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  UNA DE CAMELO EN ACEITE

 

 

No sé a usted, pero a mí hay palabras que me subyugan. Una de ellas es el verbo “camelar”, y si se trata del sustantivo “camelo” ya es de pura arte, y del adjetivo “cameloso” y “camelante”, ya ni le cuento. Y es que la palabra tiene su aquel. Corominas y Pascual la analiza. Mire por donde viene a significar “galantear”, “seducir”. No es palabra de blanca cuna, más bien de padre desconocido, como aquellos bebés que, vete a saber por qué ventolera, de la madre, o ceguera del cura que lo habría de bautizar, aparecían en un libro especial de Bautismos, dedicado a tales niños. Corominas conjetura que la palabrita podría derivar de la jerga gitana, con la acepción de “querer, enamorar”, y así proveniente del sánscrito “kâmara”> “deseo”, “amor”. No está nada mal. Se imagina uno esos ojos juveniles deslumbrantes y deslumbrados cuando sienten la primera “punzá” del amor.

          Pero, como lo positivo dura menos que la perseverancia de una boda alocada, vino a sucederle otro tanto a la palabrilla de marras. De sus anteriores significados, vino a devenir en otros de más negra cuna, “seducir”, “engañar”, “sonsacar dinero”, “acechar”. Del amar a una persona se pasó a amar algo que tiene una persona. Sin rodeos, el camelo quedó bautizado en la pila bautismal de la vida como puro y duro engaño. Para más rizar el rizo, vino Hugo Schuchardt y agregó otro significado. Consideró a la palabrita como derivada de “camello”, pero en el sentido de “tonto” o de “estúpido”.

          Y mire por donde, leyendo a tan ilustres historiadores de las palabras, se me van las mientes a la antigüedad. ¡Con qué positividad valoraron a los hombres que se encargaban de los asuntos de la “polis”, los políticos, los hombres “públicos”! ¡Y cómo llegaron al convencimiento de que, visto lo visto, era la democracia el mejor de los sistemas de gobierno posible! Y no erraron, claro que no. ¿Quién va a negar lo honorable de la persona que, a costa de sacrificios y generosidad, es capaz de abandonar sus asuntos, para dedicarse a los de la res-pública? ¿Quién habría de devengar en el atrevimiento de no considerar que el verdadero poder y soberanía resida en el pueblo y que sea este, y solo este, quien lo deposita, para que defienda sus intereses, los del pueblo, en manos de la ilustre y honrada clase de los políticos?

          Hasta ahí todo es perfecto; pero… es que del significado del camelo como una galanteo proveniente del amor, se pasó al arte de seducir para engañar. Mi abuela Dolorcita diría que “es lo mismito que está pasando ahora por toas parte”. Creo que usted exagera, abuela. Mire, el pueblo es recio y bravo cuando se pone y, tal vez, una de las trampas que con más cólera vomita es la del engaño de quienes han recibido cualquier tipo de poder “para administrarlo en nombre del pueblo y por él”, y de administradores se transforman en dueños y propietarios mangando, como si suyo fuese, lo que corresponde al pueblo.

          Aquí está la madre del cordero. Que la crisis actual es económica, un camelo; que el buen funcionamiento de la Banca salva la economía, un camelo; que todos los políticos acceden a los cargos por un incontenible deseo de servir al pueblo o a una determinada ideología, sea la que sea, un camelo; que se está saliendo de la crisis económica, un camelo; que la felicidad de los humanos está en el progreso material, un camelo; que las  especulaciones y corrupciones son invenciones de los indignados, un camelo; que no es verdad que el político sólo se reactiva en periodo electoral y se aburguesa en el resto, un camelo; que el mercado de trabajo no necesita un radical cambio, un camelo; que no hace falta limitar e inspeccionar el gasto público, un camelo; que las pensiones están aseguradas, un camelo; que la salida de la crisis está en un recorte de los derechos sociales, logrados con lucha, sudor y lágrimas por otros, no por ellos, un camelo; que no hace falta una reforma radical de la sociedad, un camelo…   

          Las palabras están vivas y se ríen de quienes las usamos indolentemente. Que no, que el pueblo no es ni tonto ni estúpido y no quiere camelos, quiere verdad y solidaridad. Los buenos políticos, a trabajar y a entrar en los cargos con los bolsillos vacíos y a salir de ellos de la misma guisa. Los malos que sigan con sus estrategias de seducción, con sus engaños, con sus acechos y sus trampas. Las palabras vacuas, falaces y mentirosas ya no sirven, y no le quiero decir lo poquito que sirven las actitudes de la misma índole. Que no, ¿te quié enterá que temos calao? Camelos, no, gracias. 


18/09/2014

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