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  UN HUMILDE SAGRARIO EN PELIGRO

 

 

 

 

Era tradición del pueblo sanluqueño labrar a la orilla de los cuatro caminos que se abrían a las afueras de cada una de las cuatro puertas de la villa murada (Puerta de la Villa, Puerta de Rota o de la Fuente Santa, Puerta de Jerez y Puerta de Sevilla) una ermita o humilladero, dedicados al santo o advocación mariana de mayor devoción popular. A las afueras de la Puerta de la Villa, la Ermita de Nuestra Señora de Belén; a las de la Fuente Vieja o Santa, la de San Roque; a la de la Puerta de Jerez, la del Señor San Sebastián; y a la de la Puerta de Sevilla, la de San Blas. Todas ellas se construían por iniciativa de algún particular de posibles con la ayuda de las colectas aportadas por el pueblo.

          La de San Blas, que nos ocupa, fue construida por iniciativa ducal y dedicada a este santo, abogado de los males de garganta. Era de pequeñas dimensiones y de su cuido se ocupaba un santero alojado en unas habitaciones contiguas. Junto a le ermita se iría levantando el Barrio de San Blas, humilde y campesino, por donde hoy se hallan las calles de Santa Brígida, Sevilla, Pedro Rodríguez… Consta que a mediados del XVI había erigida en dicha ermita una Hermandad, la Cofradía de San Blas. A principios del XVIII, Gaspar Durán y Tendilla, beneficiado de la Iglesia Mayor Parroquial de Nuestra Señora de la O, pretendió reconstruir a sus expensas la vieja Ermita de San Blas, en ruina desde los primeros años del siglo, pero su fallecimiento impediría que el proyecto alcanzara un buen fin.

          A mediados del XVII, consciente de que, por licencia real se había permitido, en tiempos en los que estaban prohibidas las fundaciones de nuevos conventos, que se estableciesen en el arzobispado hispalense cuatro casas de los dieguinos o franciscanos descalzos, consiguió el duque don Gaspar Pérez de Guzmán que una de ellas se fundase en Sanlúcar de Barrameda. En primera instancia, los frailes franciscanos descalzos se instalarían en la modesta Ermita de San Blas. No sería, no obstante, aquel el proyecto definitivo, pues prontamente, por iniciativa ducal, se comenzó a labrar un excelente convento, con templo incluido, en los terrenos de la ermita y en los de unas huertas existentes alrededor de la misma.

          Todo iba a buen ritmo, pero la política frenó el proyecto de construcción. El Duque Don Gaspar cayó en desgracia con el rey por su intento secesionista, alentado por su primo el Marqués de Ayamonte y, en su consecuencia, fue llevado a la corte a presencia del rey, no volviendo jamás a Sanlúcar de Barrameda, mientras que esta dejaba de ser ciudad de Señorío y pasaba a estar incorporada a la corona.

          No se amilanaron los dieguinos. Con la ayuda de limosnas, continuaron las obras, aunque a un ritmo lento y cansino, pero en 1684 estaban terminadas y el convento dedicada al “Glorioso Patriarca San José”, si bien popularmente fuese conocido como San Diego. Tras el convento, vendría la construcción del templo. Ritmo lento. Toda una década tardó en construirse, pues la gente de posibles colaboraba poco y las masas populares no estaban para dones y dádivas.

          La constancia de aquellos frailes franciscanos, como si de Francisco de Asís se tratase, lograron la construcción de aquel templo. Este gozó de amplio culto, en buena parte gracias a la Orden Tercera Franciscana, que se instaló en una de las capillas del mismo; gracias a las Hijas de la Caridad que, establecidas desde 1858 en las amplias instalaciones de lo que fue convento hasta la intervención desamortizadora de 1835 y dedicadas por el Ayuntamiento a establecer en ellas el Hospital de la Misericordia, cuidaron de los enfermos y del templo con esmero y atención plena; gracias a quien sería capellán del templo durante muchos años, el jerezano José María García y Márquez de León; gracias al quehacer constante de los capuchinos que potenciaron el nacimiento de una Hermandad Penitencial; gracias a la constancia de la Asociación de la Medalla Milagrosa; y gracias, desde 1947 a la popularmente denominada Hermandad del Huerto.

          Es un templo tan bello como sobrio, de esencias dieciochescas en sus obras de arte y de intenso espíritu franciscano. Me gusta visitarlo en la mañana del Domingo de Ramos para extasiarme ante la mirada sin igual del Cristo Orante que un día realizase Antonio Eslava y ante la belleza dulce de Gracia y Esperanza. Lleno de estas esencias que sólo el que las siente las conoce, observo una y otra vez la planta orante del templo, sus capillas laterales con sus bóvedas de aristas, el coro con sus pinturas, el retablo mayor con sus calles, cuerpos y ático, con sus pinturas y con la imagen de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa.

          En mi última visita, mi atención se centró en una capilla lateral, la mayor de todas, la más importante, la Capilla del Sagrario. En el lateral derecho entrando en ella, aparece la imagen de san Blas. Recorro con la vista toda la capilla. Me detengo sorprendido en su bóveda de aristas. ¡En qué lamentable estado se encuentra la capilla! Me da pavor. ¿Otro trozo del patrimonio artístico e histórico de la ciudad en peligro? Me entero de que la preocupación es generalizada en el párroco, en los responsables que están al cuido del templo, así como en los fieles que asisten a este histórico templo. No hay medios económicos suficientes para salvar el problema. No puede repetirse la historia del templo: don el duque don Gaspar no lo pudo terminar, Gaspar Durán y Tendilla no pudo restaurar la vieja ermita, un incendio destrozó buena parte del templo en 1927 hasta el extremo de que los enfermos y la Comunidad de Hijas de la Caridad tuvieron que permanecer alojados durante cinco años en el aledaño Castillo del Señor Santiago. Desecho los malos agüeros. De todo lo anterior se salió. Estoy seguro de que, con la colaboración de toda la gente amante del patrimonio de su ciudad, este problema se subsanará. Todos estamos llamados a poner un granito de arena.


07/01/2016

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