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  ¿QUIÉN TE HA PARÍO?

 

Las teorías del eterno retorno y de la metempsícosis a mí como que me parecen que tienen muy mucho de razón. Los momentos históricos se repiten como un buen ajo campero, o una morcilla de Benaoján. Mire si no. Habrá usted oído hablar de aquellas primeras tribus que dicen que existieron, y que probaban nuestra descendencia directa del mono, si bien en algunos esa descendencia sigue siendo más evidente que en otros. En aquella sociedad, por no haber, no había ni ley, ni ropitas del Corte Inglés, ni tarjetitas de crédito, ni teléfonos móviles, ni todas esas zarandajas existentes en esta sociedad de nuestras penas y caprichos. Lo único que acudía presto para, de alguna manera, agrupar a unos y separarlos de los otros, era el parentesco. Los que habían salido de un mismo sitio se consideraban religados y distintos de aquellos que habían salido de otro, si bien con bastante semejanza el lugar de salida de todos; y es que había cosas que imprimían carácter.

         Hoy se está repitiendo el fenómeno en algunos guetos de jóvenes, con una reiteración cada vez más concordada. No los unifica, ni les da la misma carta de ciudadanía, el lugar de donde salieron, ni los colegios (si estuvieron en alguno), ni el lugar donde viven, ni los pensamientos que tienen (que ni tan siquiera saben pronunciar tal palabra), ni los sentimientos, ni los padres, ni na de na… sólo la pertenencia a una tribu urbana en la que ni tan siquiera conocen los nombres de pila los unos de los otros; aun concediendo, sólo el mote.

         Estas tribus urbanas se han enseñoreado de las ciudades y pueblos, especialmente cuando la noche comienza a cubrirlo todo con su manto actuoso. Es entonces cuando los tribuales emergen de la indolencia voraz en la que duermen durante casi todo el día –y pobre madre si tiene la ocurrencia de pretender que salgan de la cama– y comienzan a cabalgar por calles y plazas, con motos, patinetes, bicicletas, o con lo que cada cual pueda.

         A la tribu urbana se la reconoce por su indumentaria. Ríase usted de los mejores diseñadores, porque esta tribu, cogiendo del futbolista de moda, del cantante de tronío, del macarra de turno, o del ahembrado reciente, ha configurado sus normas de estilo. Ellas, con pantaloncitos cortos o falditas que han venido a sustituir a los antiguos cinturones, van luciendo, por avenidas y trochas, sus carnes floridas de doce, trece, catorce años, o algunos más. La blusita, más ajustada que las fajas de la Greta Garbo. En la cara, cuanta pintura han encontrado en los cajones de su casa. Ellos, olvidados de correas y, por supuesto, de tirantes, que ambos complementos son de otra época, visten pantalones a los que les faltan dos telediarios para que se les suelten y caigan al suelo, suelo que sólo recibe como elementos de limpieza el roce de los pantalones con el mismo. Suelen usar, según los tiempos,  camisetas de tirantas, dejando ver sus vellos afeitados, porque tener pelo en el cuerpo también es señal de pureta; o chamarretas con los adornos más horteras que se exhiban en los puestos ambulantes. Al verlos, quien no esté versado en el libro de estilo de las tribus urbanas pudiera pensar que, apremiados por una necesidad biológica inesperada, han dejado de ella restos en el fondo del pantalón. Son tan firmes en sus costumbres que muchos no son dados ni al agua con jabón verde en sus cuerpos engordados artificialmente ni en sus modernos atuendos. Los pantalones, de ponerse de pie, aguantarían en tal estado por la cantidad de polvos y otros elementos callejeros que se le han ido adhiriendo parasitariamente. Si observamos sus cabelleras, podremos encontrarnos la más variada galería de colorines y horteradas geométricas. ¡Y es que tienen tanta personalidad!

         Poseen las tribus urbanas también, para intercomunicarse, un código lingüístico único e intransferible. No usan oraciones compuestas ni simples. Lo suyo son los sonidos que han extraído de las palabras, como el zumo se saca de las frutas. Su diccionario es más famélico que un perrillo callejero. No hace falta más, porque sus sonidos van acompañados de la profunda riqueza de los gestos, de la mímica, de los golpes de mano, de los empellones. Han llegado a la perfección de la economía lingüística. Si te quieres comunicar con ellos, te es suficiente utilizar con gallardía expresiones como estas: “Illo, ké”, “Icha”, “chocho”, “qué acho puta”, “maricona”, “ojú”, “un güevo”, “ele”, “guay”, “tus muertos”, "er coño tu prima". Todo esto, sonidos y gestos adquieren en la noche un volumen capaz de poner en funcionamiento los oídos de la persona más sorda.

         Muchos componentes de estas tribus tienen la costumbre de no beber durante la semana nada más que Coca Cola, pero esta adipsia de alcohol desaparece por completo cuando llega el fin de semana. Se encuentran en el lugar convenido. Cada cual aporta lo correspondiente. El más atrevido, o que parezca haber llegado a la mayoría de edad, se acerca a comprar “el lote”. Comienza la función. Ya se bebe por beber. Los hay que incluso mezclan en un mismo vaso ron y whisky, cuando no lo hacen acompañar de alguna pastillita del mercadete clandestino, que de todo existe. Lo importante es "saberse y reafirmarse". ¡Qué pena que no aplicasen este principio a la hora de trabajar o estudiar!

         Las tribus urbanas pueden carecer de lo que sea, pero de ninguna manera de los modernos medios de comunicación. Es aquí donde el cerebro de los tribuales ha desarrollado la plenitud de sus facultades. De sus bocas, tan poco adiestradas para el habla de Cervantes, van fluyendo, como hadas orientales, las palabras mágicas: que si Internet, que si móvil, que si Line, que si porta, que si WatsApp, que si Facebook, que si Twitter, que si Twenti, que si conexión de 3G, que si Tablet, que si Wifi, que si Ipad… ¡Y ay del atrevido padre que no provea a sus pobres hijos de toda esta armadura cultural! ¡Va listo! Se expone a que el niño se lo busque por su cuenta. Y eso nunca se sabe ni cómo ni dónde puede acabar.

         No obstante, las tribus urbanas no son un cuadro costumbrista para observar y padecer con las correspondientes cuotas en cada uno de los sentidos de los que nos proveyó natura. Son un cuadro adecuado para tocar la conciencia de políticos, autoridades, padres, docentes, ciudadanos en general. Las tribus urbanas no han brotado por generación espontánea. Son los hijos de la generación de la frustración, de los padres pasotas, de las conciencias aburguesadas, de los planes de estudios experimentales y politizados, del desamor, del “mismismo”, y de las familias desestructuradas. Aquí no vale, dirigentes de la sociedad, mirar al oponente y largarle la repugnante piedra filosofal: “¡Y tú más! ¿No te has enterao que no? A cabo de poca pieza, os morderán los monstruos que habéis potenciado, mancha de inútiles.  


31/08/2013

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