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  ME VA LA CALLE, ¿ES MALO?

 

 

 

 

Pues, sí señor, a qué negarlo. La crisis no sólo ha arrastrado a la miseria a la mitad de la población, sino que ha arrojado de la mar “enmierdada” a toda clase de corruptos, trincones, descuideros y demás especímenes de este género, que han quedado con las nalgas al aire y a lo loco. A esta sociedad de nuestros pesares le sucede lo que a los perros flacos, que todo se le vuelve pulgas y garrapatas. Claro que hay quienes irresponsablemente  negaron la crisis; quienes dijeron, con cara de cemento armado, que era pasajera; y quienes han comenzado a afirmar, con una cohetería de eufemismos técnicos, que ya va de paso. ¿A qué paso se refieren? Nada más hay que salir a las calles para ver que de paso, nada de nada… y a las empresas, y a los almacenes y almacenillos, y hasta a los bares, que ya es. Mire, usted, tengo un amigo que, otrora constructor poseedor de una pequeña empresita, pero constructor al fin y al cabo, me ha confesado, en un alarde de sinceridad, que ahora, ahora mismito, como decía aquel, se planta, como una clarisa lo hace en su reclinatorio, desde por la mañanita, en la barra de un bar, por ver si consigue que alguien lo invite a una cervecita. Claro que ¡la crisis va de paso!

          Dígale, usted, señor político, que la crisis va de paso a quien han desahuciado; a quien sufre la impotencia de llevar varios años sin pisar uno de esos almacenes a donde en tiempo iban a comprar los productos alimenticios para su casa; a quien le han cortado luz, agua y butano; a quien se quita un bocado de la boca para que su niño pueda ir al colegio… A propósito de colegio, dígale que la crisis va de paso a la madre que, cuando sus hijos vienen del colegio, les planta un pantalón de chándal viejo y una camisetilla, para quitarles las ropas, lavarlas y ponérselas al día siguiente para el colegio, porque es la única ropa de la que disponen.

          Claro está que la valoración de la tan cacareada crisis depende de la vara de medir con la que se haga. Si se pertenece a la cofradía del mangueo creciente o a la del trinque despendolado, de crisis nada de nada; simplemente no existe, porque hasta en bolsas de basura se transportan los euretes, que no se cuentan uno por uno y con genuflexión doble, sino al taco, al zarpazo, porque de tantos que se tienen hasta se padece náuseas de recién preñada. Además, para que tanto papeleo no moleste en casa, lo mejor es montarse un viajito a países de fiscalidad indolente, para allí dejar depositado algunos kilos de tanto papeleo tan “laboriosamente” logrado. Con ello, ni el perro se dedicará a jugar con los billetes hasta hacer el estropicio de destrozar, a golpe de mordeduras, algunos de ellos, como mi perro Pinín que, en un ataque de celo cultural, entró en mi biblioteca, olió, vio y mordisqueó, hasta la destrucción despelotada, uno de mis libros más preciados, nada más y nada menos que El Quijote, en edición de lujo para más inri. Buen gusto que tenía el negrazo danés, quien además pensaría que de dónde provenía aquel ataque de histeria que le había dado a aquel tío; si siempre estaba con libros. “Hay que ver cómo se ha puesto conmigo –pensaría en sus entendederas caninas– por un día que me da dado por saborear la cultura”. Cosas de la perrilandia.

          Pero claro, la valoración de la crisis, por parte de quienes sólo conocen monedas de euros, sin saber ni tan siquiera el color que tienen los euros en papel de imprenta de la real casa de la moneda,  es bien distinta. Estos “ponen en valor” –vaya la expresión de marras– hasta las extrañas y pegajosas moneditas de céntimos de euros, si bien los pedigüeños callejeros van al grano: “Dame un eurito pa comprá un bocata”. ¿Un bocata? Sí, sí… Y es que de la punta del iceberg hacia abajo, en buena parte de la pirámide social, para referirse al euro se usa un diminutivo cariñoso. La palabra euro parece algo distante, como un plato de langostino que se ve en los escaparates de los restaurantes de Bajo de Guía, o como el señorito engominado que vino a veranear desde Alemania; el pueblo usa más bien el diminutivo, que parece como que quita gravedad e importancia a ese tesoro con el que un día nos camelaron al cambiarlo por la peseta de toda la vida. Gato por liebre, euro por peseta. Con lo bonito que era llegar al freidor de Rivero y decirle: “Dame cuarta y mitad de tajaditas, cinco acedías y una cuarta de cachitos”. Y con aquella ilusión en forma de papel de estraza, al preguntar que cuánto se debía, te respondía aquel buen hombre: “una peseta y un real y medio”. ¡Aquello sí que era comprar!

          ¡Qué grandeza la del pueblo en el uso de la palabra “eurito”! ¡Qué arte! ¡Cómo la mima! Porque, si alguien quiere referirse a algún defecto de los demás, mire por donde también hace uso del diminutivo desproblematizador; que ve a una jorobada, pues se dice que es “jorobadita”, sin que esta palabra signifique el tamaño de la joroba, porque la tal jorobada o lo es o no lo es. Es como decir de una prostituta que es un “poquito ligera”. ¿Un poquito, señora? Esa es capaz de llegar corriendo por la playa de Sanlúcar a Chipiona en media hora y, además, parándose en los fortines para descansar un ratito. Pues, vaya con la "ligerita".

 

          Tan mal está el asunto que cada vez son más los del “eurito” que van tomando conciencia de que el camelo de la crisis no es cunero, sino que tiene padres, y estos gozan de nombres y apellidos. Tal mal está el asunto que cada vez son más los del “eurito” que están cayendo en la cuenta de que la crisis no es sólo económica, sino política y, para más inri, de carencia plena, por parte de muchos, de los más elementales valores que siempre respetó y admiró el pueblo, a la pata la llana, pero los valoró: la honradez, la justicia, el contar con él, la limpieza, la solidaridad, las cuentas claras y limpias como una patena, porque el pueblo, sin privilegios ni prebendas, practicó siempre lo que decía mi abuela Dolorcita: “Una zerviora es pobre, pero mu onrá”.


20/11/2014

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