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  NUEVOS BANDOLEROTES

Desde mediados del siglo XVIII aquellos míticos bandoleros hacían de las suyas por montes, arrecifes y caminos. Atrevidos y despendolados, llegaron incluso, en su prepotencia rebelde, a extender su pingüe ocupación a cortijos y casas de los pueblos. Sembraron el terror. Cuando menos lo esperabas, zas, allá que aparecía un bandolero con su tribu a cuesta y te limpiaba cuanto llevases encima. Eran los salteadores de caminos, elevados a mitos legendarios por la literatura romántica, que llegó a ver en ellos un signo de libertad, como en el pirata de Espronceda. Nadaban muy a gusto en las aguas por ellos creadas ante la incultura del pueblo y la dejadez y abandono de quienes tenían que acabar con aquella lacra. Así que se convirtieron, ¡leyendas a paseo!, en los verdaderos amos de la “calle”.

 

          Y mire por donde -que así de caprichosa es la historia, que permite que los hechos se repitan con un mimetismo que ríase usted de la moda del “se lleva mucho”, del “está de moda”-, que se viene recrudeciendo una nueva lacra, la de los nuevos bandolerotes de tres al cuarto. Aquellos intervenían, a qué engañarse, por el vil metal, si bien algunos pudieran hacerlo para repartir entre los pobres lo que robaban a los ricos. Cosas de las leyendas románticas, como la Carmen del Mérimée, protestada por las otras Carmen que “no usan el cuchillo ni a la hora de comer”. Bueno, provecho sí que sacaban aquellos bandoleros.

 

          Hoy aquellos Siete Niños de Écija, o José María el Tempranillo, o el Tragabuches, o Juan Caballero, o el “Vivillo” tienen unos imitadores, pero de un cutrerío que aterra. Su zona preferida de acción suele ser la noche; su sombra, los fines de semana; su trabuco, las manitas y los piececitos con que mamá los parió y papá los engendró; su fuerza vital, el “lote finisemanero”; su ideología, ¡¡ni que lo sueñes!!; su procedencia, la incultura y el fracaso escolar; su expresión verbal, un sonido que suena a algo así como eaohhhhhhhhhh; sus nombres, iiiicha o chochooo, porque, eso así, en este movimiento imparable de modernidad también militan, y con cuanto activismo, las nenas. En el primer bandolerismo ellas eran los amores trágicos, las estrellas de Sierra Morena, el descanso del guerrero, pero ahora son, en ocasiones, potencialidades bélico-agresivas más reactivadas que los mismísimos ichaaas.

 

          Mientras hay moros en la costa, a lo suyo, litronas, cubatas hasta echarlos por los ojos y por la boquita y, si les viene un achuchón (a ellos o a ellas, qué más da), manguera al viento y bragas al aire, sea donde sea y se encuentren donde se encuentren. Pero… cuando les corre por las venas al galope el caballo del nuevo bandolerismo, se reactivan, y a dejar sus “cagadas” por doquier: un árbol arrancado de cuajo, ramas destrozadas, contenedores volcados y desplazados a donde más jodan al sufrido vecindario, botellas reventadas en la mismísima calle por aquello de ver si pincha las ruedas del coche o de la moto de alguna víctima que viene de trabajar o de divertirse y se parte el cráneo, vasos con restos de la “órgia y del desénfreno” en donde al ichaaa de turno se le antoja, y no sé cuántas lindezas más. ¿Ah, que usted sabe muchas más? Y yo también. Pero, dejémoslo por el momento. ¿Que por qué no se pone pie en pared? Mire, usted, sufrido contribuyente, es la mismísima pregunta que nos hacemos tantos y tantas, que no tontos y tontas.

 

          “Estas criaturitas necesitan expandirse, sentirse libres y dejar en paz a papá y a mamá”, dicen algunos. Desconozco si alguien pudiera tener dotes mágicas para explicarles las palabras de Aristóteles en su “Moral a Nicómaco”: “El tacto, que es el más común de todos los sentidos, es el verdadero asiento de la intemperancia, y por esta razón debe aparecer tanto más reprensible, porque cuando el hombre se entrega a él, no es en tanto que hombre, sino como un animal. Hay, pues, algo de brutal en gozar de estos placeres, y, sobre todo, en entregarse a ellos exclusivamente. En este caso se pierden los placeres más dignos que puede producir el tacto; quiero decir, los que producen los ejercicios y las fricciones en los gimnasios con el calor vivificante que comunican; porque el tacto, tal como le goza el intemperante, no está en el cuerpo todo entero, sino solamente en ciertas partes del cuerpo muy especiales”. Sí, tú dales ideas. Po, coño, así tienen algunas.


07/09/2010

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