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  DEL ROSA AL AMARILLO

La mejor reflexión de la historia es la que se hace contemplando la misma vida. El análisis de nuestra sociedad da pánico, si la ves sin interesadas “cataratas mentales ni ideológicas”. Los movimientos juveniles revolucionarios de los últimos años de la década de los sesenta del siglo pasado, por mimesis contagiosa, se fueron extendiendo por el mundo entero. Y aquello, con la distancia de la historia, fue un movimiento sanante. Destruyó mitos. Derribó dictaduras. Ganó derechos. Levantó las alfombras y publicó cuánta mierda había debajo de ellas. Pero… la mayoría de aquellos jóvenes partían de una utopía noble, de una limpieza de miras, de sacrificio y, en muchos casos, de una cultura, académica o autodidacta, que les hacía mirar más allá de la mierda de sociedad que imperaba. Estaban unidos y sabían qué querían.

 

          Los fenómenos revolucionarios producidos en los últimos días en algunas naciones buscan cambios políticos en pro de sociedades democráticas que acaben, por fin, con dictaduras aún existentes en el mundo. Y me pregunto, viendo afeitar las barbas del vecino: ¿Nuestros jóvenes están preparados? ¿Serían capaces de implicarse en una causa noble? ¿Piensan? ¿Tienen desarrollada la voluntad y la capacidad de elección libre y voluntariamente?

 

          Mi opinión es negativa. En la juventud hay de todo como dicen que hay en las boticas (por cierto, qué bella palabra, lugar otrora de conversaciones, tertulias y compromisos nobles), pero no me gusta cómo ladra esta perrita. En un grado muy elevado, la juventud, además de su herencia genética, tiene en su personalidad muchos componentes provenientes de la familia, la escuela, la pandilla, la sociedad y las instituciones. ¿Qué está pasando para que estos insustituibles componentes educacionales y generadores de personas o de “monstruitos” estén bien lejos de cumplir con sus nobles tareas? Porque, simple y redondamente, la mayoría de la juventud pasa olímpicamente de la familia, no cree en ella, ni en aquella a la que pertenecen, ni por supuesto en la que podrían crear, por lo que cada vez alejan más el hecho “formal” de constituir la suya propia y, si lo hacen, cada vez son más los casos en el que la “amorosa unión” dura menos que un entrenador en el Betis.

 

Porque, simple y redondamente, el manido tópico del “fracaso escolar” es tan real como que el día viene detrás de la noche. Salen de los centros educativos con radical incapacidad para poseer los más elementales conocimientos y, cuando consiguen un título universitario, o un titulito de esos engañabobos de “Ciclos Formativos”, es cuando viven en sus propias carnes salerosas que, por más títulos que tengan, no hay trabajo, porque la sociedad goza de una estructuración injusta, caótica y partidista, donde el enchufismo es el primero de los mandamientos sociales y… de donde no hay, además, pues como que no se puede sacar.

 

Porque, simple y redondamente, la sociedad, el mundo político, los medios de comunicación social y las instituciones de todo tipo no parecen que tengan como uno de sus objetivos prioritarios la formación, información, concienciación y compromiso social de la juventud. ¡Qué horror! dirá alguno… Es que eso tambalearía muchos cimientos y tal vez derribaría demasiados mitos y privilegios. Y no me vale el argumento de las aglomeraciones de jóvenes en algunos actos públicos especialmente solemnes, porque a nadie escapa que un tingladillo puntual, aunque con esfuerzo, lo puede montar cualquiera de las muchas cabezas privilegiadas  que a esto dedican su ingente saber. A pesar de todos los pesares, amable lector, no sé a usted, pero a mí es que, por más que quiero ser bueno y respeteibol, como que cada vez me gusta menos cómo ladra esta perrita.


26/02/2011

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