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  ¡AY, SEÑOR, SEÑOR!

 

 

Estamos en carnavales. Se reactivará muy pronto el mundo cofrade. Quienes durante todo el año han estado viviendo con y en su Hermandad aceleran el pulso, las ilusiones y el trabajo. Quienes tan sólo acuden a la Hermandad cuando huelen a primavera, a cirio quemado y a humeante incienso aparecen por ella. Pero ahí está la grandeza de la Hermandad Cofrade: Las puertas abiertas para todos, sin fisuras, sin discusiones, sin reproches y sin creerse nadie más que nadie.

          Llegará la Semana Santa con el mismo telón de fondo sangrante para una mayoría de la sociedad. La crisis económica, financiera, política e ideológica se ha enseñoreado de nuestra sociedad. La corrupción ha tomado impunemente carta de ciudadanía por doquier. Los corruptos, los presuntos y los probados, se están yendo de rositas, sin devolver lo que de rositas se llevaron. ¡No pasa nada! No pasa nada, claro, en la punta del iceberg social, que sí en las bases. El pueblo no tiene para comer, las familias han de acudir a los ahorrillos de los abuelos para poder subsistir, muchos quedan sin casa porque no pueden atender al pago de las hipotecas.

No nos engañemos. La crisis radical, la de raíz, la nuclear, la que genera todas las demás crisis, no es sino la tan cacareada crisis de valores. Cuando el móvil de la sociedad, del poder, del capital y de las entidades financieras no es otro sino el crecer y crecer y crecer a toda costa, dejando de lado la honradez, la igualdad, la solidaridad, la justicia, el amor, la libertad, la fraternidad, todo mal es posible, todo está permitido. Esta es la cruz de Jesús de Nazaret, esta es la corona de espinas clavada en su frente, estas son sus llagas abiertas.

          No es nuevo el fenómeno. La historia está llena de “esta gente que camina y va apestando la tierra”, como escribiese un día Antonio Machado. Por eso la tierra, nuestra sociedad, la de más cerca y la de más lejos, está llena de pobres. “A los pobres siempre los tendréis con vosotros” proclamó Jesús de Nazaret. Siempre con nosotros, siempre en nosotros, siempre nosotros.

          Es esperanzador contemplar cómo muchos seguidores de Jesús de Nazaret y muchos hombres y mujeres de buena voluntad, desde las creencias que puedan tener o no, están desplegando una verdadera corriente de solidaridad a favor de los más necesitados. No es tiempo de desuniones y enfrentamientos ideológicos, sino de unidad y de acciones solidarias. Pero, ojo, el compromiso de fe y por la fe en el Nazareno no ha de quedar reducido a tapar carencias, por importante que esto sea en estos momentos. Hay que tener horizontes más amplios. Dios creó un mundo para que todos sus hijos tuviesen vida y la tuviesen en abundancia; y no para que unos tuviesen de todo y todos careciesen hasta de lo más imprescindible. ¡Hay que igualar lo torcido!

          Las Hermandades, por tanto, no pueden limitarse, ni hoy ni nunca, a quedarse en la superficialidad del rito cofrade, en el triduo, en la procesión, en la cera, en las flores, en las bambalinas, en la banda de música, siendo todo ello elementos importantes cultural, histórica y religiosamente; pero hay que ir a la autenticidad del rito cofrade. ¿Y dónde radica esta autenticidad? En estar con Jesús en su Misterio-Salvador de pasión, muerte y resurrección; y en ser y vivir como Jesús. Construir el Reino de Dios, y esta es la finalidad de la Comunidad Cristiana y de las Hermandades que viven la Comunidad desde ella y en ella, es denunciar lo injusto, lo corrupto, lo insolidario, es decir, todo aquello que atente contra la dignidad de toda persona, porque esta es el valor máximo en el Reino desde el Plan de Dios. No olvidemos nunca que estar con y como Jesús de Nazaret es colaborar y luchar en todo momento por hacer posible una sociedad justa, igualitaria (sin exclusión absolutamente de nadie, aunque sean “distintos” en alguna faceta del compuesto humano), en la que todos los hijos de Dios puedan vivir adecuadamente espiritual y materialmente. Todo lo que no sea esto es “charanga y pandereta” bullanguera.


02/02/2015

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