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  ANTONIO RODRÍGUEZ ROMERO, PINTOR DE LA MAR

 

CON MAR CÁLIDA A LA PUERTA

 

          La mar, viva, exuberante, incontrolada, nido de sentidos vitales, desconcertante, antitética (Señor, matadme, si queréis.../ ¡Pero, Señor, no me matéis!, cantará el poeta Juan Ramón Jiménez) aparece incomprensiblemente en las pinturas de Antonio Rodríguez Romero. Incomprensiblemente, porque de lo terrenal puede asirse la existencia, nunca la esencia. Vana locura apresar lo inapresable. Titánico esfuerzo meter la mar en los cuencos de unas manos ambiciosas.

 

          Lo increíble se hace creíble en el arte. Lo imposible, posible, porque el artista es capaz de beberse la mar, para luego plasmarla en besos de los más creativos colores con sus dedos mágicos. Antonio Rodríguez Romero es artista. Artista de formación académica, pero sobre todo de genes insustituibles, de sensibilidad asida a los jardines umbrosos donde duerme la musa de sus inspiraciones. Antonio tenía que ser artista de la mar, porque los mil colores que la mar tiene se acurrucaron sobre la mirada que se escondía pudorosa sobre sus mejillas, cuando sólo un niño no sabía si mirar el arte de un padre carpintero de ribera o la inmensidad sobre la que iba a flotar el “Juanelo” que él recrearía un día en óleo sobre lienzo, un juanelo sin tiempo, bajo la luz del firmamento donde duermen los dioses de la tarde.

 

          Las pinturas de A-Mar son una pasional declaración de amor a la mar, y a la mar sanluqueña. El amor es siempre nuevo. Es una virginidad que se entrega a cada momento, para volverse a entregar en una nueva explosión de A-Mar. A-Mar nos trae los “Recuerdos de la infancia”, que quedaron plasmados en el corazón del artista, ahuecándolo como las pisadas únicas, solitarias, frías y cálidas, que quedaron en paralelo a la “orilla”, mientras el sol doraba en oro los ayeres irrepetibles.

 

          La técnica mixta le llevará al artista a recoger en “Arena Blanca” las lágrimas de la mar, adormecidas en un escaparate congelado. Y la mar, sabedora de sus pasiones entreabiertas, deja que la mano del artista enamorado sea capaz de captar la esencia secreta del “Atlántico”, la locura de sangre de  la “Marejada”, la soledad de una mar sin mar de la “Bajamar”, la plenitud desnuda de la “Pleamar” orgásmica.

 

          La mar se ha dejado enamorar por el artista pintor de ella enamorado. Y le ha entregado la virginidad de sus esencias. Sólo el creador será capaz de eternizar el sentimiento, la mirada, el tacto, el olfato, la caricia, la ternura, la pasión de una mar enamorada. Pasión única y repetible. Nueva y siempre vivida con la vestidura de una sinfonía inabarcable. Todo se paraliza en el cuerpo que, en carbón sobre papel, sale del pintor en “Nostalgia”, simbiosis de los cánones clásicos y la ruptura de la creación única, desbordada y desbordante.

 

          El mar sigue “enclavado a lo eterno eternamente”, como cantó Juan Ramón, mas Antonio Rodríguez Romero se siente como cobijado “bajo su breve infinidad definitiva”, necesita humanizar lo trascendido, visualizar lo deshojado, tocar las nubes blancas que corren por el infinito, y de su aguada surge la “Brisa”, recatada, con sus verdes ingles sin resonancias, abrazada a sus lunas blancas aureolada de colores irrepetibles, eternizados;  el carbón y sanguina sobre papel crea unos personajes humanizados que permanecen como testigos de sangre de la pasión por la mar: el viento “Solano” desborda en soliloquio de águilas emplumadas, el “Poniente” aguarda las melodías del sueño, y “Levante”, sin confianzas ilusas, irrumpe con su desbordante juventud en un escorzo de asfódelo en hora apasionada.

 

          Antonio Rodríguez Romero destroza los viejos esquemas jorgemanriqueños. No es la mar lugar en donde todo muere. Es la mar, la esencializada mar de Antonio Rodríguez Romero, donde esplendorosamente resurge la vida, mientras por entre sus vientos renace la insaciable pasión que trasforma el vivir en perfumado deseo.

Publicado en el Catálogp de la Exposición A-Mar

 

 

 

Narciso Climent


06/03/2015

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