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  PERSPECTIVAS DESDE UNA CORONACIÓN

 

 

         El pregonero de la Semana Santa sanluqueña de 1993 estaba llegando al final de su pregón. Una señora que se encontraba en el anfiteatro del Principal miró a Juana Domínguez. “El pregonero no se ha referido a la Esperanza” –le dijo–. “Espera” –contestó Juana–. Poco tuvieron que esperar. De la voz emocionada del pregonero comenzaron a brotar estas palabras:

 

                           ESPERANZA DE DIOS Y DEL BARRIO

 

En el Barrio de mi pueblo

las ilusiones soñaban,

porque por la mañanita

se corona a la ESPERANZA.

 

Del cielo traen los ángeles

suspiritos de Granada,

y los más dulces cantares

de siguiriyas gitanas;

y el aire gris del viento

trae olivos de plata,

y abanico de perfumes

con mil sones de guitarras;

y el Río Guadalquivir

trae los llantos del agua,

en barquitos de ilusiones

y en blancas camelias blancas;

y las gentes de la mar

traen cestitos de gracia,

con nenúfares marinos

que alegren su mirada;

y mi campo sanluqueño

quiere cantarle una nana

de soleares campestres

que suenen en noche clara.

 

En el Barrio de mi pueblo

las ilusiones soñaban,

porque por la mañanita

se corona a la ESPERANZA.

 

Se la corona de besos,

y de mil dulces miradas,

de fragancias de pureza

y de amor de las entrañas,

del cariño de sus hijos

que, como agüita clara,

le entregan el corazón

en bandejitas de lágrimas.

 

Se la corona por Reina,

por Señora y Madre guapa,

por ser la Madre de Cristo,

por princesa soberana,

por ser Reina de Sanlúcar,

su princesa enamorada,

y por ser para su Barrio

dulce luz de la alborada.

 

En el Barrio de mi pueblo

las ilusiones soñaban,

porque por la mañanita

se corona a la ESPERANZA.

¡ESPERANZA de mi vida,

y de mi amor ESPERANZA,

ESPERANZA de tus hijos,

ESPERANZA, ¡SÍ!, ESPERANZA!

 

         Pasaron catorce años. Catorce años de una Hermandad. Por entre los entresijos de la misma corrieron mil eventos de todo tipo. Luces y sombras. Aciertos y desaciertos. Reencuentros y desencuentros. Inmanencia y trascendencia. Trozos de vida de la existencia humana.  

         Se había preparado todo con ilusión. Llegó el momento. El Obispado dio el visto bueno. Se habían seguido todos los trámites que indicaba la normativa vigente. El esfuerzo de muchos hermanos y hermanas se anudó para que el acto de la coronación de la Señora fuese solemne e inolvidable.

         La imagen de la Esperanza, durante algún tiempo, se hizo más peregrina que nunca en su historia. Recorrió calles antes nunca visitadas. Entró en iglesias y conventos. Fue admirada por gente que no había tenido la oportunidad de contemplar su belleza de Niña dolorida. Se asentó en su Basílica de esa otra entrañable imagen de la Señora, la de la Virgen de la Caridad. ¡Qué dos advocaciones marianas más entrañables! Esperanza y Caridad; y junto a ellas Amargura y Lágrimas. Todo un dosel de lo que la existencia humana depara a todo ser viviente. Amargura y Lágrimas para este valle. Caridad como sistema de vida. Y siempre Esperanza en que del valle de lágrimas se accederá a los brazos del Dios Padre. Trascendencia e inmanencia unidas. Trascendencia para iluminar las oscuridades de una inmanencia mordida por el sentido incompleto y dolorido de la existencia humana. 

         Y llegó el día. La vieja Calzada se engalanó como nunca en su historia. Su pasado y su presente se fundieron en homenaje a la Señora. La tierra indomable de los vetustos médanos que llegaban hasta la mismísima Aduana se trasformó en alfombra serena para que por ella pasease la Señora del manto verde. El tintineo del desvencijado tranvía que transportó durante décadas a los veraneantes hasta la orilla misma de la mar, el rítmico paseo de los coches de caballos, las noches luminosas de las “Fiestas de Él y Ella”, las melodías románticas del Casino Sanluqueño, las carrozas engalanadas de la “Cabalgata de la Manzanilla”, los ecos incansables de la “Feria de la Manzanilla”, todo, todo ello se aprisionó en un ritmo monocorde y se transformó en colorido exuberante, en luminosidad esplendorosa, en música polifónica, en aplausos incontrolables, en cohetes lanzados al viento. La Calzada asistió emocionada, trascendida y trascendente, al momento, al momento esperado. Ya la Esperanza estaba coronada. Una nube de pájaros se arremolinó formando un dosel de trinos y vuelos, de plumas y viento. Suelo y cielo. Dolor y gozo. Llanto y risa. Lágrima y consuelo. Esperanza coronada. 

         Pasó el día de la coronación. Llegaron los días de las constantes coronaciones a la Esperanza por quienes realmente son sus devotos fieles. Un día aislado, sin un rosario de días de generosidad y vida cristiana, es sólo piel, sólo periferia, sólo superficialidad, sólo folclore, sólo humo inconsistente, sólo fiesta pagana. Muchos días dando razón de nuestra esperanza dan sentido a aquel día. Y en estos muchos días el fiel devoto de la Esperanza fundamenta en ella y en su mensaje los pasos de su caminar por la tierra.        

         La vida en María no es algo externo. No es sentimentalismo efímero, no es alharaca de día de fiesta. Tiene la potencialidad de santificar internamente. Es Cristo el único que nos salva. Entre su humanidad y la nuestra se establece una vinculación personal, misteriosa pero real. La misma que, en manera sublime, se estableció entre María y su Hijo. Su maternidad no consistió en una mera relación física y extrínseca, sino personal y fecunda. Fue una consecuencia de su fe. “He aquí a la Sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”, así lo expresaría María. Aquel hecho se convirtió en salvífico, no sólo para ella sino para toda la humanidad. Para ella supuso plenitud de gracia, redención preventiva del pecado y resurrección corporal. Para la humanidad, la posibilidad de gozar de los excelsos frutos de la Redención. Si María entró en la relación con Cristo por su maternidad, los fieles se adentran en dicha relación por los sacramentos. Aquí se encuentra y concilia el insondable misterio de la soberanía de un Dios que ofrece la salvación y la libertad humana, que la asume y la recrea en sí misma. Y ello porque para Dios nada hay imposible.

         Como María intervino y colaboró en la obra redentora de su hijo, de la misma manera todo redimido es también redentor con Cristo, porque él le da parte en su obra redentora. Es a lo que san Pablo se refiere cuando habla de la necesidad de completar en su propia carne lo que le falta a la pasión de Cristo (Col 1, 24). La Señora, a quien le fue otorgada una participación sin igual en la pasión de su Hijo, se constituye en el tipo a seguir, en el modelo de la Iglesia, en el ejemplo de lo que ha de ser el vivir de su fiel devoto. No le resultó nada fácil. Desde el principio hasta el final María siguió el camino de la fe ciega. No contradijo nunca. Su culminación, como la de su hijo, estuvo en la cruz.

         La función eclesial de la Señora se prolonga y llega a su plenitud en su intercesión desde su vida gloriosa. Desde allí, ella es intercesora y mediadora. Es la verdadera esperanza del creyente. Con ella no se establece una relación superficial, periférica, folclórica, estética o simplemente sentimental, sino ética y trascendente. En esta otra dimensión de la relación con María es en donde el ser y el obrar del creyente encuentran su auténtico norte, como en la relación con su Hijo encontró su norte el ser y el obrar de María.

         Lírica, sí. La belleza emerge de Dios. Si belleza encierra las palabras es porque estas son portadoras de la única belleza, la de la Palabra eterna, la del amor encarnado en su Hijo, Jesús de Nazaret. Costumbrismo, también. Dios está en todo lo noble y esencialmente humano. Pero, el timón del barco de nuestra existencia ha de estar bien dirigido, pues, con harta facilidad, desde la ladera humana tan propensa a la miopía del pensamiento y del comportamiento, podemos confundir el árbol con el bosque. Lo verdaderamente esencial en la vida, como lo fue en la Señora de la Esperanza, es que en todo, -¡y cuánto más en la vida interna y externa de una Hermandad!-, no entenebrecemos en modo alguno el amor de Dios, sino que seamos, desde nuestra pobreza humana, en ella y precisamente por ella, instrumentos colaboradores en su difusión y testimonio, porque el amor de Dios es tan grande, tan humanizador, tan trascendente, que puede hacer a las criaturas que se abren a él instrumentos fervientes de ese amor. Y este amor está tan impregnado de bondad, que puede transformar a quienes se entregan a ese amor en personas libres, justas, humildes, sinceras, honradas, tolerantes, comprensivas… Tal vez, así le iría mejor al mundo. 


11/05/2013

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