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  CORRUPCIÓN 2010

El pasado día 9 los señores Lizcano, Garrigues Walter, Sánchez Lambás y Villoria, miembros del Comité de Dirección de Transparencia Internacional España presentaban el Barómetro Global de la Corrupción 2010, elaborado por Transparencia Internacional. En esta séptima edición el barómetro incluye a 86 países. Según los ciudadanos encuestados, el aumento más considerable de la corrupción se registra en América del Norte y Europa. Se señala en el barómetro que los partidos políticos constituyen la institución más corrupta, o extremadamente corrupta, en todas las partes del mundo. Les siguen el funcionariado, el poder judicial, el congreso/policía y la policía. Queda constancia, además, de que con el paso del tiempo, ha mejorado la valoración del poder judicial, mientras que ha empeorado la de los partidos políticos. Y lo que es aún peor, se desconfía de las entidades encargadas de combatir la corrupción, si bien consideran que los medios de comunicación y el gobierno son cruciales para detener los casos de corrupción.

 

          Estos datos, que se han introducido en un in crescendo aterrador, se convierten en un verdadero peligro para el sistema democrático. No se indican como corruptas a unas orientaciones políticas determinadas, sino a la clase política. Un barómetro de la opinión pública no es ningún dogma, pero resulta, sin la menor duda, un elemento a tener muy en cuenta, máxime cuando está en consonancia con los escándalos de corrupción que brotan hoy aquí y mañana allá. El problema, no sólo de ahora, sino de una buena parte de la historia, radica, a mi entender, en la aptitud y en la actitud de quienes gobiernan a los pueblos desde las distintas esferas del poder. El pueblo, con su soberanía, ha de tomar conciencia de que se han de exigir ambas características a los políticos, en los que deposita la confianza, como los poderes constituidos han de velar por garantizar que quienes llegan al poder son aptos.

 

          No vale votar al peso. No vale votar a un lote. Se ha de cuestionar radicalmente la práctica de las listas electorales cerradas, porque en ellas figuran, en no pocas ocasiones, personas no aptas, de las que el único mérito es el “amiguismo”, o el pago a servicios prestados, o la paridad individual, sexual, social o geográfica, o el populismo vacuo, o la demagogia falaz. La única manera de que el pueblo confíe en sus dirigentes es saberlos aptos, preparados, útiles y dispuestos a gobernar por y para la ciudadanía. Sé de sobras que vivimos una época en la que impera la superficialidad y la mediocridad, en la que se ha incrementado el valor de lo percibido por los sentidos, por encima de lo vivenciado con la inteligencia y desde la inteligencia, en la que se ha frivolizado la cultura y minusvalorado la verdadera formación. No me cabe la menor duda de que hay personas muy válidas dentro de la clase política, pero, como en la enseñanza escolar imperante en la actualidad, parece como que quienes menos valen se hacen con el gallinero, en perjuicio de los que más valen. ¿Por qué miramos con lupa al cirujano que va a intervenir a un familiar, al que la sociedad le exige la debida preparación, y, a la hora de votar, lo hacemos a favor del primer mindingui que figure en una lista, tal vez para rellenar, porque no han encontrado a otro, o porque los verdaderamente válidos no han querido figurar en ellas? Sí, políticos aptos y preparados.

 

          Sería un pilar esencial de la regeneración política. Otro sería el que tales políticos tuviesen la actitud ética adecuada. Esta actitud no puede tener ningún otro fin que el bien común, el servicio al pueblo, desde la verdad y los valores, desde el conocimiento preciso de la realidad, y desde la vergüenza torera de saber que no todo vale, porque sigue existiendo el bien y el mal. Un bien común que se consigue si los políticos son capaces de actuar con responsabilidad, con integridad y con transparencia. ¿Una utopía? Lo será, pero mientras esta utopía no sea el motor y se transforme en actos, no saldremos de la vergüenza nacional que son en demasiadas ocasiones los actos políticos, aireados por unos poderes mediáticos y ocultados por otros. Siguen teniendo vigencia las palabras de Platón, y mire que ha llovido: “Los ambiciosos y emprendedores se adueñan del poder y lo usan en pro de sus intereses. El poder político jamás debería ser para ellos. Tampoco para los buscan honor y gloria”. Políticos aptos y actos, para que el pueblo se libre de tener que aguantar hasta la náusea la comprobación del profetismo de aquella frase que un día escribió en 1887 Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. De no ser así, a darles la espalda.


16/12/2010

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