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  SANLÚCAR, PELIGRO PARA CAMINANTES

 

 

 

 

¿Quién va a dudar la belleza de Sanlúcar? Más los forasteros que los naturales quedan embelesados por tantos elementos: luminosidad, clima, kilómetros de playa, monumentos, iglesias y conventos, la Jara y las Algaidas… y cuántas cosas más. Sí, ciertamente el hecho de que el sanluqueño, cuando está fuera, sienta nostalgia de su patria, es prueba evidente de que quien la tiene la luce.

          Pero aquí está la madre del cordero. De un tiempo a esta parte, Sanlúcar se ha convertido en un verdadero peligro para caminantes. Difícil es encontrar una calle llana. ¡Cuántas losas asimétricamente colocadas y desprendidas de su sitio original; cuántos baches; cuánta dislocación del terreno; cuántas piedras se movieron un día, para arreglar una avería, y así se quedó para siempre como un recuerdo de lo mal hecho; cuántos apuntalamientos a edificios que han cumplido ya varios sexenios; cuántas calles se comenzaron a obrar, mas acabado el chismito, pasaron a una interinidad interminable!

          Y claro, como las calles están inevitablemente para usarlas, allá que aparece el ciudadano, alegre y confiado, y va a meter una pierna, o las dos, que de todo hay, en los abundantes peligros existentes, y ¡zas! un hueso roto… y al hospital. ¿Y de reclamar qué? Vaya al maestro Liendres, que es el abogado de tramitar los papeles  que nunca se solucionan. Raro es encontrar sanluqueños, de los que peinan canas que no haya tenido alguna aciaga experiencia por las calles de tan noble ciudad.

          Claro está que puestos a analizar, hay también otro peligro –y de este sí que no se salva nadie–, que afecta sólo a los zapatos, pero con cuánto primor y con cuánta elegancia suma. Si vas por cualquier calle y no andas mirando al suelo, como si pensase que han tirado euritos, simplemente una alzada de la mirada para decir adiós a un convecino, y mira por donde te llevas en el zapato la plasta de la cagada de un perrito. ¡Cómo cagan los perros de Sanlúcar! ¡Qué guarros son sus propietarios! Los hay finos y educados y civilizados y qué piensan en los demás, pero… hay quienes, aún llevando la bolsita de plástico en la mano, es un brindis al sol, porque, cagado el perro, sus cuidadores miran a derecha e izquierda y como no vean a nadie, la mierda se queda en el museo de excrementos ilustres, a no ser que una pobre e indefensa persona pase y se los lleve consigo. ¡Y como huelen en las suelas de los zapato!

          Mire, usted, para lo uno y para lo otro, me quedo con aquella sociedad sanluqueña de antaño. Las vecinas se repartían “la casa”, cada día una de ellas y, con su delantal blanco y reluciente, barrían la delantera de la casa y la regaban con un cubo en el que iban metiendo la mano, y las calles quedaban todas limpias como una patena. Y al día siguiente igual… y es que antes éramos más pobres, no estábamos tan promocionados ni modernos, ni teníamos tanta “cultura” –jajajajajaja–, pero éramos más solidarios.


18/10/2015

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