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  CALZADA Y PLAYA: OCIO, NEGOCIO Y DEPORTE A PRINCIPIOS DEL XX

 

 

 

            Fue uno de los principales atractivos de la ciudad en las primeras décadas del siglo. Hacía medio siglo que, con la llegada de la corte estival de los Montpensier a la ciudad, Sanlúcar de Barrameda se puso de moda. Puede documentarnos esta apreciación la carta que, desde la ciudad sanluqueña, le escribió el diputado a Cortes por Huelva a su amigo Bartolomé Álvarez en agosto de 1903:

 

“Por la fecha, que ves puesta en la presente (20 de agosto), verás que ya estoy disfrutando de este pedazo de gloria que Dios ha puesto en esta región de Andalucía.

Esto es muy caro; pero muy bueno. En su género esto es tan bueno como San Sebastián. La playa, los paseos, fondas, calles y calzadas son inmejorables. Huelva es bastante más pequeño que Sanlúcar. Los festejos, que duran un mes justo, el de agosto, cuestan al ayuntamiento cincuenta mil pesetas.

Estamos encantados de tanta hermosura, esplendidez y buen gusto. Hoy tenemos carrera de caballos en la playa. Mañana tiro de pichones y cucañas.

La línea fluvial de Sanlúcar de Sevilla es uno de los más memorables viajes de la antigua España. El viaje del río lo han hecho múltiples extranjeros, en todas las edades, y aún se leen con encanto en nuestros días las impresiones de Borrow y de Gautier”[1].

 

            Acontecía en estos, como en otros muchos momentos históricos,  que cada cual hacía de la playa el uso que le venía en ganas. En julio de 1904 el periódico El Heraldo de Sanlúcar publicó una carta de denuncia al alcalde accidental, Víctor Ojeda, sobre ciertos usos incorrectos que se practicaban en la playa. Los “nuevos” ciclistas que corrían sobre sus bicicletas por la playa constituían un peligro para todos, por cuanto que “no sabían manejar las máquinas”. Rogaba a dicho alcalde que ordenase a los guardias municipales que “vigilasen” y obligasen a aquellos novatos a practicar en sitios menos concurridos, como era Bajo de Guía. Más grave era la siguiente denuncia. Pedía al alcalde que, como en años anteriores, estableciese en la playa servicios de guardias a caballo para que los carruajes “guardasen la carrera orilla del mar” y no atravesasen la playa por donde les diese la gana, pues siendo grande la concurrencia era de esperar algún tipo de desgracia[2]. 

            De todas las maneras, a la playa sanluqueña se le podía aplicar aquello de limpia en verano, guarra el resto del año. Llegada la primavera, el forasterío venía a darse un paseito por la ciudad y, de camino, a concertar el alquiler del alojamiento para el verano. Pero, las vistas que, en ocasiones observaban, no eran el mejor reclamo para que volviesen. Así lo describía el periódico local Sanlúcar: “[…] Nuestra playa se tiene en descuido y abandono, sobre todo en el trozo de las tres calzadas, sitio de los baños, de los restaurantes y de las fiestas públicas. Por una y otra parte mirando desde la Calzada de la Reina Mercedes se observan infinitos montones de escombros, ladrillos en pedazos y tierra negra y sucia procedente de los derribos, que hacen de la playa un vertedero público que, unido al caudal de agua pestilente que trae el arroyo de San Juan, lastima a la vista y al olfato, con repugnante aspecto”. 

            Tal estado de abandono no debió ser puntual y anecdótico, a tenor de las palabras pronunciadas por el capitular Jerónimo Angulo Martínez en sesión de mayo de 1906, siendo alcalde Adolfo Gutiérrez Agüera. Se acababa de nombrar por la alcaldía la comisión que habría de redactar el programa de festejos para la próxima temporada veraniega. La formaron José Morgado Fuentes, Leopoldo del Prado Ruiz, Jerónimo Angulo Martínez, José María Matheu Zarazaga, Manuel Zambrano Almadana, Joaquín Leonar Trapero, Joaquín Díaz Márquez, José Hidalgo Colom, Rafael Reig Salas, Manuel Pérez Morgado, Manuel Escobar Palomino, Arbidio Pulet Pimentel, Andrés de la Fuente Rodríguez, Antonio Pascual de la Torre, José González Merino, Aniceto Leirana, Francisco García de Velasco, Agustín González Ballester, José García de Mesa, y José María Bustillo Romero, conde de Monteagudo. Los cinco primeros pertenecían a la Comisión Municipal de Fomento. Los demás, a la industria, el comercio y la prensa. Con tal motivo, expresó Angulo que se debía tener en cuenta por la alcaldía un especial cuidado para que desaparecieran muchos focos de infección que existían en la ciudad. Estos no solamente perjudicaban grandemente a la salud pública, sino que también lastimaban la vista y el olfato de propios y extraños. No era producente que los forasteros, que honraban a la ciudad con sus visitas, viesen convertidos en vaciadero público muchos lugares de la población, como tampoco lo era el abandono de las calles de la ciudad, porque, además de ir contra la higiene, decía muy poco a favor de un pueblo que debía marchar a la cabeza de las ciudades modernas. Se comprometió el alcalde Gutiérrez Agüera a hacer cuanto fuese posible para realizar los deseos del concejal Angulo por considerarlos muy justos. 

            Fue lo cierto que la Comisión de Festejos (José Hidalgo, Jerónimo Angulo, Manuel Escobar, Rafael Reig, Manuel Zambrano, Arbidio Pulet y Antonio Pascual de La Torre) programó, con el alcalde y en su despacho, los festejos a celebrar en la temporada veraniega de 1906: corridas de toros (una de toros y dos novilladas), carreras de caballos, concurso de barcas adornadas (invitaron a los clubes de Sevilla, Cádiz y Huelva), juegos florales, kermese (con carácter benéfico para atender a los pobres de la ciudad) y alumbrado. Se había dado la circunstancia de que muchos habían sido llamados a la comisión, mas pocos asistieron a su primera sesión. 

            La playa sanluqueña estaba acotada. Una parte dedicada al ocio de las damas y otra a la de los caballeros. El tema comenzó a cuestionarse  cuando se aproximaba la temporada estival de 1914. Como era lógico fue un grupo de jóvenes el que puso sobre el tapete de las discusiones el asunto. ¿Es que no era posible que ambos sexos pudiesen compartir los baños de mar juntos y en donde les placiera? ¿Por qué se habría de mantener en vigor el por entonces denominado “baño de los castos”[3]? El Ayuntamiento, presidido por su alcalde Joaquín Díaz, quiso buscar una solución salomónica: una parte de la playa para aquellos caballeros que quisiesen bañarse solos, y otra para quienes deseasen que caballeros y damas compartiesen baño de mar. Como el lector podrá colegir todo se gestionaba sin contar absolutamente para nada con la opinión de las damas. ¿Cómo cualquiera señora que de tal se preciase, pues, así las cosas, iba a “señalarse” por haber optado a ir a bañarse a los lugares donde querían los hombres que ellas fuesen? La que se atreviese quedaría marcada para los restos. 

            ¿Qué opinión expresó sobre el asunto un comentarista de la prensa local? Quede sintetizada en tan significativas palabras:

 

“Una honda preocupación de los “idóneos” es la que a los baños públicos se refiere. ¿Conviene seguir la inveterada costumbre de antaño, es decir, que haya la clasificación de baños de hombres y mujeres, o no? ¿Es hogaño (era difícil aprobar con mayor nota la asignatura de labiosamente cursi) la última palabra de que no haya o exista diferencia clasificadora? ¿Todos juntos? Pues a ella, si nos ha de reportar más beneficios, ya que la unión hace la fuerza. ¿Separados? Somos partidarios del respeto a la costumbre cuando no existe una necesidad imperiosa para que la tradición desaparezca. Y, en este caso, lo tradicional se impone, señores”[4].

 

Como resulta evidente, la relevancia que llegó a tener por estos tiempos, y desde la llegada a la ciudad de los duques de Montpensier para pasar sus periodos estivales,  los baños de mar, traería consigo la primacía de las zonas próximas a la playa. El Cabildo se esmeraba en el cuido y arreglo de la Calzada de la Aduana, de la de la Infanta, de la de Pescadería[5], así como de las Calles de Marqués de Mochales, de Alonso Núñez, de la de Trasbolsa y hasta de la Plaza de Alfonso XII. Por otra parte, llegada la estación estival, llovían las solicitudes de vecinos para instalar por estas zonas, preferentemente en la Calzada de la Aduana, sus puestos y casetas de venta de bebidas y refrescos, muy reclamados tras los baños y el calor reinante en este tiempo del año. Julio Sumisa solicitó permiso de la Corporación a fines de junio de 1898 para instalar “un despacho de bebidas”[6] en la feria de La Calzada de la Aduana, feria que se celebraba en dicho lugar en el mes de agosto. 

En la alcaldía de Leopoldo del Prado se modernizó La Calzada. Formaría, junto con la playa y las proximidades de la misma, un conjunto en el que se mezclarían el ocio de sanluqueños y forasteros y el negocio de muchos sanluqueños que, ahora con más razón, establecerían en la una y en la otra sus industrias comerciales. El espíritu mercantil de los sanluqueños venía de bien lejos. Cambiaban las circunstancias, y a ellas orientaba el comerciante sus afanes.  Ningún mercadeo se podía establecer en ambas zonas “por libre”. Antes se había de acudir al ayuntamiento, presentar la solicitud y pagar el arbitrio correspondiente. En Calzada y playa se irán concentrando en temporada estival, durante estas dos décadas, restaurantes, casinos, cafés, puestos de ventas de refrescos y bebidas, circos, cines, etc. Era el tiempo en el que en la “banda de la playa”, a la misma orilla de la mar, se fueron construyendo los denominados “hoteles”. Llegados los calores, la actividad comercial era febril. Domingo Robles Sevilla fue nombrado buzo por la Corporación, como en temporadas anteriores, para velar por la seguridad de los bañistas, previo informe al ayudante de Marina[7] y en las mismas condiciones que en otras temporadas[8]. Todo quedaba preparado para el público. Se trajinaba la traída de los productos. La Calzada y la playa olían a ocio, deporte y negocio. Ocio y negocio comenzarían a arrebatar terrenos de los viejos navazos para irse estableciendo en ellos. 

Año 1915. El Cabildo da licencia[9] a Julio Sumisa Bustamante para establecer en la Calzada una caseta para la venta de café durante la temporada de verano. Ángel del Río Puerto es autorizado por la Corporación, como en años anteriores,  para colocar sus casetas de baños, llamadas “de nuevo modelo”, en el primer término del sitio destinado en la playa para baños de caballeros. José Sanjuán Bernabeu recibe la licencia municipal[10] para establecer una “nevería” en el lateral derecho de la Calzada Reina Mercedes durante toda la temporada veraniega, quedando a expensas de que el alcalde le señalase el sitio preciso. A principios de julio se haría un intercambio de sitios entre Sumisa y Sanjuan[11]. Julio Sumisa solicitó el terreno que en años anteriores había venido ocupando la Sociedad “Círculo de Artesanos”, dado que esta había acordado no establecer su caseta en dicha temporada. Así se le había comunicado al Ayuntamiento a través de un oficio del presidente del Círculo, quien, no obstante, rogaba en él que se le reservase el referido terreno a la Sociedad que representaba para poderlo utilizar en años sucesivos, de considerar conveniente el Círculo instalar allí su caseta[12]. El alcalde Soto propuso, no obstante, un cambio; que el terreno solicitado se le concediese a José Sanjuán para establecer en él una “nevería”, y al señor Sumisa se le asignase el que se le había concedido anteriormente a Sanjuán en el paseo central de la Calzada Reina Mercedes, que era el que él quería. A José Cáceres Vargas se le dio licencia para establecer en la margen derecha de dicha Calzada una caseta para juego de tiro al blanco. 

Tales licencias eran, año tras año, meramente administrativas. Hubo, no obstante, otras cuestiones de asignaciones de terrenos en La Calzada Reina Mercedes que fueron muy debatidas en la Corporación y que generaron, en ocasiones, enfrentamientos entre las diversas opciones políticas. Entro en la concesión de un restaurante y un cine, cinematógrafo como se llamaba en la época. A fines de junio de 1915 el alcalde Soto presentó[13] en la sesión capitular un expuesto. En él manifestó que, en aquel mismo día, se había celebrado las subastas para el disfrute, durante la temporada de verano, de los lugares donde tradicionalmente se instalaban los restaurantes y cantinas. Informó de que habían quedado desiertos, por falta de licitadores, los terrenos de la playa de la margen derecha e izquierda a la salida de la Calzada Reina Mercedes. Los lugares donde se establecían las cantinas, al principio y final de las casetas destinadas a baños de caballeros, se les habían adjudicado a Ángel del Río Puerto y a Manuel Lagares Amate, respectivamente, por la cantidad de 50 pesetas cada uno de ellos. 

Agregó el alcalde Soto que, una vez que habían concluido las subastas, se le había presentado el referido Manuel lagares Amate y le había expuesto que no le había sido posible concurrir a la subasta del terreno donde se establecía una cantina en Bajo de Guía. Ofrecía por dicho terreno el “tipo de subasta ascendente a 150 pesetas”. Soto, considerando que la subasta de aquel terreno había quedado desierta, se la adjudicó en la cantidad indicada. Conocidas sus gestiones, solicitó de la Corporación que aprobase las licitaciones. Intervino Salvador Peña. “¿Cuánto tiempo han estado fijados los edictos antes de celebrarse las subastas”? -peguntó-. “Cuatro o cinco días” -respondió el presidente-. Peña dirigió el asunto  a otro aspecto. Afirmó que realmente se había sacado poco dinero de las subastas. Le contestó el alcalde que se había de tener en cuenta que no había habido postores para dos importantes terrenos, por lo que dichas subastas se tuvieron que declarar desiertas. Intervino Ramos Izquierdo. Se interesó por si se había sacado a subasta el terreno donde se establecía el Miramar. Tras haber contestado Soto afirmativamente, el Ayuntamiento aprobó las subastas efectuadas, acordando que se sacasen nuevamente las zonas que en la primera subasta habían quedado desiertas, rebajándose los tipos de licitación a 1.000 y a 150 pesetas respectivamente. 

Se sacaron a subasta nuevamente el 2 de julio. En las zonas subastadas se habían venido estableciendo restaurantes en los años anteriores. Efectuadas las subastas, la del terreno de la derecha al final de la Calzada quedó desierta por falta de licitadores, el de la derecha le fue adjudicado a Ángel del Río Puerto en 150 pesetas. Así las cosas, pidió Romero Villarreal que el terreno en que se había venido instalando el Restaurante Miramar se sacase nuevamente a subasta, en esta ocasión por el tipo de 250 pesetas[14]. 

Abordándose estos asuntos de mero trámite, llegó el tiempo y la hora de la polémica. Planteó el asunto[15] el concejal Romero Villarreal. No se había entrado oficialmente en la temporada fuerte del veraneo. Romero pidió que se inspeccionase el lugar donde se había establecido un cinematógrafo en la Calzada Reina Mercedes. Dejó caer que tenía entendido que se había instalado en un lugar distinto del que se había concedido por la Corporación, con lo que estaba perjudicando a los demás industriales. Lo que faltaba. La aparente ingenuidad desconocedora del señor Romero no fue tal. Intervino, de inmediato, Verano afirmando que el acuerdo había sido que se colocase al final de la Calzada Reina Mercedes. “¿Quién había ordenado que se instalase donde lo había hecho?” -preguntó-. La pregunta indicaba a las claras que todos estaban informados de la situación. El alcalde Soto confirmó que efectivamente se había acordado que se instalase al final de la Calzada, pero él se enteró de lo ocurrido después que se había efectuado la instalación. La sesión olía a conflicto inmediato. 

Sánchez Lamadrid pidió que se leyese el acuerdo de la concesión. Simal medió afirmando que, aunque se hubiese acordado otra cosa, era al final de la Calzada donde tendría que estar el cine. Soto no sabía por dónde salir. Volvió a intervenir. Culpó a un funcionario. Dijo que se había señalado el sitio... pero el señor Barrios, que había llevado la diligencia, cometió un error. Se señaló el sitio frente al “cocherón” de la costa, en vez de haberse hecho catorce metros más hacia la playa como se le había indicado. “Pues, entonces, debe multarse al concesionario del cine” –gritó un Ramos Izquierdo cargado de años-. Por acuerdo del Cabildo se procedió a leer lo que se había acordado en el punto 3º de la sesión del 14 de mayo último. Efectivamente, el cine no se había instalado donde se le concedió, pero la diferencia era muy escasa. Verano insistió. Preguntó por qué se había procedido a la instalación sin permiso. Soto iba a empeorar aún más la situación. Reiteró el alcalde que se había enterado una vez que el cine estaba instalado y le dijo al señor Cano que no se podía instalar en aquel lugar. 

El asunto estaba requiriendo la intervención de Salvador Peña. Este se quejó agriamente de que no se cumpliesen los acuerdos capitulares. No era la primera vez. Recordó que en sesiones anteriores se había acordado colocar una “luz” en la Plaza de Abasto, luz que hasta la fecha no se había colocado. Repitió que eran ya varios los acuerdos incumplidos. Se estaba dando lugar con ello a “la censura de la minoría”. El clima de confrontación iba aumentando. Intervino el concejal Verano. “Hay trabajos -afirmó- que no corren prisa, como el traslado de la secretaría (acaba de disparar un torpedo sobre el alcalde Soto, por lo debatida y contestada que estaba siendo esta cuestión en aquellos días en la casa capitular) y, sin embargo, se efectuaban. Sin embargo, no se ejecutaban obras tan necesarias para la ciudad como las del Pozo Amarguillo, donde el otro día volcó un carro a causa del mal estado en que se encontraba el piso”. El alcalde Soto no tuvo más remedio que cortar por lo sano. Dio por concluido el debate, de momento, no sin antes afirmar que era justo que se atendiesen y cumpliesen todos los acuerdos, pero que nadie olvidase que no se disponía de los recursos necesarios para ejecutarlos con la celeridad deseable. Todos los acuerdos se acometerían en la medida en que las circunstancias lo permitiesen. 

Volvió a intervenir Salvador Peña. Fue tajante: “El asunto relacionado con la instalación del cinematógrafo de Baldomero Cano ha puesto de manifiesto poca autoridad. No se ha cumplido el acuerdo que estableció el sitio donde se tenía que colocar. Además, se están alquilando y cobrando sillas. Dicho señor Cano no está autorizado para ello. ¡Esto es una informalidad! Muy mal parada queda la Comisión Municipal de Fomento”. El alcalde Soto no se enfrenta con lo dicho por Peña. Utiliza otra estrategia. Ordenó que fuese leída la instancia que en su día presentó Baldomero Cano. Se leyó. Tras ello, el alcalde Soto siguió hablando: “La instalación se ha hecho en el último tercio de La Calzada. A nadie se perjudicaba con ello. Para que no se interceptara el tránsito había dado las oportunas órdenes a los agentes de la autoridad. ¿Qué decir del arrendamiento de las sillas? Una vez que me enteré mandé un oficio a Cano para que dejase de hacerlo. Se lo portó el secretario. Le ordené que remetiese las sillas al mismo nivel que el que se exige a las restantes instalaciones de cafés que allí se ubican. Además le ordené que pagase cinco pesetas por cada metro de más de los concedidos y que ocupa con mesas y sillas”. 

A medida que se iban produciendo las intervenciones, iban saliendo nuevos datos sobre el asunto, mientras que en paralelo se iban encrespando los ánimos; a mi entender, en parte porque las cosas no se habían hecho bien, pero también porque, por parte de algunos concejales, se iba contra la gestión de Soto. Peña afirmó que le parecía justo el oficio, pero que se le debió denegar a Cano que hubiese ocupado el centro de la Calzada, dado que hasta entonces siempre se le negó a quienes solicitaron aquel terreno. Agregó Verano que le parecía recordar que en la solicitud se había pedido la colocación de sillas. El alcalde lo desmintió. Cano no había solicitado la colocación de sillas y, de haberlo efectuado, se le habría denegado. “Pues señálese de nuevo el sitio que le ha de corresponder” -pidió Peña-. Soto fue tajante: “Esta medida perjudicaría al señor Cano. No procede. Ya se la ha obligado a levantar la cabina una vez para colocarla sólo a diez metros más hacia la playa. No olvidemos que este industrial, además de proporcionar un festejo público, ahorra al Ayuntamiento 800 pesetas, cantidad que se pagó en otra ocasión cuando se instaló un cine en La Calzada[16]. Por otra parte, la circulación se interrumpiría lo mismo cincuenta metros antes o después, pues la instalación dista 120 metros del final de la Calzada y 10  metros de la parte media”. 

Intervino Peña. Enlazó con lo de las 800 pesetas de ahorro. Afirmó que el Ayuntamiento se ahorraría 800 pesetas, pero a mayor cantidad se elevaba el destrozo que se había hecho en los bancos públicos. “Los bancos estaban sueltos” -le contestó el alcalde-. “Tan sólo los han aproximado a donde se podía ver la película”. Desconozco si por despiste, o por ganas de meter baza, o por intención de relajar la tensión, pero lo cierto fue que, estando el asunto como estaba, el concejal Gutiérrez pidió que se leyese “nuevamente” el acta, pues no recordaba si se le había concedido a Cano el sitio al final de la Calzada o frente al “cocherón” de la costa. 

Turno para Verano. Aseveró que quedaba patente la influencia que tenía el señor Cano, pues se le había puesto una pareja de municipales para que circulase el público –tiro verbal directo al alcalde-. Los demás industriales, sin embargo, no se habían metido en nada. Afirmó Verano que “habían sido demasiado prudentes cuando no habían protestado después de estar pagando todo el año las cargas públicas”. Terminó diciendo que la minoría a la que pertenecía pedía que se colocase el cinematógrafo donde se había acordado, puesto que donde estaba obstruía el tránsito, problema que se agravaría cuando comenzasen a venir los forasteros. “También obstruiría el tránsito un poco más hacia el final de La Calzada” -le contestó el alcalde-. Continuó insistiendo Verano. Afirmó que el avance de los cafés hacia el paseo central era diferente que el del cine, porque a este afluía más público y, a pesar de todo, la cabina no se había variado del sitio donde primeramente se colocó. “La cabina ha avanzado varios metros hacia la playa” -insistió el alcalde-. 

Salvador Peña dio un cambio de giro del todo inesperado. “Me han denunciado -dijo- que en la afluencia del público se cometen actos inmorales. Es preciso evitarlos”. Intuyo que el alcalde debió sentirse realmente acosado. Los disparos verbales le asaltaban por donde menos pudiera esperar. Hay momentos en los que parece que Soto no tiene capacidad de respuesta por los constantes cambios de giro que tomaba el acoso verbal. “Eso no puede evitarse -contestó-. Lo mismo ocurriría si el cine estuviera más cerca de la playa. Al final se perjudicaría a los industriales que establecen los restaurantes y a El Kursaal, que algunos años establece cine público”. Al hilo de esto último, Verano afirmó que también se perjudicaba al “Cine Vidú” y no se tuvo en consideración ni se respetó el acuerdo. El alcalde Soto ya no podía más. Determinó que se procediese a la votación sobre el asunto. 

Comienza la votación. Se suspende porque el concejal Verano pidió que se leyese una vez más el punto del acta donde se acordaba la instalación del cine. Se leyó. Una vez leída, a Verano se le ocurrió una intervención “de arte”. Afirmó que “el acta no estaba bien hecha, porque lo leído no fue lo que se acordó. Se acordó que el cine se pusiera al final de La Calzada”. A esta altura de la exposición, a quien esto escribe se le ocurre una pregunta fundamental: desde inmemorial tiempo se comenzaban los cabildos con la lectura y aprobación del acta de la sesión anterior y, leída, quien tuviese algo que alegar lo hacía y, tras ello, se aprobaba el acta; señor Verano, ¿dónde estaba usted el día en que se aprobó el acta que usted dice que no estaba bien hecha? El alcalde dijo una vez más, y esta sería la definitiva, que el Ayuntamiento podía acordar si se ordenaba levantar el cine y la caseta, y mandarle a Cano que lo colocase al final de la Calzada. Por fin se ejecutó la votación sin interrupciones, y ¡oh sorpresa! Cuatro conejales votaron a favor de que el cine se trasladase al final de la Calzada (Peña, Gutiérrez, Ramos Izquierdo y Romero Villarreal) y nueve lo hicieron a favor de que permaneciese donde estaba, dejando las cosas tal cual (el alcalde Soto, Lamadrid, Simal, González Ballester, Romero Urrea, Macías, Rodríguez Silva, Díez y... Verano). Aún pidió la palabra Peña. Dijo que se había enterado de que algunos industriales de la Calzada “gastaban” agua del pozo, y ello podía originar enfermedades, y algunas de ellas contagiosas. Un alcalde, al parecer ya relajado, le contestó que “afortunadamente el estado sanitario de Sanlúcar era excelente”. Verano quiso poner la guinda. Dijo que era cierto lo que afirmaba l alcalde, pues él también “lo había oído decir al inspector municipal de sanidad”[17]. 

Para la temporada veraniega de 1917 contrató el alcalde la “Banda de Música del Regimiento de Infantería de Marina de San Fernando”. Daba un concierto por la mañana de 10 a 12 en la playa frente al Restaurante Miramar, y por la noche en la Calzada de 9 a 12. Poco después informaría el alcalde a la Corporación que se había visto obligado a rescindir dicho contrato por cuanto que la superioridad había dispuesto que dicha banda concurriese a otra población. Se contrató entonces, y a los mismos fines, a la “Banda del Regimiento de Infantería de Pavía nº 48”. 

La verdad era que la Calzada se transformaba cuando llegaba el verano. Lucía un espléndido alumbrado. Comenzaba a circular por ella el tranvía de tracción animal, criticado por la prensa local por su vetustez, pero al que no le faltaba el colorido de los sueños veraniegos amasados a la orilla de la mar. El Casino Sanluqueño y el Círculo de Artesanos instalaban en el paseo sus casetas, donde se renovarían los aires de sus tertulias y juegos de mesas interminables. El centro de la Calzada, para el paseo. Los laterales de este se transformaban en dos ríos lúdicos, particularmente para la infancia y la juventud, con las casetas de tiros al blanco, caballitos, cunitas y puestos de chucherías y juguetes. Como un blanco de vela airoso abría sus puertas el Teatro Reina Victoria, compartiendo público con el Circo Ecuestre que se ubicaba a su sombra y en el que actuaba la “Compañía Alegría”, reclamo para las sombras estremecidas y jocosas de los niños. Más allá, en la playa, a la orilla misma de la mar, sonaba la melodía festera de cafés, restaurantes, casetas de baños. Allí se erguía un año y otro la Caseta del Miramar. 

Un edicto del alcalde-presidente Leopoldo del Prado Ruiz nos pone en la pista de lo que era la playa en las puertas mismas de la década de los felices 20. Decía así:

 

D. Leopoldo del Prado y Ruiz Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de esta Ciudad

HACE SABER: Que próxima la temporada de baños y con el fin de que se le preste el debido cumplimiento, se previenen las siguientes disposiciones:

 

Las casetas destinadas á Sras. se instalarán entre las Calzada de la Constancia y Reina Mercedes; entre dicha Calzada y la cloaca que existe frente a los terrenos del Sr. Conde de Ibarra, se establecerán los bisexuales[18]; cien metros más allá á contar desde la última de aquellas, las destinadas á caballeros y frente á la Calzada de la Infanta, en igual forma en que se han establecido en años anteriores.

Las personas que tomen baños deberán hacerlo entrando y saliendo del agua con el traje propio, quedando terminantemente prohibido el uso de bañadores cortos.

Queda autorizado el libre tránsito por delante de las casetas.

Se prohíbe se troten ni corran caballos ni carruajes por la playa durante las horas del baño, así como que delante de las casetas de Sras. y de bisexuales se detengan caballerías ni carruajes más que el tiempo preciso para que se apeen los que vayan en ellos.

Se señala como único punto para los baños de caballeros la parte de la playa que da frente al lugar denominado “Mazacote”.

La falta de cumplimiento á cualquiera de las prevenciones anteriores será castigada con la multa correspondiente sin perjuicio de ser entregado el infractor a los Tribunales de Justicia si el caso lo requiere.

 

Y para general conocimiento se fija el presente en Sanlúcar de Barrameda a 14 de Julio de 1919”.

 

(Sigue la firma de Leopoldo del Prado).

 

En cada temporada estival, para velar por la seguridad de los bañistas, el Ayuntamiento contrataba los servicios de un buzo. Fue el día de San Juan de 1921 cuando los capitulares tuvieron conocimiento de la instancia que presentó el vecino Ricardo Guisado López. Pedía que se le nombrase buzo para prestar tal servicio durante las horas oficiales de baño. Su instancia iba acompañada del visto bueno de la Comandancia de Marina. El concejal Sánchez Castellano expresó[19] que era partidario de que fuesen dos los buzos contratados. De esa manera el servicio sería completo. Intervino Soto. Propuso que, antes de que se decidiese sobre la solicitud referida, el Cabildo se informase de si la persona que había desempeñado dicho servicio en la temporada anterior deseaba seguir prestándolo en aquella. Las dos propuestas fueron aprobadas. La resolución quedaría pendiente hasta la próxima sesión, así se indagaría sobre lo que pensaba el buzo de la temporada anterior, pero, en cualquier caso, serían dos los buzos a contratar, uno atendería con una canoa a la vigilancia “de la zona de baño de señoras”, el otro lo haría, de idéntica forma, en la “zona de baño destinado a los caballeros”. En la contratación se le daría preferencia, si así lo deseaba a quien había estado contratado el año anterior, y en segundo lugar, al solicitante último. Ambos estarían sometidos a la vigilancia de la Fuerza Municipal que prestaba sus servicios en los baños de la playa. 

Puestos a tratar de los baños de la playa, se pasó a abordar el de los baños calientes. Dio pie a ello una solicitud[20] presentada por el vecino Manuel Ortega Rodríguez. Tenía arrendados tales servicios, de tan honda tradición. Pagaba 350 pesetas por su arriendo. Solicitó que se le permitiese subir los precios en un 50%, pues así se había efectuado con los demás puestos. El concejal Manuel Barbadillo dijo que la petición le parecía procedente y, como tal, debía ser atendida. Apostilló Sánchez que se tuviese en cuenta, no obstante, que, según él tenía entendido, Ortega había elevado el importe de los baños en el año anterior en el 100%. Soto fue de la opinión de que lo procedente era que el asunto pasase a la Comisión Municipal de Hacienda y a la de Contaduría. Replicó Barbadillo que, considerándose el corto plazo que había ya para el ejercicio de aquella industria, entendía que se debía permitir que se estableciesen los baños y, posteriormente, se cobrasen por la cantidad que el Ayuntamiento hubiese acordado. No estuvo de acuerdo con la propuesta Soto. ¿Cómo se iba a instalar el interesado sin saber lo que habría de pagar? El Cabildo acordó, en conclusión, que “con carácter de urgente y ejecutivo” se pudieran instalar los baños calientes siempre y cuando Ortega aceptase de manera expresa, y se sometiese a la resolución que adoptase el Ayuntamiento y la Junta Municipal de Asociados. 

Era inminente el inicio de la temporada estival. En la misma sesión de 24 de junio de 1921 se les dio permisos a Julio Sumisa para instalar un  café en el mismo sitio de la Calzada, en donde lo había ubicado el año anterior; a José Cáceres, para que colocase, también en el mismo sitio del año anterior, el “tiro al blanco”; a Manuel Sadoc, para que instalase en la misma Calzada una caseta para venta de cafés y refrescos; y a José Iáñez Vadillo, para ubicar en el mismo sitio que en años precedentes su caseta para venta de helados y refrescos. Esta última quedaría instalada “al principio del lateral derecho del paseo de la Calzada Reina Mercedes, en lugar próximo al del señor Sadoc”[21]. Concedidas las licencias, las Fuerzas Municipales tenían la obligación de vigilar el buen funcionamiento de aquellos servicios, y de la vigilancia de la playa, para comodidad de forasteros y naturales. No obstante, fuere por lo que fuere, la falta de civismo imperaba. Sería el concejal Barbadillo, incansable denunciador de los desafueros observados en la ciudad por estos años, quien llamaría la atención de la alcaldía-presidencia “del exceso de velocidad que llevaban los coches y automóviles por la playa con peligro para los transeúntes”[22]. Le respondió el alcalde accidental, José López Ballesteros, que por tales faltas ya se habían multado “a varios”. Afirmó que seguiría “poniendo de su parte cuanto pudiera para evitar aquel abuso”. 

Y es que para correr ya estaban los caballos en sus carreras. Y buen glamour que existía en ellas por estos años. Contando ya con su vitola de antigüedad y de originalidad, las Carreras de Caballos en la playa sanluqueña alcanzaron gran popularidad y prestigio en los primeros años del siglo XX. Sería hacia 1913 cuando la “Sociedad de Carreras de Caballos” ubica en la playa unas instalaciones fijas, provistas de los elementos necesarios para ser el centro neurálgico de la organización de las mismas. Eran tiempos en que las carreras, cosa que se cambiaría con posteridad, se celebraban desde la proximidad del Castillo del Espíritu Santo[23] hasta la playa de Bajo de Guía, teniendo su punto de arranque y de meta de entrada en las referidas instalaciones.  Por otra parte, en agosto de 1917, el lunes día 27, se programó un partido de fútbol entre el “Sanlúcar F.C” y la “Sociedad Deportiva Sevillana Nacional F.C”. El Ayuntamiento donó un premio de 300 pesetas para quien resultase vencedor. Para ver el partido, jugado en la playa, se podían utilizar los palcos y sillas del “hipódromo”; los palcos a 2 pesetas por seis entradas, y las sillas a 25 céntimos.

 

 

 

 

 



[1]  En Ramón Ledesma Miranda: Páginas de Andalucía. Editorial Nacional, Madrid, 1964.

[2]  Cfr. Nº 1.089, edición del día 28.

[3]  El Profeta, nº. 53, edición de 5 de julio de 1914.

[4]  El Profeta, nº. 53, edición de 5 de julio de 1914.

[5]  En relación con esta calzada, el concejal Domenech Romero había propuesto, en la sesión capitular de 28 de octubre de 1898, que se hiciese levantar por la fuerza la valla que estaba interceptando la Calzada de la Pescadería, que había sido colocada por la Compañía de Caminos Vecinales de  Andalucía y que, además, se abriese un expediente para que dicha compañía indemnizase los gastos derivados, hasta dejar al pueblo en la pacífica posesión de sus derechos. Acordó la Corporación aplazar su resolución sobre la propuesta hasta tanto la Comisión de Fomento no presentase su informe sobre el particular. Al mes siguiente ya estaba el concejal Terán Pareja preguntando al alcalde si había hecho algo para obligar a la Compañía de Ferrocarriles Vecinales a levantar la valla que interceptaba la Calzada de la Pescadería. Afirmó el alcalde, sin responder a lo preguntado, que lo procedente era recurrir en queja ante el Ministerio de la Gobernación. Intervino Pedro Romero. Pidió que se hiciese lo conveniente, pero que no se olvidase que era sobre la Corporación sobre la que pesaba la culpa de tener sin comunicación tan “importante vía” (cfr. Libro de actas capitulares de 1898, trimestre 4º, f. 62, al punto 16º).

[6]  Libro 2º de actas capitulares de 1898, trimestre 2º, f. 65 v, sesión del día 27, al punto17º.

[7] Tenía bajo su jurisdicción las costas de Sanlúcar, Chipiona y parte de la provincia de Huelva. Su mando correspondía a un teniente de navío que asumía al mismo tiempo el cargo de capitán del puerto. Las oficinas estaban situadas en la Calle Regina nº 15.

[8]  Libro de actas capitulares de 1915, f. 3 de la segunda parte, sesión de 2 de julio, al punto 8º.

[9]  Libro de actas capitulares de 1915, f. 111v, sesión del 19 de junio.

[10]  Libro de actas capitulares de 1915, f. 115v, sesión de 25 de junio de dicho año.

[11]  Libro de actas capitulares de 1915, f. 3 de la segunda parte, sesión del día 2, al punto 7º.

[12]  Libro de actas capitulares de 1915, f. 2v de la segunda parte, sesión de 2 de julio, al punto 6º.

[13]  Libro de actas capitulares de 1915, ff. 115-116v, sesión del día 25.

[14]  Libro de actas capitulares de 1915, f. 2v de la segunda parte, sesión del 2 de julio.

[15]  Libro de actas capitulares de 1915, f. 115v, sesión de 25 de junio.

[16]  Se inauguró en este mes. Se pasó el documental de la Feria de Abril en Sevilla con la corrida de miuras en la que habían intervenido “El Gallo”, “Joselito” y “Belmonte”. En cuanto a las localidades, las sillas costaban 5 céntimos y la preferencia 10 (Cfr. El Profeta, n. 154, edición de 26 de junio de 1915.

[17]  Libro de actas capitulares de 2 de julio de 1915, f, 5 de la segunda parte, sesión de 2 de julio de dicho año.

[18]  La elección de esta palabra induce hoy a error, no entonces, pues la palabra en la actualidad se ha generalizado con la significación de aquella persona que alterna las prácticas homosexuales con las heterosexuales. Don Leopoldo se refería en su bando a los dos sexos, el masculino y el femenino.

[19]  Libro de actas capitulares correspondientes a 1921, ff. 79v- 80, sesión de 26 de junio.

[20]  Libro de actas capitulares correspondientes a 1921, f. 80, sesión de 24 de junio de dicho año.

[21]  Libro de actas capitulares correspondientes a 1921, f. 80v.

[22]  Libro de actas capitulares correspondientes a 1921, f. 109, sesión de 12 de agosto.

[23]  Fue mandado construir por el VII duque de Medinasidonia  don Alonso IV (1550-1615) en 1598 con la finalidad de servir de defensa del puerto de la ciudad e impedir que cualquier flota enemiga pudiese entrar por el Guadalquivir en dirección a Sevilla. Fue destruido al ser evacuado por las tropas inglesas en 1812.


14/08/2015

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