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  SE LES VEÍA VENIR

 

Principio fundamental de la comunicación humana, para que esta pueda producirse, es que ha de haber una concordancia en FONDO y FORMA, entre lo que se comunica y la manera como se efectúa la comunicación. Pero si se ha de escoger, aunque tan sólo fuese como “método de análisis” entre el uno y la otra, la preeminencia evidentemente es la del fondo, nunca la de la forma. No se puede expresar formalmente lo que previamente no existe como contenido. La expresión formal no es sino la exteriorización de un contenido. El contenido es, la forma está. El contenido es esencia, la forma, existencia. Si se quiere comunicar el mensaje de amor de Cristo, es inviable hacerlo rechazando a quien fuese por las razones que se pudiesen encontrar.

         ¿A qué viene todo esto? Pues, mire, al “Houston, we have a problem” del brillante liturgista Adolfo Ivorra, doctorado por la Universidad de San Dámaso. “Veritatis Verbum comunicantes”, ¿le suena? Señor Ivorra, cuando se pone un ejemplo resulta evidente que se hace para identificarlo con aquello que se quiere expresar. Comparar el caos que, según las palabras del astronauta del Apolo 13, pudo haberse producido en aquel entonces con lo “que está pasando con la liturgia papal” es una pasada, al tiempo que una compra de todas las papeletas para ser incluido en la “Academia de Tontos Ilustres” de este país “más papista que el Papa”.

         Todo ello, porque el papa Francisco –considero que a usted hasta la elección de este nombre le molesta– haya lavado los pies a diez hombres y dos mujeres, una de ellas musulmana. ¡Pobre Papa, pecador papa!. Por cierto, ¿sabe usted las palabras del cardenal Jorge Bergoglio al colegio cardenalicio al ser elegido? “Soy un gran pecador”. Me da como que el Papa Francisco me recuerda a aquel personaje de la parábola que, en el fondo del templo rezaba diciendo: “Perdóname, Señor, que soy un pecador”, mientras que el otro, letrado, estrcito estudioso y observante de la la ley de Moisés y aceptado socialmente, se daba lustre en primera fila alabando sus excelentes virtudes. Esta parábola la contó Jesús porque “algunos se tenían por justos y despreciaban a los demás”.

         ¡Qué contraste, usted volviendo de “sus” misas de Jueves Santo, habiendo tenido que decir a una señora “que el lavatorio de los pies es un rito para varones, que así lo ponen las rúbricas del misal… y que usted mismo había escrito hacía seis años el sentido teológico y litúrgico de que sean varones! –de arte, de puro arte valleinclanesco–; mientras que el Papa de Roma le dejaba a usted en evidencia lavando los pies a dos mujeres……. y…. una…. musulmana. ¡Dios, Dios bendito, truena porque esto es el caos.

         Para más regodeo en sus demoledores argumentos, tal vez acordándose de aquellas palabras neotestamentarias: “La cosa empezó en Galilea” (Hechos 10), afirma que son muchos, entre ellos reputados liturgistas, los que expresan su estupor, “desde que salió por el balcón de la plaza de San Pedro… ante un cambio de 180 grados en las formas”. Relamido, repeinado, realzacuellado señor: sin acritud alguna, usted es un pícaro deslenguado y vanidoso, así de claro. Usted, con toda su sabiduría unilateral a cuestas, está ofendiendo al Vicario de Cristo, del que ni tan siquiera respeta su edad y la fecunda tarea apostólica que tiene ya sobre sus hombros. Que si el caos comenzó “desde que salió por el balcón de la plaza de San Pedro (uso del anónimo despreciativo), “que si cada Obispo tiene su estilo” (que se le nota el sarcasmo,  señor), “que si me da igual que el papa vista de barroco o de parroquia de los setenta” (ya le salió aquello a usted, tan pulido y torneado; ¿qué sabrá usted de los setenta?), “que si me da igual el color de sus zapatos” (¡qué bajo mira usted con lo lindo que es mirar hacia arriba!), “que si me da igual si usa tal cruz o tal o cual anillo” (¡qué arte y maestría en el uso de tirar dardos contra el representante de Cristo en la tierra!). Claro que, visto lo visto, el Espíritu Santo no ha asistido adecuadamente en esta ocasión a los sesudos cardenales de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, pensará usted y aquellos a los que tanta indignación le vienen expresando).

         Bueno, bueno, veamos lo que realmente a usted le preocupa: “Lo que me preocupa grandemente es que el primero en no obedecer  las rúbricas sea el “patriarca” de nuestro rito, el romano”. Y claro, ahora se encamina usted a lo que me temía, a intentar contraponer, estúpida e ineficaz intento para quienes conocen la grandeza humana y pastoral de ambas personalidades, al Papa Francisco con el emérito Papa Benedicto, sacando usted unas citas de su contexto y llevándolas a su particular interés probatorio, como hacen los malos periodistas o los dictadores ideológicos. Llega a sembrar diabólicamente, en su imberbe desfachatez, la sospecha de actitud relativista por parte del Santo Padre. Esto es sumamente peligroso porque inyectado el venero calumnioso, pueden quedar contaminadas de él cuantas medidas renovadores vaya adoptando el Papa Francisco y su Curia. Culmina usted pidiendo que “roguemos al Señor para que el mismo papa Francisco o alguno de sus colaboradores hagan ver a Su Santidad la importancia de sus sagrados ritos”.

 

         Mire, usted, señor Ivorra, aunque sólo sea por la edad, yo me voy a permitir dos consejos:

 

         Uno: escribiré humildemente y con insistencia al Papa Francisco para que le nombre su asesor personal en asuntos de liturgia y lo lleve a todas partes, con los capisayos propios del cargo, que de seguro que le caerán de arte, para que, en todo momento, ordene al Papa lo que ha de hacer en materia de liturgia.

 

Dos: vista su formación litúrgica de tan hondo calado, atrévase a abrir un libro que se denomina Evangelio y lea alguna que otra frase como estas:

 

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no le dejáis entrar!...

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de rapiña e intemperancia!

 

         Es hasta probable que, si lo abriese allá por el capítulo 16 de san Mateo, 13-20, podría leer estas otras:

 

“Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.

 

         Este es hoy, mi buen señor Ivorra, el Papa Francisco. Hace uso del poder dado por Cristo. Con él está garantizada la verdadera unidad y catolicidad de la Iglesia. Es usted, no él, el que siembra el caos y el desconcierto. Más Verdad y más respeto.


02/04/2013

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