. Procesionaba la tarde del jueves santo con la imagen del Niño Jesús con túnica de nazareno que se conserva en la hoy parroquia de Santo Domingo. La procesión hacía las visitas rituales al convento de la Victoria y al de los Carmelitas.  

En las proximidades del barrio de los Gallegos se labraron otras dos ermitas. Una a los pies mismos de la Barranca, la del Señor San Nicolás; y otra en los arenales que se extendían desde el barrio de los Gallegos hasta la orilla de la mar, era esta la ermita de Nuestra Señora de la Buena Guía. 

La ermita de San Nicolás fue labrada a espaldas de la que en la actualidad es la iglesia parroquial de San Nicolás de Bari[44]. Su fundación es de fines del siglo XVI. Fue su fundador Alonso de Revilla[45], un sanluqueño fervoroso e inteligente, pues, siendo hermano mayor perpetuo de la Cofradía de Navegantes o Mareantes,  que residía en la iglesia mayor parroquial (al parecer desde el año 1436), comprendía que el lugar, con la Barranca además como obstáculo a superar para arribar a la dicha iglesia, no era el más idóneo para mantener viva la fe y la devoción de la gente de la mar a su Cofradía, razón por la que vino en determinar la construcción a sus expensas –obras son amores y no buenas razones– de una modesta ermita que sirviese de lugar de culto y devoción para la gente de la mar. Construida, tuvo la voluntad de donarla a la Cofradía de Mareantes, con dos cláusulas de obligado cumplimiento para la Cofradía: era la una la de celebrar misa por su alma, por siempre jamás, cada año el “día de las ánimas”, y la otra la de proveer a su viuda de velas para el “día de los santos”. La verdad es que desconozco las razones de esta segunda y enigmática cláusula testamentaria. Es lo cierto que allá se trasladaron pilotos, contramaestres, carpinteros de ribera, calafates, y hombres todos de la mar, que no eran pocos en la villa.  Las Reglas de la Cofradía fueron aprobadas en 1592 por el entonces cardenal arzobispo de Sevilla Rodrigo de Castro Osorio (Valladolid, 1523- Sevilla, 1600).

 Mas por poco tiempo vivieron en armonía, que donde hay diferencia económica, surge la diferencia social y, con tantas diferencias efervescentes, surgen enfrentamientos y pendencias; así que los hombres de la mar “de a pie” cogieron sus bártulos y vinieron a instalarse en la ermita de Nuestra Señora del Buen Viaje, en lo alto de lo que sería posteriormente el convento de PP. Capuchinos. Fue este el tiempo en que se extendió también entre la gente de la Balsa la devoción a San Antonio de Padua, razón esta por la que, al trasladarse con el correr de los tiempos, al antiguo barrio de los Gallegos, una de sus calles pasaría a ser denominada Calle de San Antonio.

A simple vista, llama la atención la denominación de la ermita, dedicada a tan popular como desconocido santo, san Nicolás. Mas todo tiene su lógica en los aconteceres históricos. Veamos. San Nicolás fue personaje del siglo IV, nacido en Turquía, de donde llegó a ser obispo en la ciudad de Mira. Falleció el 6 de Diciembre del año 345. Gozó este santo muy pronto de enorme popularidad y de gran devoción, atribuyéndose ingente multitud de milagros, de entre los que vinieron a tener más resonancia fue la curación milagrosa de unos niños que habían sido salvajemente heridos, así como la salvación de unos marineros que acudieron a su protección en momento de grave naufragio. Esto hizo que fuese aclamado como patrono de los marineros y gente de la mar. Llegó a ser tan popular desde la antigüedad que a su título fueron consagrados más de 2.000 templos, siendo patrono de Rusia, Grecia y Turquía. Tras estos hechos extraordinarios tan admirados por la devoción popular, hubo un hombre de carne y huesos con un radical y evangélico desprendimiento. De padres adinerados, lo daba todo a los pobres, actitud que llegó a su culminación cuando, fallecidos sus padres, lo entregó todo a los necesitados, e ingresó en un monasterio. La razón de ser conocido como San Nicolás de Bari estriba en que, cuando los mahometanos invadieron Turquía, un grupo de católicos trasladaron secretamente las reliquias del santo a esta ciudad de Bari en Italia[46]. 

La ermita de Nuestra Señora de la Buena Guía se encontraba en las proximidades de la playa, por lo que hoy es la Barriada de Bajo de Guía. Su erección se debió al patronazgo del duque de Medinasidonia don Manuel (1579-1636), quien en 1597 donó a los frailes Hospitalarios de San Juan de Dios unos terrenos en las inmediaciones de la playa[47]. En ellos los frailes alzaron una ermita, que nacía con la finalidad de servir de hospital o albergue para toda clase de desvalidos, como era el objetivo de la Orden. Al producirse la fusión de todos los hospitales de la localidad en uno solo, el Hospital de la Misericordia, bajo la dirección de Juan Pecador, la ermita permaneció abierta al culto y atendida por uno de los religiosos hospitalarios. En esta situación se mantuvo hasta fines del siglo XVIII, quedando prácticamente arruinada a principios del XIX.

Se fundó al par en la ermita la Cofradía de Nuestra señora de la Buena Guía, con el fervor de rendir culto a la Señora bajo esta advocación. Se estableció su festividad el día del Dulce Nombre de María, y comenzó a procesionar por la playa. La descripción que de la procesión realizan los historiadores Velázquez Gaztelu[48] y Guillamas[49] (este copiando ad pedem litterae del anterior) dan pie a considerar el paralelismo que aquella procesión tenía con la que en la actualidad realiza la Virgen del Carmen de esta barriada de Bajo de Guía por la playa: "a que concurrían todo el pueblo convidado de la deliciosa carrera de las playas por donde se hacía, de la hermosa perspectiva de las embarcaciones empavesadas con sus flámulas y gallardetes haciendo tales salvas a Nuestra Señora al pasar por delante de ellas".  Experimentó la Cofradía un periodo de tibieza, tras el cual intentó ineficazmente reorganizarse en el siglo XVIII, pero el estado ruinoso de la ermita le hizo desistir del empeño.

 

 

 

 

 



[1]  Acta Capitular  de la sesión de 14 de Noviembre de 1584 del Excmo. Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda.

[2]  Act. Cap. libro  1, folio 253.

[3]  Act. Cap. de la sesión de 26 de Enero de 1643.

[4]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones de todas las iglesias, conventos y ermitas, pág. 511.

[5]  Guillamas: Historia de Sanlúcar de Barrameda, pág. 142.

[6]  Ibídem.

[7]  Ibídem.

[8]  Libro anteprimero, folio 126 vto.

[9]  Act. Cap. libro 5, folios 57 vto, 72 y 282.

[10]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones ... pág. 508.

[11]  Pedro Barbadillo: Historia de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda,  pág. 341.

[12]  Se trata del padre León Garabito, el mozo, es decir, el sobrino,  que tuvo finca por este Ejido.

[13]  Descripción de Sanlúcar de Barrameda, pág. 9.

[14]  Fundaciones ... pág. 509.

[15]  Pedro Barbadillo: Historia de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, pág. 343.

[16]  Historia de Sanlúcar de Barrameda, pág 144.

[17]  Cfr. Fundaciones ... págs. 497-498.

[18]  Ibídem, pág. 520.

[19] Ibídem.

[20]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones... pág. 519.

[21]  Ibídem.

[22]  Fundaciones ... , página  147.

[23]  Historia antigua y moderna, página 235.

[24]  Norte de la Contratación, libro 2º, capítulo cuarto, página 25.

[25]  Guillamas: Historia de Sanlúcar de Barrameda, página 138.

[26]  Fundaciones...página 505.

[27] Guillamas: Historia de Sanlúcar de Barrameda, página 138.

[28]  Act. Cap. de 17 de Diciembre de 1563.

[29]  Acta capitular, libro 3, 6 vto.

[30]  Act. Cap. libro 7, folios 60 vto y 62.

[31]  Act. Cap. libro 17, folio 73.

[32]  Cfr. Narciso Climent: Calles y plazas de Sanlúcar de Barrameda

[33]  Act. de la sesión Cap. de 21 de Julio de 1657.

[34]  Act. de la sesión Cap. de 10 de Diciembre de 1647.

[35]  Pedro Barbadillo: Historia de Sanlúcar de Barrameda,  página 287.

[36]  Act. de la sesión Cap. de 19 de Enero de 1791.

[37]  Pedro Barbadillo: Historia de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, pág. 344.

[38]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones ... pág. 387.

[39]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, caja 457/3,1.

[40]  Ibídem, caja 457/ 4, 2.

[41]  Ibídem, caja 458/ 9,3.

[42]  Ibídem, caja 457/ 18, 4.

[43]  Ibídem, caja 460/3,5.

[44]  Cfr. Narciso Climent: Calles y plazas de Sanlúcar de Barrameda

[45]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones ..., página 120.

[46]  Cfr. José Luis Repetto Betes: Nuevo Año Cristiano, tomo 12, pág. 128-129).

[47]  Pedro Barbadillo: Historia de Sanlúcar de Barrameda, página 347.

[48]  Fundaciones... página 516.

[49]  Historia de Sanlúcar de Barrameda, página 143.


07/08/2015

  ASOCIACIÓN DE CULTURA MUSICAL, 1925.

 

 

 

 

Habiendo llegado hasta mi, el rumor de que aquí cesan los conciertos en junio y hay vacaciones hasta septiembre; soy en comunicar a los socios, que aunque el Reglamento que se entrega con la cuota de entrada, dice eso, se refiere a Madrid, y a las Delegaciones del Interior, pero no a los puertos de mar, donde afluyen precisamente, durante la estación veraniega, la mayoría de los socios de dichas poblaciones.

          De modo que aquí, como en todas las Delegaciones que se hallan igualmente situadas en puertos de mar, no hay vacaciones, y sí habrá, probablemente, más de un concierto mensual, pues engrosada la sociedad con la colonia veraniega, y los rehacios (sic) de la localidad que no se apuntan creídos en tal error, quizás se llegue al número que para ellos se necesita.

          Pongo en conocimiento de los socios, que en Madrid, además de estar en estudio la cuota extraordinaria que han de abonar los forasteros durante el verano, se piensa subir, a los de la localidad, la cuota de entrada a 10 pesetas, como se ha hecho ya en Cádiz, desde noviembre último pasado.

          De modo, que decídanse los remisos que hasta la presente, aún tengo orden de admitirlos por la cuota de entrada actual, para el mes de junio, en que actuará, decididamente, el incomparable violinista español, de fama universal, Joan Manel, acompañado por el reputado pianista, Alejandro Vidal.

 

El Delegado. Abelardo Sánchez.

 

“Sanlúcar”. Año XXIV, nº 4. 371. Edición del Jueves 28 de mayo de 1925.

 

 

          Del Archivo particular de Rafael Pablos Bermúdez.


10/02/2016

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