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  ASÍ SÍ QUE SÍ

 

 

 

Los intentos anteriores de la Historia por mejorar la condición y comportamiento humano han de ser tenido en cuenta aún hoy. Lo que un día se pretendió de bueno, ha de ser pretendido en todo momento. Llama la atención el caos, desorden, suciedad, mal hacer de nuestras ciudades modernas. Un día de 1823 el ayuntamiento sanluqueño, inquieto por el mal estado de la ciudad en todo, acometió una sería de medidas que bien podrían valer para el día de hoy. Entremos en el Ayuntamiento.

El Ayuntamiento adoptó en este año una serie de ordenanzas encaminadas a garantizar la sanidad pública, cuya inspección se le encargaba a una Comisión de Policía, en la que no aparece ya ningún clérigo. En estas ordenanzas se fundían y actualizaban todas las anteriores.

          Se pretendía acabar con todos aquellos defectos anteriores ya establecidos y asegurar con ello a las personas y a sus bienes. Para lo cual se pretendía establecer una policía “metódica y contundente”, que “garantizase el orden, la curiosidad (limpieza) y el aseo posible en este delicioso y saludable país”.

          Se partía de la situación real de que las calles todas de la ciudad estaban “desempedradas”, ante lo cual se habría de actuar tras ver “la situación y circunstancias particulares de este pueblo”. Sólo de esta manera se conseguiría que la ciudad dejase de ser “el blanco de los dicterios e invectivas de cuantos transitaban por ella”.

          Después del análisis, vendrían las medidas: división de la ciudad en doce comisarías con un comisario de barrio; implicación de todos los ciudadanos en el buen gobierno de la ciudad; control de posaderos y mesoneros; manera de actuar en caso de fuego; evitación de enfrentamientos públicos, con una actuación inmediata del cuerpo de guardia más próximo; imposición de multas para quienes arrojasen algo en las calles (agua sucia, basura, escombros); tener en las casas “servidumbres y sumideros”; tener las fachadas limpias y relucientes por decoro y por sanidad pública; prohibición de que los animales vagasen por la ciudad solos y corriesen a sus anchas por ella; prohibición de los depósitos de estiércol tanto en la ciudad como en sus alrededores; inspección habitual del estado de los comestibles y las bebidas; control de la hora de cierre de los establecimientos públicos; los médicos, cirujanos, boticarios, sangradores o parteras habrían de estar en posesión de los correspondientes títulos, así como debían de estar autorizados por la Junta de Sanidad local; inspección y control del urbanismo de la ciudad; persecución de los vagos que careciesen de empleo, oficio o modo de vida conocido, así como de los ebrios, de los blasfemos, de los mal hablados, de los mendigos, y de los jóvenes incívicos; prohibición del uso de armas por la ciudadanía; respeto por todas las propiedades urbanas; buen trato a fuentes y arbolados; prohibición de fabricar llaves; prohibición de los repiques de los veloneros y caldereros por las calles; iluminación de las casapuertas; y todo individuo habría de poseer una “carta de Seguridad” para deambular por las calles de la ciudad.

 

          Cambiaron los tiempos. No las malas costumbres y hábitos. Muchas de las medidas adoptadas en 1823 podrían serlo en el día de hoy. ¿No cree usted?


01/02/2016

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