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  CREO EN LA VIDA

Llegó el día temido en el que se le ha dado la carta de ciudadanía a una nueva ley del aborto. La primera sensación me trasladó a otros gritos desgarrados de dos escritores ante realidades distintas, pero también con un mismo final, la muerte. El primer grito es de Ramón J. Sender, en su novela Réquiem por un campesino español. Es el grito del joven Paco, cruel y dolorosamente llevado al fusilamiento por el terror de la guerra incivil española: - “¿Por qué me matan? ¿Qué he hecho yo? Nosotros no hemos matado a nadie. Diga usted que yo no he hecho nada. Usted sabe que soy inocente”. El segundo grito es también de un poeta, víctima del horror de la misma guerra, Miguel Hernández: La vejez de los pueblos. / El corazón sin dueño. / El amor sin objeto. / La hierba, el polvo, el cuervo / ¿Y la juventud? / En el ataúd. / El árbol seco y solo. / La mujer como un leño / de viudez sobre el lecho. / El odio sin remedio. / ¿Y la juventud? En el ataúd.

 

          Creo en la vida porque el pueblo, el buen pueblo español, está saliendo del estado anestésico en el que le han colocado quienes dirigen su destino. Creo en la vida, porque, como cayeron las grandes dictaduras explotadoras de los seres humanos, caerá la ola de relativismo que ha hecho posible, ante la pasividad de un pueblo adormecido, la banalidad del mal, hasta tal extremo que este campea por nuestra tierra sin respetar la dignidad ni la humanidad. Creo en la vida porque el pueblo se sacudirá  los siniestros personajes aquelárricos que pululan por nuestra España demoliéndola desde los cimientos, y haciendo realidad el pensamiento radicalmente pesimista de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados […] Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte”.

 

          Creo en la vida porque el pueblo español siente un asco incontenible por el lodazal de degradación en que han ido sumiendo a nuestro país quienes fueron elegidos para gestionar el común con el objetivo único de lograr la prosperidad, la felicidad y el progreso de todas sus gentes y pueblos, y algunos se vienen dedicando, además de al medro personal, a la tiránica imposición de un sólo pensamiento y de unas normas que degradan a la persona y la bestializan hasta extremos que producen náuseas a la buena gente. La ley será legal, pero es injusta, inhumana, degradante, criminal, ofende la sensibilidad más noble y agrada a una minoría que sólo quiere la destrucción por la destrucción. No es un derecho de la madre, señor Rodríguez y lumbreras que le ilustran, como aquel que en dos horas se comprometió a “ilustrarlo” en economía. Así le va a este país con tantas “ilustraciones”. Hoy se legaliza un derecho fatuo, que podría llevar progresivamente al reconocimiento de otros. ¿Por qué no? ¿Por qué, por ejemplo, quien pasa hambre no puede robar para que su familia subsista, señor presidente, sin que tuviera que ir a la cárcel; no lo hacen otros impunemente, sin tener necesidades de mera subsistencia? ¿Por qué no se dictan unas leyes que graven sin trampas ni cartón los grandes capitales en la proporcionalidad que son gravadas las personas sin posibles? ¿Por qué no se legisla de manera que sólo puedan llegar al poder políticos profesionales, cultos y honrados desde el vientre de su madre? ¿Por qué no se eliminan de un pueblo en hambre tantos “floreros palaciegos” como existen en este país entre asesores, cargos de confianza, comisiones de servicios por el arte del dedo milagroso, intermediarios de intermediarios de intermediarios?

 

          Creo en la vida porque el pueblo demanda protección jurídica, y cuando el pueblo demanda de veras, asistido de mil y una razones nobles, es como un río torrencial que porta a la paz y al bienestar. Creo en la vida porque por doquier se siente la repulsa ante tanto desatino, repulsa que también proviene a oleadas desde muchos buenos socialistas, que los hay a patadas y están hartos de soportar medidas que los incluyen injustamente en el mismo saco. Estamos hartos de soportar que expresarse libremente, con ideas distintas a las denominadas “políticamente correctas”, sea tildado de fascismo, de antiespañolismo, de derecha, o de lo que al o a la lumbrera o lumbrero de turno le salga del capricho de sus entretelas. Lo único correcto es la libertad. Lo únicamente correcto es el servicio al pueblo y el trabajo por su bienestar sin derrochar ni un euro en grandiosidades y mamarrachadas. En este país los que huelen a naftalina son muchas de las medidas adoptadas y muchos de los personajes que juegan a reverdecer el caciquismo de nuevo cuño, calcos amarillentos y carcomidos de épocas pasadas, que no sirvieron para nada, porque la historia no es cíclica, sino lineal. No se puede esperar, por tanto, encontrarnos con la momia de Tutankamón a estas alturas. Mire, no es esa mi intención, porque también tan añejas momias están inscritas en el libro de la vida. No borren de él a tantas criaturas inocentes a quienes natura no borró.


13/07/2010

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