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  MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA

 

 

 

Dios, llevado de un gran amor al hombre, se le ha revelado por medio de su Palabra en la historia, al igual que también se ha revelado un poco más indirectamente  por la historia, por medio de las actuaciones que Él ha ido teniendo a través de cada momento histórico. La reflexión del hombre sobre el misterio histórico le ha llevado a las más antitéticas posiciones, desde una teologización  de la historia hasta una materialización de la misma. Me centro en la primera de las actitudes.

Los judíos cuentan el tiempo histórico a partir de un comienzo, la creación, pero orientado ya desde el primer momento hacia un acontecimiento futuro que se constituirá en el centro, la venida del Mesías, hecho que constituirá una línea divisoria de la historia, partiéndola en dos mitades. Queda patente que esta concepción bíblica de la historia está fundamentada en la promesa y en su realización, pero enfocadas las dos y en todo momento hacia Cristo. Así la historia está íntimamente ligada con la economía de la salvación. Será Oscar Cullmann el que escriba:

            “La historia de la salvación hasta Cristo se desarrolló como una reducción progresiva: la humanidad –Adán–, el pueblo de Israel, el resto de Israel, el único, Cristo. De esta forma, la historia alcanza su centro, pero así aún no ha recorrido su curso completo. Ahora es necesario invertir el proceso en tal forma que los muchos representen al Uno, y así hasta la segunda venida de Cristo”.

(Koenigaherrschaft Chriristi und Kirche in neuen Testament, Zollicón-Surizo, páginas 35 y ss).

La historia es asimismo considerada como un tiempo de prueba, de preparación para la separación entre el trigo y la paja. La pretensión bíblica de dotar de una importancia cósmica a un grupo insignificante de judíos puede parecer ridícula, pero se ha de tener en cuenta que la interpretación cristiana de la historia tiene un sentido con la aceptación del misterio maravilloso de Cristo, para lo que necesita de la fe, manifestación del amor que Dios tiene al hombre. La historia, así considerada, no es ya una serie de acontecimientos más o menos trabados entre sí, sino que, detrás de estos acontecimientos, está la mano de Dios, que es la que les da sentido, la que los unifica. De ahí que la importancia de unos personajes, como Herodes o Pilatos, por ejemplo, se determina, no por sus meros actos o posiciones, sino más bien por su función en el designio divino. Esta concepción bíblica de la historia es sobremanera optimista, y es capaz de ilusionar al que cree en ella, llenándolo de una fe y una esperanza incalculables.

Karl Löwith, sin embargo, afirma que las palabras de Jesús contienen solamente una mera referencia a la historia del mundo, separando estrictamente lo que debemos al César de lo que debemos a Dios; línea que seguirá, según él, el mismo Pablo, pues, si bien elabora una teología de la historia por haber entendido la sucesión de los gentiles como una consumación de la historia religiosa de los judíos, sin embargo tampoco se preocupará para nada de la historia profana. Creo, sin embargo, que, tanto para Cristo como para Pablo, la historia profana no pierde importancia ni mucho menos, sino que está metida dentro de un todo, en el que recibe su sentido y posición. Así interpreto las palabras paulinas: “pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo” (Rom. 8, 22-23).

San Agustín desarrolló la teología de la historia en dos niveles contrapuestos de historia sagrada e historia profana, separadas por principio, aunque alguna vez coincidan. Todo el esquema de sus obras tiene como meta el adivinar a Dios en la historia, en cada uno de los acontecimientos, teniendo presente (en esto se diferenciará de Hegel) que esta historia permanece completamente distinta de Dios, siendo Él el señor y dueño de la historia y de cuanto en ella acontece. La historia tiene referencia a un comienzo absoluto y a un fin, realidades ambas que no tienen sentido en sí mismas, sino en la referencia de la historia que comienzan y terminan; y hay en ellas un acontecimiento central, que es la venida de Cristo.

En la historia así concebida surge un conflicto entre dos realidades antitéticas: la “Civitas Dei” y la “Civitas terrena”. Esta última es fundada por Caín, el fratricida, el ciudadano de este siglo, el que ha perdido el concepto de peregrinaje, características todas que recibirá la “civitas terrena”. La “civitas Dei”, sin embargo, recibe alegóricamente su manera de ser de su fundador el justo Abel, el hombre que vivía en este siglo, pero siendo peregrino hacia una meta no terrena. San Agustín, acentuando esta concepción de la “civitas Dei” como peregrinaje, llegará a afirmar que el progreso no es más que un peregrinaje. Con esto, sin embargo, no aboga por una separación angelista del mundo, sino por un sentido muy claro de la meta, y, teniéndola muy clara, se está también en la obligación de aprovechar los acontecimientos profanos, teniendo en cuenta su utilidad relativa para el servicio del propósito trascendente de la construcción de la casa de Dios. Esto lo llevará a considerar la historia  como una especie de lucha entre la fe y la falta de ella. En esta “civitas Dei” peregrinante Dios actúa, pero, sin embargo, según San Agustín, su intervención excede nuestra comprensión y su providencia (¿”Ardid de la razón” de Hegel?) predomina sobre las intenciones de los hombres, hasta el punto de que la pedagogía decretada por la divinidad actúa principalmente por medio del sufrimiento.

Con esta visión de la historia de San Agustín, se patentiza que lo que puede suceder de ahora al final es inapreciable, si se le compara con las alternativas de aceptar o rechazar a Cristo y a su redención; por ello lo digno de conseguir no es una grandeza transitoria, sino la salvación en el mundo futuro. Bossuet realiza un nuevo planteamiento a la teología de la historia agustiniana. Acentúa la relativa independencia de la historia profana y su correlación con la historia sagrada. Tiene un mayor sentido histórico del esplendor de la historia política y un mayor interés en la sucesión pragmática de causas y efectos. Es más hombre de iglesia que san Agustín. Su trabajo, más que una ciudad de Dios es una historia de la iglesia triunfante. Él afirma que la historia está  guiada por la providencia divina. Esta teoría él la considera como el valladar más poderoso contra la inmoralidad: “Han deseado sacudirse el yugo de esta providencia al objeto de mantener, en independencia, una libertad indócil que los mueve a vivir según su capricho, sin temor, disciplina, ni restricción de clase alguna”.

(“Sermón sur la Providens”, en “Sermons choisí”).

Sigue afirmando que, si intentamos alejarnos un poco y contemplar la historia desde una mayor distancia, a los ojos de la fe aparecerá con un mayor sentido, y de esta forma “todas las iniquidades serán corregidas y veremos sólo sabiduría donde antes vimos desorden”, máxime cuando el plan de Dios es eterno, y no debemos impacientarnos al considerar la confusión de los asuntos temporales.

Para Bossuet, la forma más clara de la providencia de Dios es la elección del pueblo judío, constituyendo como una especie de centro, alrededor del cual las historias de los demás pueblos pueden alcanzar significado. Para entender cristianamente la historia, afirma Bossuet la necesidad de la vida y la muerte de Cristo, el doliente servidor, de la cruz, marca de elección, y de la fe; aunque no una fe considerada como un mero asentimiento descansando en una certeza objetiva, sino más bien como una adscripción, riesgo, valor e impaciencia. 


14/02/2016

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