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  INTELIGENCIA Y CAOS


   

 

La concepción de la historia basada en los presupuestos bíblico-cristianos, línea en la que se moverá San Agustín, servirá de base a todo el pensamiento posterior hasta el medioevo inclusive. Con la llegada del Renacimiento, estos presupuestos comienzan a perder posiciones, hasta convertirse en una aparente inanidad con las corrientes modernas de la cultura, que partirán del Renacimiento y alcanzarán su máximo apogeo en los siglos XVIII y XIX. Estas corrientes de pensamiento rechazaron los planteamientos cristianos, pues consideraban que sus simples símbolos no correspondían de ninguna manera a los hechos de la naturaleza y de la historia, tales como las ciencias naturales o históricas lo revelaban. Esta fue la causa de la reintroducción de una versión renovada y más aceptable de la idea clásica de los antiguos: La simple inteligibilidad racional es la llave del sentido de la historia.

El Renacimiento, no obstante, al querer restaurar ostensiblemente la cultura clásica de los antiguos fue inspirado por un sentido de la historia que no tenía nada de clásico. Conservó la interpretación cíclica de la historia, que ya habían concebido los antiguos pensadores orientales y occidentales, pero en la historiografía renacentista los ciclos temporales se alargaron en espiral, y la vuelta apasionada a las antiguas disciplinas fue sumergida por el entusiasmo que inspiraba el nuevo poder que sin cesar iba adquiriendo el hombre. Este entusiasmo creció a medida que se acumulaban las pruebas de que el hombre, entre todos sus maravillosos y únicos dones, poseía también el poder de desarrollar indefinidamente  su libertad y su poder.

El proceso del tiempo había dejado de ser aquel misterio que dio lugar a las explicaciones de Aristóteles y de la Biblia. Los nuevos principios de explicación de la  vida y de la historia serían la duración y la causalidad natural. El amplio panorama de la historia dejó de ser un enigma irresoluble, dado que en si mismo contenía una línea simple de inteligibilidad. También dejó de ser un problema la posición del individuo, a la vez criatura y creador de los acontecimientos históricos, dado que la evolución histórica parece que contribuirá a la liberación de tal ambigüedad, dando mayor libertad al hombre y el poder de unificar su posición en un absoluto señorío de su destino.

También dejó de ser un problema la confusión que el mal introduce en la historia, puesto que el pensamiento moderno volvió a la idea griega de que el mal no era más que  la intrusión del caos físico en el armonioso concierto de los fines racionales de la historia. Así el pensamiento moderno interpreta la historia como una marcha hacia el triunfo final del orden racional sobre el caos original. A todas estas interpretaciones anteriores sobre el sentido y finalidad de la historia, el siglo XIX añadió los asombrosos descubrimientos y victorias técnicas de las ciencias aplicadas, que dejaban muy atrás las lentas conquistas operadas sobra la naturaleza por todas las épocas pasadas. Estas victorias parecieron aportar la confirmación definitiva de la validez de la nueva fe que el hombre moderno había puesto en la historia. La historia dejó de ser un enigma y se convirtió en la seguridad total de que el hombre sería librado de todos sus males.

La nota determinante de la cultura moderna es menos su confianza en la razón que su fe en la historia. La noción de una historia, que será redentora de todos los males del hombre, anima los más diversos elementos de esta cultura. Esta idea la compartieron Leibniz y el romántico Herder. La misma idea inspira con una claridad absoluta el pensamiento de Hegel, quien reinterpretó el platonismo para hacerlo conforme a la conciencia histórica moderna. Incluso Kant cree, como Hegel, en una evolución de la historia, en el sentido de un racionalismo más grande. Entre el materialismo francés de la filosofía de las luces y el idealismo alemán no hay una diferencia sensible en su común optimismo histórico. El mismo Marx, al desafiar el optimismo burgués, no se libera de la idea fundamental moderna de una historia redentora. Él vio en la historia elementos dialécticos ignorados por los burgueses. De esta historia moderna que muere por necesidad dialéctica, piensa él que saldría un año nuevo y una vida nueva, que constituirían el paraíso en la tierra.

En resumen, los modernos –exacerbadamente optimistas–dan a las fuerzas naturales, sobre todo a la inteligencia, el puesto más decisivo. Para ellos, en el origen todo estaba en confusión; pero la inteligencia se desarrolla para ordenar progresivamente el caos. 


17/11/2015

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