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  ASÍ NOS LUCE EL PELO

 

 

Uno, que ya peina canas, y no son recientes, se acuerda de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda de hace décadas. ¿Qué quiere que le diga? El urbanismo dejaba mucho que desear, porque las calles estaban abandonadas, sucias y denegridas; y porque en las casas había más desconchones que niños de los Institutos en el Mercadona. Pero, a pesar de aquello, Sanlúcar tenía su aquel, su idiosincrasia, sus rincones entrañables, únicos. Sencillamente, Sanlúcar era Sanlúcar.

         Llegó la operación-ladrillo. Se comenzó a pasar de lo único a lo funcional e idéntico. Una calle o una casa o un paseo o un balcón o un bloque de pisos era igual que cualquier otro de cualquier otra ciudad. Viendo uno, se habían visto todos. La unificación y la poca vergüenza de muchos fue matando lo distinto, lo inédito, que tanto atrae al de fuera como, al parecer, deja lelo al de dentro. ¿No es posible conjugar modernidad con diversidad enriquecedora? Desde luego la creatividad es una asignatura pendiente en muchos programadores, en muchos PGOU, en muchas firmas que conceden licencia.

         Y hablando de poca vergüenza, nos vamos de lo que se ve a lo que no. Porque ni lo uno ni lo otro han sido tratados con respeto en la historia reciente de nuestra ciudad. A nuestros “personajes” se les llena la boca de alabanzas a nuestra tierra, cual han sido ligeros para autorizar la desaparición de mucho de nuestro patrimonio histórico-artístico, el de fuera y el de debajo.

         Mire, ¿cuántos museos arqueológicos tenemos en la ciudad? ¿Es que la historia de la misma se remonta al siglo XIX? Muy significativo resulta, al menos, que los hallazgos arqueológicos encontrados en esta tierra vieja y sabia no han sido, en la casi totalidad de los casos, consecuencia de unas programadas y sistemáticas investigaciones arqueológicas, sino frutos del azar. Tanto hay debajo que, tan sólo con abrir un poco la tierra, el pasado sale a la luz.

         ¡Qué curioso! La mayoría de los hallazgos de nuestro pasado lejano se ha producido en zonas agrícolas y rurales del término municipal, y no dentro del casco histórico urbano, como las monedas del Templo del Lucero, los hallazgos del Tesoro de Évora, los del Tesorillo, los del Cortijo de la Cañada, los del Cortijo de la Fuente, los de Cabeza Alcaide, los restos de la fábrica de salazón de La Algaida, los del cerro del Trigo o los de Bonanza. ¿Por qué, amable lector? Sencillamente porque en esta ciudad privó siempre, pero con cuánta deleznable abundancia en las últimas décadas, la especulación desenfrenada, en cuyo altar se han ofrecido y se ofrecen los más idolátricos rituales al dios dinero y al dios poder para un innoble beneficio de quienes lo permiten y de quienes lo ejecutan. Es una ofensa de lesa humanidad beber la copa deleznable de la corrupción irrefrenable.

         ¡Ay, si las piedras hablaran, o mejor, gritaran! En cuanto se ha tenido conocimiento de algún posible hallazgo que previsiblemente fuese a llevar al descubrimiento de elementos históricos de nuestro rico pasado, que pudiera ralentizar el culto frenético a la especulación urbanística, ipso facto las hormigoneras se han encargado de ocultar hasta el más mínimo resquicio de tal peligro para la moderna sociedad del lucro desmesurado y del consumo despersonalizado.

 

         No albergo la menor duda de que, de manera especial, la zona urbana que constituye el casco histórico de la antigua villa guarda, tapaditos amorosamente por el hormigón, muchos enigmas arqueológicos que confirmarían los diversos asentamientos de culturas y pueblos remotos en la hoy ciudad sanluqueña. Pero, así es la rosa. Si poco ha interesado lo de arriba, ¿va a interesar lo de bajo cuando el denominador común de nuestro tiempo, entre otros elementos que no vienen al caso, es el frenético vivir narcotizado del instante y la inmediatez opiácea de la cotidianidad?


24/05/2013

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