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  PERIPLO POR EL VIENTO. CALLE ALFÉREZ PEDRO RIVERA SARMIENTO

         

         Centellean por mis oídos y por mi fantasía desbordada las cálidas y dulces palabras de la profesora Dolores Aleixandre, a la que, con sumo gozo, acabo de escuchar en una brillante conferencia en la que nos ha introducido en el mundo mágico e innoto de los personajes-iconos de la esperanza en la Biblia. Salí con el aguijón clavado en el pozo oscuro del alma, que me susurraba que la vida es gozo, que no hay nunca una oscuridad que carezca de la luz capaz de disiparla. Como una planta mustia, famélica de luz, salí a la calle que hoy quería ver, contemplar, gozar y reconstruir en mis adentros.

         Una brisa tenue, ingrávida, leve, venía de las proximidades de la mar. En el telón verde del Coto de Doñana estaban escritas las palabras con misterio, deseosas de que nunca se apagase su voz cantarina. Yo llevaba en mi mente la historia de un personaje, a quien no ha mucho[1] Sanlúcar de Barrameda le rotuló una calle: El alférez Pedro Rivera Sarmiento. Personaje barroco, real; pero con tan gratificante olor a leyenda, porque ¿qué sería si la realidad fuese tan sólo eso, la inmediatez, la chatez, la decrepitud del paso del tiempo? Buscaba una calle de piedras. Luego, tal vez, pudiera venir algo más. Nadie, no obstante, había jamás oído hablar de la calle. ¿Qué habría acontecido de preguntar por el protagonista?

 Yo buscaba un conglomerado de piedras, piedras modestas, pero con laocónticos brazos extendidos hacia el misterio y plenitud que tienen las cosas más nimias de la tierra. Tenía la calle en la punta de los dedos, más no la encontraba. Era como esa palabra divertida y lúdica que se asoma por tus cuerdas vocales y estas juguetean a que no salga al aire fresco o es, quizás, el cerebro el que entra también en el juego y hace que las palabras no caminen sobriamente unas tras otras, sino al azar, iniciando un lúdico ritmo para recordar al ser humano que ellas están vivas y bailan al son que les apetece. En la distancia, la Avenida de las Piletas avizoraba mis movimientos, mientras roneaba con el Guadalquivir –soledad placentera, escondida cual romántico bandolero–, quien a su vez me acechaba, serpenteando, fertilizando y adentrándome en el misterio.

         Al fin, pude dar con la calle. Está asentada, como todo su entorno en zona del mayor barroquismo sanluqueño. Un barroquismo donde andaban otrora avecindadas la pobreza y la riqueza, los grandes “Hoteles” y las casas de lata, de hambre y miseria del “Pago de La Milagrosa” que, a pesar de la buena voluntad de las Hijas de la Caridad, sus vecinos la bautizaron como el “Pago de los Vikingos”. Allí salían a pasear juntos el césped de los jardines floreados de la burguesía sevillana y madrileña y los tollos de los agricultores sanluqueños. La modernidad arrancó a la tradicional agricultura unos excelentes terrenos en los que labrar viviendas de todos los niveles sociales. Es una calle luminosa, enamorada de la complicidad con el olor a algas, la lluvia de jazmines y el silencio. Un silencio, tal vez, en gran parte impuesto por el tumulto finesemanero, quien habrá obligado al vecindario a convertirla no sólo en calle peatonal, sino privada, pues una cancela de hierro cierra el acceso a la avenida de las Piletas. Quedo mirando. Huelo el jazmín de maná sin posibles traducciones. En el vértice superior de la esquina un rótulo: alférez Pedro Rivera Sarmiento.

         Se me muere el presente, resucita el pasado con un puñado de sonrisas frescas. Gozo ahora del resplandor indescriptible de los amarillentos legajos de polvo y vida. Hago la paz con mi tiempo. No puedo vencer la tentación de la curiosidad que cada mañana amanece en los nidos de mi sed por lo infinito. Salgo al encuentro del torso de luz del personaje y del tesoro de su historia.

         Pocos datos se conservan de nuestro personaje y, de ellos, muchos contradictorios, y otros, inmersos en el reluciente brillo de la leyenda o en el rayo súbito de la poesía. Hagamos los honores al testimonio rotulario. Pedro Rivera Sarmiento fue, con total certeza, alférez, si bien la palabra tuvo y tiene una amplia extensión semántica. Vaya por delante que la palabra encuentra su etimología, como la inmensa cantidad de palabras de la lengua castellana que comienzan con “al” –el artículo árabe–, en el árabe. Proviene del sustantivo fâris > jinete o caballero –quien monta el caballo– que, a su vez proviene de fàras > caballo. Al alférez se encargaba, en las acciones guerreras, de portar el estandarte real, por lo que se elegía a quien más diestro resultase a la hora de mantenerlo siempre erecto. Durante los siglos X-XIII, e incluso por más tiempo, diptongaba la primera de las “e”, por lo que palabra daba “alfierez”, con cuya estructura formal pasó a la lengua italiana, permaneciendo la palabra “alfiere” > el porta estandarte.

         Con casi total seguridad,  Pedro fue malagueño de nacimiento e inquieto de naturaleza. Tal espíritu inquieto y aventurero bien venía a casar con el espíritu de la época. Pronto “se lanzó a la calle”. Cogió su petate. Se alistó en la Armada, y, hala, a hacer las Américas. Y vaya que si las hizo. Se hizo navegante y, de ahí, pasó a lo que le proporcionaría lustro y hacienda, al comercio; a traer de allí para vender aquí. Todo ello bien adobadito de la picaresca y el arrojo de todo comerciante de pro que en el mundo ha sido. Se avecindó en Cartagena de Indias (Colombia), donde hizo bodas, previsiblemente con mujer de posibles, pues, de no haberlo hecho, no habría hecho honor a sus dotes innatas de pícaro mediterráneo.

         Hubo de realizar viaje desde Cartagena de Indias hasta Sanlúcar de Barrameda. Viaje de finalidades comerciales. Su “donna” amada le encargó que, a su vuelta le llevase, como deseado regalo, una imagen de la Virgen María. Vete a saber por qué causas, pues de ello nada encontré en cuantos documentos ocasión tuve de releer. El navío en el que se trasladaba vino a dar con el puerto de La Coruña. De allá, Pedro se traslada a Madrid, y de allá Toledo, en donde vio enfervorizado la imagen de la Virgen de la Caridad de Illescas (Toledo). De Toledo pasó a la ciudad de Sevilla, verdadero emporio comercial de la época, como, tal vez, la ciudad más rica del momento. Nuestro alférez compró allá cuanto le permitió el caudal que portaba, que no debía de ser poco.

         De Sevilla, y con la intención de embarcar de vuelta hacia Cartagena de Indias, llegó a Sanlúcar de Barrameda. La llegada a la ciudad debió de producirse a fines de 1607 o en los primeros días de 1608; no más allá de estas fechas. Llegado que fue a la ciudad, más cargado de compras que persona previsora tras visitar algún gran almacén, de los que hoy tan pujantemente abundan, cayó en mientes que no había aprovechado su estancia en Sevilla para comprar la imagen mariana con la que agradar a su expectante señora esposa. Así que Pedro tomó el camino de vuelta a Sevilla. Tras intensa búsqueda, fue a parar al taller de Baltasar de Bracamonte. Este pintor le habló de una señora sevillana, de la que tan sólo nos quedó el nombre, la señora Mencía, quien había encargado una imagen de candelero de una Virgen, para ser denominada con la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Esculpida la Virgen, previsiblemente por el escultor Gaspar del Águila y policromada por el tal Bracamonte[2], la buena señora dijo que no le gustaba, por lo que fue a parar al baúl de su casa, dejando a Bracamonte el encargo de que le encontrase un comprador. Bracamonte se encontró con que tenía a la señora que quería vender y al comerciante que quería comprar. Sólo bastaba ponerlos de acuerdo. Se entró en el tira y afloja de toda transacción comercial, y tras ello la imagen fue adquirida en 100 reales por Pedro de Rivera Sarmiento. Tras ello, vuelta a Sanlúcar de Barrameda.

         En la cosmopolita ciudad sanluqueña de principios del siglo XVII, giraba la más importante rueda de la fortuna de la ciudad en los alrededores de la Plaza de la Ribera, la Aduana, la Calle Ancha de los Mesones, La Calle Ancha de San Juan, la Calle Ancha de Santo Domingo, los comercios de los bretones, la iglesia-escuela-hospital de la Santísima Trinidad, las casas de las “mujeres de amores” de la calle de la Ramería, la iglesia-hospital-colegio de san Jorge, el monasterio de dominicos y el de dominicas. Y allí fue a poner sus reales el bueno del alférez cambiado en comerciante. Se hospedó en la parte alta de un bodegón existente en la confluencia de la Plaza de la Ribera con la calle de la Aduana, donde vivía la señora Juana Luisa, con su marido y sus hijos.

         Vino a acontecer un suceso que cambiaría la vida del alférez y que tendría honda repercusión en la Iglesia local y en la ciudad toda. Como dejó documentado Cervantes en su inigualable obra El ingenioso hidalgo don Quijote de la mancha, la playa de Sanlúcar estaba llena de maleantes de todos los calibres, pues el olor de la fiebre áurea americana, el afán de buscar vida, y el ponerse al amparo de la diosa fortuna, para ver lo que conseguían, atraerían a los hijos de la picaresca de todos los lugares. Playa próxima, pícaros, tabernas de buen vinillo hacían un cóctel que rara vez fallaba en su producción consiguiente, la pendencia.

 

            Un griterío ensordecedor despertó una noche al alférez. Eran gritos de provenían de la Plaza de la Ribera. Como don Quijote, se armó de su espada, y salió caballerescamente a la calle a “enderezar entuertos”. En ella dos soldadetes de la armada estaban enfrascados en violenta lucha. El bueno de Pedro, sintiendo la “punzá” de sus pasados efluvios bélicos, quiso mediar en la misma, sin considerar que tal es la condición humana que, en ocasiones, cuando un violento se enfrenta contra otro violento, ambas violencias van a chocar implacablemente contra quien, animoso de paz, quiere mediar en ella. Recibió de ellos una estocada que le traspasó un ojo. Esta es la descripción que del hecho quedó plasmada en un exvoto:

 

“El sargento Pedro Rivera Sarmiento, natural de Málaga, residente en Sanlúcar de Barrameda, estando riñendo dos soldados se metió en medio a ponerlos en paz y recibió una estocada por detrás en la cabeza y se la atravesó y salió la espada por la sien. Estando desahuciado se encomendó a Nuestra Señora de la Caridad y sanó. Año de 1608”.

           (Este es el texto del exvoto que Pedro Barbadillo[3] sitúa en la “ermita de la Virgen de la Caridad de Illescas”).

 

         Este suceso quedó, a más, iconográficamente representado en el lienzo denominado “El Cristo de los Barqueros”, en la actualidad en la capilla de Nuestra Señora del Rocío de la ciudad. En el extremo derecho del mismo se puede contemplar al alférez Pedro de Rivera Sarmiento, con el rostro atravesado por la espada que el soldado litigioso le clavó, si bien en el lienzo aparece la espada en distinta posición a la expuesta en el exvoto toledano. En el centro, y a los pies del Cristo de los Barqueros, aparece la imagen de la Virgen de la Caridad, y a la izquierda la del duque Alonso IV (1550-1615).

         Tras el percance, el alférez es trasladado a su domicilio. Vienen los médicos. Aseguran que la herida es mortal. No hay nada que hacer. Sólo esperar a que salga la noche del borde de su pozo. El alférez es consciente de su situación. Se encomienda a la Virgen de la Caridad. Al ser encontrado a la mañana siguiente en perfecto estado de salud, cunde la alarma y la sospecha. Se presenta el vicario de la ciudad, junto con el notario eclesiástico y otros ministros, para informarse y poner el caso en manos de la inquisición. El alférez saca la imagen comprada en Sevilla. Llama a un albañil y a un carpintero para que labren un retablillo urbano en la esquina de las calles de la Bolsa y Plaza de la Ribera, en la que coloca a la imagen de la Virgen de la Caridad en la parte superior del bodegón que se encontraba en el bajo.

 Contrata además a Juana Luisa para que se encargue de que en ningún momento le falte el aceite a la lamparilla que había colocado para alumbrar constantemente a la imagen, pero hete aquí que un 6 de junio de 1608, y dentro de los solemnes festejos que, con ocasión de la solemnidad del Corpus Christi, se celebraban en la ciudad, costeados por el cabildo sanluqueño, se corrían toros en la Plaza de Arriba, a los pies de la torre de la iglesia mayor parroquial. Allá que se fue la buena de Juana Luisa con su señor esposo, alargándosele el tiempo y no cayendo en la cuenta de que el tiempo de verter el aceite se era ido. Cuando llegaron, se dieron cuenta de que se había producido el milagro. La luz de la lámpara resplandecía que era un primor, y de ella manaba abundantemente aceite hasta caer sobre la Calle de la Bolsa. El vecindario se apiñó ante la milagrosa imagen, sorprendido de tales acontecimientos. Pronto, a la aplicación del aceite sobre los enfermos, estos comenzaron a decir que habían sanado. Uno de los que sanó fue el propio duque don Alonso IV.

         Los hechos los puso el vicario en conocimiento de las autoridades eclesiásticas. Así las cosas, el duque solicitó del cardenal de Sevilla, Niño de Guevara, licencia para trasladar a la milagrosa imagen a la iglesia y hospital de San Pedro, situada en la antigua calle de la Cárcel Vieja (hoy Monte de Piedad). El cabildo sanluqueño adoptó los pertinentes acuerdos:  [...] por que Dios ha enviado una imagen de Nuestra Señora, que ha hecho y hace grandes milagros [...] que está puesta y depositada en el Hospital de San Pedro [...] y en reconocimiento es justo que por la ciudad se haga una novena de misas, entregar una dádiva crecida, y doscientos ducados para una lámpara de plata u otra joya [...]”[4]. Delegó el cabildo, para ejecutar estos acuerdos, en los regidores Fernando de la Oliva (gentilhombre de la Casa del duque, regidor desde 1603, corregidor interino en dos ocasiones[5], administrador de la aduana ducal y primer alguacil mayor de la inquisición en la ciudad de Sanlúcar[6]),  y al doctor Rodrigo de Almonte de León (alcalde de rentas, regidor[7], teniente de corregidor y corregidor de las villas de Jimena en 1612, de Chiclana en 1613, y posteriormente de Medina Sidonia).

         El alférez hizo donación perpetua de la imagen a la iglesia de San Pedro, cuyo protocolo se ejecutó, el 14 de junio de 1608, ante el escribano de la ciudad don Pedro Pacheco, que lo era desde 1605[8]. Al constatarse que las acciones milagrosas seguían produciéndose en la iglesia de San Pedro, el duque y el vicario León Garabito (Fue Garavito igualmente quien, en las tribunas del palacio ducal de la ciudad, administró las bendiciones nupciales a doña Luisa de Guzmán, duquesa de Berganza y futura reina de Portugal[9]. Asistió a la toma de posesión que, a la muerte del duque Alonso IV (1615), realiza, en nombre del duque don Manuel, Luis de la Silva Enríquez, en la que tomó posesión “desta dicha Ciudad de Sanlúcar de Barrameda y del señorío, xurisdicción y vasallaje della, y de sus fortalezas, castillos y la aduana, reximiento y juraduría y escribanía”[10]), solicitaron del cardenal Niño de Guevara que tales milagros fuesen calificados.

 El alférez Pedro de Rivera Sarmiento solicitaría un certificado de los milagros para, apoyado en ellos, poder difundir en América la devoción a la Santísima Virgen de la Caridad. Fernando Niño de Guevara envió una comisión de peritos a Sanlúcar de Barrameda, presidida por el canónigo penitenciario Juan de Balza, quien entrevistó a una extensa nómina de testigos, y pasó sus conclusiones al arzobispo hispalense. Tras el pertinente estudio de las conclusiones y las consultas efectuadas a peritos, el cardenal arzobispo, ante el notario apostólico Juan de Robles, firmó el documento en el que reconocía el carácter milagroso de catorce curaciones efectuadas en Sanlúcar de Barrameda y atribuidas a la milagrosa imagen. El documento de reconocimiento fue firmado el 21 de Noviembre de 1608; en dicho documento figuraban, además de la firma del cardenal arzobispo, las de su obispo auxiliar, Juan de la Sal; su provisor, Jerónimo de Leiva; su vicario general, Antonio Covarrubias; y la de otros ilustres eclesiásticos[11].

 Los catorce milagros reconocidos fueron: el encenderse por sí sola la lámpara y el rebose del  aceite con carácter sanador; la curación del duque don Alonso IV; la de Juana Sánchez, tullida como consecuencia de una caída en la calle de San Roque; la de Ana Vázquez, desahuciada y en estado terminal por una inflamación pulmonar; la de María Muñoz, tullida que llevaba tres años sin andar; la del niño Domingo Alcocer, al que le desaparecieron dos nubes de cada uno de los ojos; la del hijo del sastre Francisco de Carvajal, en estado terminal tras una caída por una escalera, habiéndose golpeado la cabeza con ladrillos; la de la monja Catalina Marmolejo, con una mano inútil tras la caída de un burro; la del maestresala del duque Francisco de Olivares, con un padecimiento de gota en un dedo del pie desde hacía dos años que le impedía poder apoyarlo en el suelo; la de Ana González, que tras una caída le había quedado inmovilizado un brazo desde hacía año y medio; la de la niña de once meses María de Roche, que como consecuencia de unas calenturas que le habían ulcerado la boca no había comido nada en tres días, la tuvieron toda una noche por muerta; la del ciego Luis Martín Matamoros; la del también ciego Juan Ruiz Quintanilla; y la de la también ciega Juana Hernández. En todos ellos se produjo la curación de manera súbita y tras habérsele aplicado el aceite que manaba de la lámpara de la Virgen de la Caridad[12].

Volvamos, paciente lector, a nuestro personaje. Queden ahí los hechos. Claro está que el alférez había donado la imagen a la iglesia de San Pedro, pero había bien claramente establecido que en ningún momento se podía trasladar la imagen a ningún otro lugar. Aclarados los asuntos, el alférez decide volver a su tierra americana, pero, eso sí, tan sólo para recoger sus cosas y dejar sus negocios cerrados y bien cerrados. El alférez, vivido lo vivido, bien difícilmente apetecía separarse de tan milagrosa imagen, que en él había dejado su signo de trascendencia y, gracias a él, en otras muchas personas de la ciudad sanluqueña y de su contorno. Dicho y hecho. Volvió a las Indias. Liquidó sus intereses. Propagó, como era de esperar, la devoción a la Virgen de la Caridad; y volvió a la ciudad sanluqueña. Ni que decir tiene que tantas acciones milagrosas atrajeron a muchos devotos, quienes constituyeron la Hermandad de Nuestra Señora de la Caridad. Los esposos Rivera Sarmiento, con la ayuda económica de la Casa ducal,  se dedicaron por completo al servicio de la imagen de la Caridad, aun a pesar de que el duque don Manuel dejó de hacer gala de la generosidad de su padre para con los Rivera, retirándoles la subvención que de la Casa ducal disfrutaban. Ellos, no obstante, siguieron al servicio del culto de la imagen, manteniéndose la tradición de que fueron enterrados, a su fallecimiento, en el santuario, debajo del coro de la iglesia.

Sin la menor duda el alférez Pedro de Rivera Sarmiento es un relevante personaje de la historia de Sanlúcar de Barrameda, a pesar de sus variopintos y enigmáticos rasgos caracterológicos. Un personaje  que previsiblemente debió conocerle ampliamente fue fray Pedro Beltrán, fraile de origen sevillano y perteneciente a la comunidad del monasterio dominico de Sanlúcar de Barrameda, contemporáneo suyo, que compuso la obra poética La Charidad Guzmana en 1612[13]. Beltrán nos dejó de él algunos rasgos, recogidos por el profesor Fernando Cruz Isidoro: “[...] “bien nacido y mal criado”,  de temperamento bizarro y atrevido que le hizo enrolarse en su juventud como soldado de las armadas. Amigo de todos, respetado, soberbio, bravo, sin caer en la fanfarronería y “temido como ataúd”, a pesar de su inquietud manifiesta que le hizo abandonar bien pronto su tierra natal fascinado por la aventura, nuevos lugares y gentes [...]”[14].

Recordado lo recordado, no queda nada mal el contexto. Con la única frontera de la alta mar del infinito firmamento, con las gaviotas brujuleando por el azul pluricorde,  y con el nombre del Todo vacío y de la nada tan lleno como borracho, siento tu vocación de trascendencia soñada o vivida, libre o manipulada, iceberg o arco iris, pero – a qué negarlo– alférez, alférez Pedro de Rivera Sarmiento, tu rótulo ahí, precisamente ahí, en ese lugar, de familiar recóndito, me hace llegar los cantos con las latentes fluctuaciones de lo hasta hoy inalcanzado.

 

Publicado en “Sanlúcar de Barrameda”, 2007.

 



[1]  No aparece evidentemente en el callejero general del 31 de diciembre de 1975. Se tendría que esperar aún bastante para que su nombre reluciera a un tiro de piedra del Paseo Marítimo.

[2]  Cfr. Ana María Gómez: Guía histórico artística de Sanlúcar de Barrameda, 2º edición, pág. 70.

[3]  Historia de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, págs. 40-41.

[4]  Acta de la sesión capitular de 14  de junio de 1608.

[5]  Acta de la sesión capitular de 29 de diciembre de 1627 y de 16 de julio de 1618.

[6]  Velázquez Gaztelu: Catálogo... pág. 349.

[7]  Acta de la sesión capitular de 6 de abril de 1603.

[8]  Acta de la sesión capitular de 19 de octubre de 1605.

[9]  Cfr. Velázquez Gaztelu: Catálogo... pág. 276.

[10]  Cita recogida por Pedro Barbadillo: Historia de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, pág. 753.

[11]  Cfr. Velázquez Gaztelu: Fundaciones.... pág. 299.

[12]  Cfr. Fernando Cruz Isidoro: El santuario de Ntra. Sra. de La Caridad de Sanlúcar de Barrameda. Estudio Histórico-Artístico, págs. 36 ss.

[13]  Edición de Santa Teresa Sanlúcar. 1948.

[14] El santuario de Ntra. Sra. de La Caridad, de Sanlúcar de Barrameda. Estudio histórico-artístico, pág.  22.


22/04/2014

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