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  ACOSO A LA ENSEÑANZA

 

 

 

Aunque parezca increíble, tiempos hubo en los que la cultura, el saber, los libros, el arte de escribir y la satisfacción por la lectura fueron valores gozados y valorados. El cultivo del espíritu fue tarea muy recomendable y recomendada. Corría la Historia por los “bárbaros” tiempos medievales.

          Pasado el tiempo y llegada la moderna actualidad, aquellos valores se han ido diluyendo como azucarillo en el vaso de la “modernidad”, del “progreso”, de la primacía de la “técnica”, del liderazgo del “tener” sobre el desprestigiado y ninguneado “ser”. Para colmo, la enseñanza vino a caer y cayó en manos de la casta política. Fue el momento de la arribada de la ruina de la enseñanza. Se pretendió la enseñanza única y amordazada en muchos momentos históricos, no la plural, la personal, la integradora, la creativa, la cuestionadora, la disciplinada. El Ministerio de Instrucción Pública, o de Enseñanza o de cómo cada cual lo ha querido denominar, fue pasando “de facto”, transformando camaleónicamente el status de la enseñanza, a merecer su pertenencia a los de la Guerra, o de Sanidad, o de Obras Públicas, o de Información y Turismo, o vete a saber qué. Por lo pretendido, cabía en cualquiera de estos ministerios o de otros varios más.

          Consecuentemente, las aulas se convirtieron en un caos ingobernable. Carreras, tizas que van y vienen lanzadas por las “infantiles manitas”, como torpedos en busca de algún objetivo perseguido, griterío, agresiones y acosos de unos alumnos a otros, desconocimiento total de las más elementales normas, usos y costumbres de la decencia, la solidaridad, la integración, el respeto a la pluralidad. Y los profesores se sentían impotentes para frenar una “guerra” bien distinta de la capacitación para la que habían sido entrenados.

          ¿Qué mente es capaz de recibir, discernir y adaptarse a tantos cambios de leyes reguladoras de la enseñanza? ¿Tan mentecatos, incapaces, falaces, ignorantes o montunos son quienes rigen los destinos de la res publica,  que no ven o no quieren ver que se hace imprescindible que las diversas opciones políticas deben llegar a un consenso para fijar unas normas-marco que regulen el funcionamiento del sistema educativo por un amplio periodo de tiempo? Que quieren quitar de la circulación un distintivo político social… háganlo. Que se quieren cambiar de un partido a otro según conveniencias… háganlo. Que quieren decir blanco aquello que dos días antes habían denominado negro… háganlo. Que quieren aparear a camellos con hormigas, háganlo. Pero a la enseñanza ni un minuto más de cachondeito politicastro. Los profesores, a enseñar, a generar futuro y a ayudar a configurar personas; los alumnos, a respetar y a trabajar dentro de un orden imprescindible para toda clase de progreso; los padres, a colaborar y a implicarse con la enseñanza de sus hijos. Los políticos, cuanto más lejos de la enseñanza mejor que mejor… dejen a los técnicos, a los especialistas, a los peritos la dirección y control del sistema educativo. Todo iría mejor.

          ¿Que es una utopía? Pues, no señor. Las utopías son otras; y el pueblo, sufrido y mil veces engañado, se las tiene que tragar. Me voy a la “bárbara” Edad Medía. Sólo a título de ejemplo, pues la historia está preñada de muchos de ellos. La mejor de las escuelas y de las enseñanzas tuvo siempre una característica esencial y fontal: la autonomía y creatividad, pero la de verdad, no la de “charangas y panderetas”.

          Siglo XII. Francia. Así escribió el profesor y místico erudito Hugo de Saint-Víctor (1096-1141) describiendo la constitución solidaria de un “Centro Educativo” en las proximidades de París: “Veo allí gente de todas las edades: niños, adolescentes, jóvenes y ancianos […] Unos ejercitan su lengua todavía torpe, para pronunciar nuevos sonidos y emitir palabras insólitas. Otros se esfuerzan en conocer las declinaciones, composiciones y derivaciones, primero escuchándolas y después repitiéndolas una y otra vez, hasta registrarla en su memoria. Otros graban con su estilete tablillas de cera. Otros dibujan figuras, trazos variados y de diferentes colores, dirigiendo con su mano segura su pluma sobre el pergamino. Otros, a los que parece animar el celo más ardiente, discuten –cuestiones graves según todas las apariencias– y procuran apabullar a sus adversarios con gran lujo de sutilezas y argumentaciones. Veo también a algunos que calculan. Otros, pellizcando la cuerda tensada sobre un caballete de madera, producen toda clase de melodías. Otros describen el curso y la posición de los astros y, con la ayuda de los instrumentos demuestran el movimiento de los cielos. Otros tratan  de la naturaleza de las plantas, de la constitución de los hombres y de las propiedades y acciones de todas las cosas”. Tal autogestión fue perseguida por el poder y se la intentó prohibir. Se acudió a Roma. El papa Inocencio III aprobó los estatutos de aquella institución que espontáneamente había sido creada. Había nacido el itinerario de las denominadas “siete artes”. Los pies de la enseñanza no son otros que autonomía y creatividad. Que no se bastardee. 


16/06/2015

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