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  AIRE LIMPIO Y FRESCO

 

 

La sociedad está necesitada de ello. Cómo se agradece que, aunque sea de vez en cuando, las palabras de un eclesiástico, y más si lo es de altura humana e institucional, genere en el sufrido hombre de fe del maltrecho siglo XXI un cierto cosquilleo de esperanza. ¡Es tan fácil subirse al carro protector de la prepotencia, del clericalismo con olor a pastillas de alcanfor, del uso deleznable de tópicos vacíos y hueros, del refugio en tradiciones de humo y de tantas y tantas despreciables actitudes! Todo ello, además de generar el rechazo de las personas de sensibilidad humana y sentido común, es una traición deleznable al mensaje y a la persona de Jesús de Nazaret. ¡Qué paradoja! Predicar al Nazareno con palabras que están en las antípodas de las de Jesús y de su postura diáfana y radical.

 

         ¡Qué gozo escuchar las palabras del jesuita cardenal de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, en la misa de clausura del encuentro de Pastoral Urbana de la región pastoral de Buenos Aires! A alguno se le habrá caído del susto el solideo, se le habrá tronchado el báculo, o se le habrá desteñido la sotana. Claro que la batería defensiva contra el valiente cardenal, con luces y sombras como todo ser humano, se pondrá a disparar contra él. Tiempo al tiempo. ¿De qué me sonará que los “hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz”?

 

         Esto del cardenal Bergoglio es de aire puro, de autenticidad evangélica, de observación de la realidad y de denuncia clara y evidente, porque lo que él denuncia se viene lastimosamente dando en algunos clérigos… y otras cosas más.

 

         Vayamos con sus palabras: “No a los sacerdotes hipócritas que no bautizan a los bebés de madres solteras porque no fueron concebidos en la santidad del matrimonio. Son ellos quienes apartan a la gente de Dios”. Así que, de “pons”, de puente, nada de nada, aunque se pongan en cruz y con los más suntuosos ornamentos. Algunos desgraciadamente levantan muros que generan distancia, apartamiento, insolidaridad, inhumanidad y odios. Y todo ello, en nombre del Mesías de Nazaret. ¡Los hay con cara de cemento armado, que no almado!

 

         Siguió Bergoglio: frente a los tales, primera clave, hay que fomentar la cultura del encuentro; segunda clave, porque esta cultura es agua para la sed que padece hoy la humanidad y “nos hace hermanos, nos hace hijos, y no socios de una ONG o prosélitos de una internacional”. Pone el dedo en la llaga Bergoglio en un grave problema de la Iglesia de todos los tiempos: la “clericalización”. Por estos lares, desapareció ya el tripartito de poder existente en los pueblos durante décadas: el cura, el alcalde y el boticario, pero se pretende, aunque cada vez más irrisoriamente, mantener de alguna manera una “parcelita” de poder en el cortijete que aún resta.

 

La manera cómo se ejerce esta clericalización la denuncia Bergoglio “llenando a la Iglesia de preceptos”. “Clericalizar la Iglesia es hipocresía farisaica” porque el camino enseñado por Jesús es otro: “Salir a dar testimonio, salir a interesarse por el hermano, salir a compartir, salir a preguntar. Encarnarse […] No a la mundanidad espiritual, a hacer lo que queda bien, de ser como los demás, de una burguesía del espíritu, de los horarios, de pasarla bien, del status […] No a la hipocresía. No al clericalismo hipócrita. Porque esto es demostrar que uno es más empresario que hombre o mujer de evangelio. Sí a la cercanía, a caminar con el pueblo de Dios, a tener ternura especialmente con los pecadores, con los que están más alejados, y saber que Dios vive en medio de ellos […] Que Dios nos conceda esta gracia de la cercanía, que nos salva de toda actitud empresarial, mundana, proselitista, clericalista, y nos aproxima al camino de Él: caminar con el pueblo fiel de Dios”.

 

         Pero el cardenal Bergoglio no sólo ha hecho autocrítica, sino también crítica social. Nos vamos a al Santuario de San Cayetano en una misa celebrada el 7 de agosto del presente año. Proféticas fueron también sus palabras: “Hay que indignarse contra la injusticia de que el pan y el trabajo no lleguen a todos […] la Patria florece cuando vemos en el trono a la noble igualdad. La injusticia, en cambio, lo oscurece todo. ¡Qué triste es cuando uno ve que podría alcanzar perfectamente para todos y resulta que no […]! Porque la justicia alegra el corazón, porque uno ve que hay para todos, que hay igualdad, equidad, cuando cada uno tiene lo suyo […] nuestro pueblo sabe que el todo es mayor que las partes y por eso pedimos pan y trabajo para todos, porque es despreciable el que atesora sólo para su hoy, el que tiene un corazón chiquito de egoísmo y sólo piensa en manotear esa tajada que no se llevará cuando se muera. Porque nadie se lleva nada. Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre. Mi abuela nos decía: la mortaja no tiene bolsillos […] fíjense qué curioso, el que tira para su lado y no para el bien común suele ser una persona que maldice: que maldice a los otros y que mal-dice las cosas: las dice mal, miente, inventa, dice la mitad. ¡Que lindo ser personas que bendice y que parten y reparten. Y no ser de los que maldicen y juntan y juntan, y después no se van a llevar nada”.

 

         No sólo nos llegó de Argentina aquella “saeta rubia”, Alfredo Di Stéfano, que hizo arte del fútbol; ni Leo Messi, que se mueve como si en las piernas tuviese dos agujas de bordar malabarismos futbolísticos, sino que nos acaba de llegar el aire fresco de las palabras de un cardenal argentino que me lleva al recuerdo y a la añoranza de aquel Papa que quiso abrir las puertas y ventanas de la Iglesia para que entrase el aire fresco de la humanidad y de la vida.


05/09/2012

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