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  JACOB BURCKARDT. SU CONCEPCIÓN DE LA HISTORIA

 

 

El objeto del estudio de este historiador[1] alemán del arte y de la cultura del siglo XIX (1818-1897) es el desarrollo del sentido histórico; es por ello por lo que define a la historia como “el registro de los hechos que una edad encuentra notable en otra.” Él realmente no fue un filósofo, tampoco lo intentó, se quedó en las aguas de la historia. Lo suyo por tanto no es un sistema de reflexiones para engarzar coherentemente un cuerpo sobre el sentido filosófico de la historia. Más bien lo que Burckardt pretende es poner en relación un número de observaciones e investigaciones con una serie de pensamientos un poco al azar.

 

Es más, no admite la filosofía de la historia, porque esta la somete a un principio. Tampoco acepta la teología de la historia, porque “el mejoramiento ofrecido por la religión se halla más allá de nuestro alcance”, dado que, para tener un concepto teológico de la historia hace falta fe. Tanto la filosofía como la teología de la historia han de referirse a primeros principios y a fines últimos, y la historia profana no debe tratar ninguno de ellos. Para él, el único punto tangible y accesible es el hombre, por ello el hombre es el auténtico centro de la historia; todo en ella gira y debe girar alrededor de él.

 

Considero que la fibra más sutil que agrupa su pensamiento es su afirmación de que, en el curso de la historia, hay una especie de permanencia, la CONTINUIDAD, de la que depende la entera significación de la historia, pero, si esta continuidad se quebrantara por una crisis, se produciría el fin de una época histórica. Hay que aclarar que para Burckardt la CONTINUIDAD es más que un mero moverse hacia   adelante, porque implica un esfuerzo consciente de recordar y renovar nuestra herencia, en lugar de la simple aceptación de la costumbre. Es menos que un desarrollo progresivo por la falta de una meta. Afirma, además, que la CONTINUIDAD debe estar en nuestras mentes, no en un espíritu divino.

 

Sutilmente exterioriza una reacción indisimuladamente apasionada contra las tendencias revolucionarias de su época histórica, al proclamar como otra faceta de esta CONTINUIDAD la necesidad de conservación, frente a las pretensiones revolucionarias. Asimismo se opone a cualquier tipo de democracia igualitaria, ya que esta llevaría a una mediocridad presuntuosa y a un nuevo tipo de despotismo. Por lo que reafirma su concepto de que la CONTINUIDAD es sagrada para él, es su última religión. Al aplicar sus principios al cristianismo afirma que la fe y la esperanza cristianas son “los enemigos mortales de la verdadera percepción histórica”, porque todos los hechos tienen absolutamente la misma importancia y ninguno de ellos, además, revela una significación hacia un objeto final.

 

Manifiesta su gran admiración por los cristianos de los primeros siglos, por su ascetismo, desprendimiento y austeridad; pero afirma que se complace en olvidar que es deudor de la iglesia. Deposita su confianza para la Europa del futuro en los hombres ascéticos, por ello no le impresiona lo más mínimo el cristianismo moderno que, para hacerse aceptable, dejó las viejas formas de vida de los primeros cristianos y así vive en el mundo a su estilo y formas. Para él el cristianismo primitivo se mantiene en contraste completo con las leyes del mundo. Creo que Burckardt, en sus reflexiones asistemáticas sobre el sentido de la historia, apunta un problema, intuye lo que no es; pero no presenta soluciones prácticas y operativas. 

 



[1]  Obras: “La época de Constantino el Grande”, “El Cicerone”, “La cultura del Renacimiento en Italia” y “Reflexiones sobre la historia universal y la historia de la cultura griega”.


10/08/2015

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