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  AMANECERES EN SAN DIEGO

 

 

 

 

A mis inolvidables hermanos

Juan Bautista Delgado y Paco López,

IN MEMORIAM.

El enclave del templo guarda aún la remembranza de toda la historia que tiene detrás de sí. Me siento sobre el montículo de la vieja Barranca, aquella que el Gran Río, el Guadalquivir, fue configurando desde la noche de los tiempos, hasta que, con lentitud, se fue alejando de ella. La dejó establecida como eterna enamorada que, con fijeza, mira los ojos del amado, a veces azules, como las olas de la mar; a veces rosáceos, como la caída de la tarde; a veces verde, como el conjunto de los pinos de la otra parte, de la otra banda.

          No existe ninguna edificación visible. Sólo, río y mar. Árboles en abundancia. Suave brisa. Unas gaviotas sobrevuelan, en un juego de historias, desde el viejo Monasterio de los Jerónimos, en busca de la otra punta de la Barranca, donde reluce el Puntal del Espíritu Santo. Un carril austero se dirige, como una veredilla de agua permanente, hacia las lindes del Río-Mar. A mis espaldas, una puerta monacal, casi militar, se abre en uno de los ángulos de los lienzos que rodean la Villa de los Guzmanes, Señores de estas tierras. La vienen en llamar la Puerta de Sevilla, tal vez la hermana más cenicienta de las cuatro.

          Me quito el sudor de la frente. Abro los ojos. Aparece ante mí una hilera, lenta, cansina y descompensada, de hombres que, andando o en animales de carga, salen de la puerta en dirección a las tierras de Santa Brígida. Antes de dirigirse o de retornar de sus faenas agrícolas, cumplen siempre con el mismo ritual. Se aproximaban a una ermita, conocida por la Ermita de San Blas. Es una construcción humilde, como humildes son aquellos hombres y las pocas casas rústicas que se van levantando a las afueras de la Puerta de Sevilla. Surgió un día esta ermita, porque los laboriosos vecinos no querían ser menos que los de otros lugares de la villa murada. Ya, junto a las otras tres puertas, se habían ido construyendo otras tantas ermitas, para impetrar la protección divina. Junto a la de Jerez, la Ermita de San Juan de Letrán; junto a la de la Villa, la Ermita de Nuestra Señora de Belén; y junto a la de la Fuente Vieja o Santa, la Ermita de San Antón, lugar en donde los fieles sanluqueños daban tierra a sus difuntos, bajo la sombra intercesora del santo eremita.

          Unos caballeros, que vienen agotados desde la ciudad de Sevilla, entran presurosos en sus caballos por la Puerta de Sevilla. Traen mensajes de negros agoreros. No van bien las cosas para el Duque don Gaspar. Su pretensión, programada y en vías de realizar algún día, de lograr la secesión de Andalucía de la corona real, está encontrando demasiados obstáculos y más traidores de los que se preveía.

          El galopar de aquellos caballos ha dejado una nube de una polvareda grisácea, pegajosa y atrevida. La polvareda se va asentando. La luminosidad se abre camino. Contemplo la Ermita de San Blas. Por sus alrededores, faenan en el campo, unos frailes, son los franciscanos descalzos. Los trajo a la ciudad el propio duque don Gaspar, habiéndoles prometido construirles un convento amplio y suntuoso, extremo que los franciscanos no desean. Se conforman, llevados del espíritu del padre San Francisco de Asís, con algo más humilde y austero, en donde poder rendir culto a Dios, al patriarca San José, a la Santísima Virgen, y dar de su pan al hambriento, y consolar a los pobres, angustiados y enfermos. Quieren ser una comunidad, una fraternidad de religiosos pobres para los pobres de la villa.

          No pudo el duque don Gaspar cumplir su promesa en plenitud. Su proyecto independentista fracasó. Fue desterrado de la ciudad de Barrameda por orden de la corona. Nunca volvería a ella. Pero… aquellos franciscanos, siguiendo a su padre san Francisco, hicieron como él. Continuaron ellos mismos las obras que, en tiempos del duque, se habían comenzado. Recuerdo aquellas fecundas huertas que, sobre la Barranca, se extendían fecundas y olorosas. En sus solares se comenzó a construir el deseado convento, y en ellos se labraría con el sudor y las ilusiones de los franciscanos descalzos. Llegó el día. Estaba llegando la última década del siglo XVII. Un rótulo relucía en el convento labrado a las afueras de donde se había levantado la Puerta de Sevilla, y junto al majestuoso Castillo del Señor San Santiago: “Convento del Glorioso Patriarca San José”.

          El sol brillaba en su plenitud. Lanzaba rayos que generaban calor y sentimiento de cansancio. Pegué unas cabezadillas. Las voces de un tropel de gente me sacaron de mi ensueño. Abrí los ojos. El tropel se dirigía a aquel convento, que relucía en aquel día de su bendición, pobre, humilde, pero impregnado del carisma franciscano. Junto a la gente de posibles y de humanal poder de la ya próspera ciudad –gobernador, regidores, vicario, beneficiados de la Iglesia Mayor Parroquial de Santa María de la Expectación o de la O, capellanes de las centenares de capellanías fundadas en iglesias y conventos, almacenistas y comerciantes de vinos, propietarios– también caminaban silentes, pero contentos, porque, de alguna manera, aquel convento era, y seguiría siendo, algo suyo, los pobres, los mendigos, las mujeres de amores, los transeúntes, los pícaros, los buscavidas, los agricultores. Todos se iban apiñando junto al nuevo convento y a su recientísimo templo. Hasta enfermos del Hospital de San Juan de Dios se habían desplazado, desde la Calle de la Botica, hasta aquel lugar, para no perderse el evento, sin saber que, con el correr de los años, aquel convento sería transformado en otro hospital, el nuevo de la Misericordia.

          Todas aquellas imágenes habían ido quedando en mis retinas, unas sobre otras, como quedan las ropas que se colocan en un arca. Me despojé de mis vestidos sin tiempo. No quise perderme el evento. Me levanté. Caminé despacio. Me sentí pueblo con aquel pueblo, pobre con aquellos pobres, enfermo con aquellos enfermos, franciscano con aquellos franciscanos. Caminábamos despacio. Nos movíamos al ritmo de los cantos gregorianos que comenzaron a escucharse desde el interior del templo. ¡Cómo habían trabajado aquellos franciscanos! ¡Diez años construyendo en aquel lugar para dar culto al Señor y vivir en fraternidad y para la fraternidad con los más necesitados!

          Entré. Un templo enorme, de una sola nave con humilde crucero, se abría ante mis ojos. Se olía a incienso y a flores del campo. En el presbiterio, varios cuadros de santos franciscanos. En la parte delantera, estaban situados los hacendados y poderosos de la ciudad. En la parte trasera, y en las ocho capillas laterales, la gente humilde, vestida de pobreza, alegre, confiada y segura de que seguiría bajo el cobijo de aquellos hombres de Dios que habían decidido un día abrazarse con la Pobreza. Miré al lugar de donde venían los cantos. Frailes austeros, enjutos, sonrientes, curtidos por el trabajo, las carencias y las penitencias, cantaban pletóricos de alegría. Aquello parecía la antesala de la eternidad. Los cantos gregorianos se mezclaban con el olor a incienso, el repicar de la campana y el tintineo de las muchas velas que aquel día se quemaron en el templo para gloria de Dios y del padre san Francisco.

          Cerré los ojos. Me adentré en el lago solitario de mi esencia. No sé cuánto tiempo permanecí inmerso en aquel lago. Retorné. Abrí los ojos. El templo estaba vacío. El austero retablo del altar mayor era otro bien distinto. Tres calles, estructuradas en dos cuerpos y un ático, lo configuraban. En el centro, una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa. Seguían allí algunos cuadros de aquel día lejano de la bendición, pero relucían otros nuevos, en los que figuraban san Miguel y san Rafael. Dirigí mi mirada al coro. Estaba vacío. Una pintura representaba a la Virgen cubriendo con su manto a santos franciscanos. Recorrí el templo con la mirada. Quedé mirando con fijeza la bellísima imagen de una dolorosa. Pregunté a una señora que, sentada en un banco, rezaba el rosario, cómo era llamada aquella imagen.

–“Es Gracia y Esperanza, un cáliz de belleza y la esperanza del barro de nuestras tristezas”. “Mire, mire allí¨. Desplegaba deícticamente su mano.

Seguí en la dirección indicada. ¡Qué imagen de Cristo! ¡Qué ternura en aquel mirar! No pude sino contemplar… Los cantos gregorianos se tornaron en saetas: “No sé que hay en tu mirar, suplicante Cristo mío, Jesús orante en el huerto con suspiros infinitos; no sé qué hay en tu mirar, rojo Clavel entre lirios, dulce Varón de Dolores, el mejor de los nacidos. // Veo en tus ojos, Señor, luz para mi laberinto, y esperanzas para un pueblo que te quiere su Camino, y bálsamo de consuelo, y ternura para el grito, y esperanzas de dolores, mi Jesús, mi Dios, mi Cristo”.

 

 

 


08/08/2015

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