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  No tengáis miedo

 

 

 

 

 

 

Las Hermandades y Cofradías son una expresión de religiosidad popular tan antigua como importante. Si bien sus orígenes son anteriores, emergen con plena fuerza en el siglo XVII, el siglo del Barroco. Las Hermandades de Gloria, tan antiguas como las otras, girarán en torno a los gremios medievales, que, buscando el amparo de la trascendencia, designan patrono o patrona a algún santo, o a la Santísima Virgen en algunas de sus advocaciones, en muchas ocasiones relacionadas con lo pretendido, o con el nombre del lugar en el que la devoción emerge.

          Las Hermandades Pasionales nacerán en torno a la profunda devoción a la cruz y a la sangre de Cristo en ella derramada, así como ante el dolor de María su madre. Se denominaban Hermandades de Pasión, no sólo por la representación del misterio de la muerte de Cristo, sino porque por ella y a su imitación, los cofrades hacían penitencia, y en no pocas ocasiones muy duras,  con cadenas, flagelos, cilicios, cruces, etc. Veían en ello una manera de mímesis o imitación del dolor pasional de Cristo, así como una remisión de los propios pecados.

          Pronto, además de sus objetivos fundacionales, la Hermandad adquirió caracteres pastorales de catequesis o evangelización en la calle con las salidas procesionales, con las que se pretendía dramatizar plásticamente la pasión de Cristo y el dolor de su madre. Curiosamente, está documentado que las imágenes dolorosas iniciales de la Virgen eran todas denominadas “Virgen Dolorosa” o “Virgen de los Dolores”. Posteriormente, la religiosidad popular, o la piedad de fieles o eclesiásticos, irían creando las diversas advocaciones pasionales de la Santísima Virgen.

          Es de verdadera documentación histórica que estas diversas finalidades traerían un cierto enfrentamiento, o desencuentro, entre cofrades y clérigos; casi siempre generados porque los unos pretendían ocupar el lugar de los otros, o viceversa. Los cofrades subrayaban y priorizaban lo que para ellos era fundamental, lo externo, lo periférico, lo “cofradiero”, mientras que los clérigos, ante ello, pretendían “clericalizar” la Hermandad, imponiendo sus criterios. Lo cierto es que históricamente la trayectoria de las Hermandades está jalonada de una extensa galería de conflictos entre los unos y los otros, cuando ambos, no solamente son imprescindibles, sino complementarios en toda Hermandad.

          Veamos. Una Hermandad es una Asociación de fieles dentro de la Iglesia. Sus elementos son evidentes. HERMANDAD, o Cofradía (con-frater > con el hermano) viene a indicar el punto fontal y final de la misma: la comunión en el amor trasmitido por Cristo, diciendo y haciendo. Finalidad, por tanto, de toda Hermandad es la vivencia y el testimonio de la identidad radical del cristiano: amar, amar y amar, en todas sus vertientes: comprensión, diálogo, tolerancia, solidaridad, apertura, ayuda mutua, respeto, opción indiscutible por los más necesitados (los mártires de cualquier tipo de pobreza, los enfermos, los despreciados, los marginados, los incomprendidos, los ninguneados). Este amor no es un mero amor filantrópico, que también, sino un amor que arranca y se vive con Cristo y como Cristo. Una Hermandad sin amor es una flor seca en un jarrón del pasado.

          ASOCIACIÓN DE FIELES. El cristianismo no se centra en el “yo”, sino en el “nosotros”. No es “Padre, mío; dame mi pan para hoy”, sino “Padre nuestro, damos nuestro pan de cada día”. No somos individualidades desérticas y autorreferenciales, sino grupo, comunidad, cuerpo en el que todos los miembros son necesarios y encuentran su razón de ser en el todo, en los otros. Por ello, en una Hermandad se ha de priorizar el espíritu y la vivencia comunitaria, no sólo físicamente, promoviendo encuentros y juntas, sino, lo que es esencial, espiritualmente, haciendo viable el conocimiento entre sí de todos los hermanos y hermanas. Estos han de ser los “fieles”, por cuanto que es la fe en Jesús de Nazaret, imagen visible que nos lleva al Padre, la savia que recorre enriqueciendo la HERMANDAD. Y esto se hace realidad SIENDO IGLESIA. La Iglesia no es para estar en ella, con presencia pasiva o vergonzante, sino para ser en ella, con actividad ilusionada e incansable.

          La Hermandad, así vivida, no resulta un recuerdo, más o menos fosilizado del pasado, ni una mera expresión rica en arte y fecunda en belleza y en costumbrismo. Es más, mucho más. En todo momento, en las Hermandades hubo integrantes que supieron dar respuesta a los interrogantes y problemas de sus convecinos, como también los hubo, justo es proclamarlo, que pasaron y pasan por ellas como un mero socio aficionado, sin adentrarse jamás en realidades más profundas. La Hermandad de ayer cumplió su función. La de hoy tiene retos nuevos.

          El mundo ha cambiado. La sociedad ha cambiado. No vale hacer comparaciones de bondades o maldades, sino sólo constatar esta realidad. Observamos perplejos cómo se van agitando las diferencias entre unos y otros. Los ricos cada vez más ricos; los pobres, al borde mismo de la hambruna y la marginalidad. Pueblos contra pueblos, clases contra clases, partidos políticos contra partidos políticos, epidemias, catástrofes naturales o provocadas por los hombres de raíces podridas, persecuciones, cultura de la muerte, globalización del desinterés y de la carencia de la más elemental solidaridad humana, odios. Parece que ha emergido en estos tiempos recios, con toda su actualidad, la frase del filósofo: “El hombre es un lobo para el hombre”.

          A todos esos problemas se han de agregar las consecuencias que conllevan. La pobreza se ha enseñoreado de nuestra sociedad. La corrupción ha tomado impunemente carta de ciudadanía en cualquier clase de poder. La seguridad se ha resquebrajado debajo de los pies de los más desprotegidos. Muchas personas viven con el miedo anidado en sus corazones, se han quedado sin futuro, atrapadas en un presente dislocado. A los jóvenes se les ha traicionado secándoles el árbol de la esperanza. El futuro para muchos de ellos no existe; este es una puerta cerrada a sus ilusiones y proyectos.

          Ante este cuadro negro, pero real ¿cuáles son los retos de una HERMANDAD nacida de la fe y encuadrada dentro de la Iglesia? Lo veo muy claro. Urge limpiar el verdadero rostro de Jesús de Nazaret, para que hombres y mujeres descubran la faz auténtica del Nazareno, amor encarnado del Padre, “que pasó por la vida haciendo el bien”. Si no estamos agarrados a Cristo, enamorados de él, nuestras Hermandades carecen de solidez y de garantía de trascendencia.

          Hemos de escuchar a Jesús, familiarizarnos con su presencia, tomar como la principal regla de nuestra vida y de nuestras Hermandades lo por Jesús proclamado y realizado. Sus palabras son el faro luminoso y ardiente que nos marca el camino. “No tengáis pánico” ante la que está cayendo. Ser sembradores de esperanza; servidores de todos los que más os necesiten; testimonios vivientes de un mundo justo, de una sociedad nueva e igualitaria, de una austeridad humanizadora, de una fe comprometida. “No tengáis pánico”. Que la Hermandad sea para todos una palanca que os lleve al sentido trascendente de la vida, que os descubre la ternura y misericordia del Padre, que os transforme en con-creadores de una nueva humanidad y de una naturaleza respetada y fecunda. “No tengáis pánico”. Pobres, pero ricos en Dios; pecadores, pero asidos a la ternura del Dios de la misericordia; limitados, pero con las “palabras de sabiduría” para denunciar todo lo que impide la libertad y el bienestar de toda criatura. “No tengáis pánico”. ¡Ah!... y “A trabajar con tranquilidad”.

 

          


12/02/2016

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