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  ¡QUE VIENE... QUE VIENE!

Una vez más. Nuevo anuncio del inmediato alumbramiento de la Ley de Libertad Religiosa. ¡Que viene…que viene! Esta vez incluso se filtra a un sector de la prensa una especie de borrador del proyecto. Es un guadiana que aparece y desaparece, según apriete al gobierno el zapato de los apremios por los urgentes problemas económicos sin que haya soluciones y sin que se las espere. El pueblo, cual Lázaro de Tormes, queda admirado por el “escudero que iba por la calle, con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden, por lo que parecióle que, según su hábito y continente, era el que él había menester”. Con él, no obstante, no sólo encontró hambre y más hambre, sino que hubo de compartir con el escudero el pan que aún le quedaba a Lázaro “de los de por Dios”.

 

          Y, a propósito de Dios, ¿por qué esa dictadura ideológica de algunos sectores políticos, cuando chupan poder, pretende obstinadamente reducir a la nada todo cuanto huela a religioso, cuando dicen que a ellos la religión les importa un pito? Por qué se inyecta en el cuerpo social tanto odio contra el fenómeno religioso. “Po, joío, si no crees, confórmate con pasar y punto. Vive y deja vivir, mala sangre”. 1873, todas las cruces existentes en las calles y plazas de Sanlúcar de Barrameda, como en otros muchos lugares, son demolidas y destruidas. 1931, más de lo mismo. Llegada de la “modernidad cavernícola”, a repetir los mismos errores históricos. Vayamos por partes.

 

          Que el Estado español sea aconfesional fetén de los fetenes. Eso es libertad religiosa. Bienvenida sea. Atacar, de cualquier manera, a cualquier religión o a cualquier expresión de religiosidad, es precisamente ir en contra de la libertad religiosa, derecho recogido en la Constitución española. La libertad no es un derecho manipulable despóticamente por quienes ostentan el poder, sino una facultad por la que el hombre y la mujer deciden su modo de actuar, “sin determinaciones externas”. Esto es lo que recoge el diccionario de la Lengua Española. Si Dios sobra de la sociedad, que lo decidan libremente, en uso de sus libertades, los ciudadanos. ¡Allá cada cual con su cadacualera! Que estos sean –por qué se ríe usted; pues no, no va con segunda– los que no constituyan, ni funden, ni acompañen a las procesiones, ni vayan a verlas, ni asistan a romerías, ni tengan cuadros religiosos en sus casas, ni lleven cruces al pecho, ni las pongan en las tumbas de sus seres queridos, ni bauticen a sus hijos, ni pisen las iglesias, ni pertenezcan a las miles de instituciones religiosas existentes en la actualidad. ¿Se imagina usted a un gobierno prohibiendo, es un “poné”, a Cristiano Ronaldo, o a cualquier otra estrella de nuestro fútbol, que se haga la señal de la cruz cuando marca un gol, o que mire a la infinitud del firmamento? Lo que corresponde al Estado es que en el uso de las libertades no prevalezcan unas sobre las otras, que las facultades que unos ejercen las puedan ejercer otros. Coaccionar o prohibir, sigo con el diccionario, es atentar contra la libertad. En la historia de España quien ejercía el poder sin haber previamente pasado por las urnas, en las que el pueblo expresa su voluntad, lo hacía desde el absolutismo monárquico o desde la dictadura. ¿O es que el voto sólo sirve para quitar o poner gobiernos? ¿O es que la mayor facultad que posee la persona es la de votar cada cuatro años? El pueblo es soberano, pero la totalidad del pueblo, no unos minoritarios seudoideólogos aquelárricos que pretenden ser el “espíritu del común”, apegados al poder de turno, del que no dudarán en separarse en dirección al nuevo que pudiera venir, pero eso sí con el cucharón en la mano para meterlo en la olla de la que a otros muchos se les priva.

 

          La libertad de conciencia y de pensamiento son innegociables en una sociedad democrática. El pueblo es depositario de estos derechos y el gobierno ha de garantizar su defensa. ¿Cómo es posible que se considere que un pueblo esquilmado, en hambre y en carencias pueda tener su prioridad de inquietudes en si cruces sí, o en si cruces no? Ya le basta con la que lleva irremisiblemente a cuestas. De lo que está no sólo preocupado, sino atormentado y desesperanzado hasta no se sabe dónde, es del paro, de la ausencia de instituciones que lo defiendan de verdad y por derecho. El pueblo quiere trabajo, una vivienda digna, poder educar a sus hijos en libertad y ver cómo sus gobernantes sirven al bien común y no se sirven de él para el bien propio. Los políticos no tienen por qué ser ideólogos, ni meterse en unos partos filosóficos de los que nacen verdaderos engendros. El filósofo a pensar. El intelectual a exponer y criticar. Los políticos a gestionar generando prosperidad y gozo, no odios con el que pretenden oscurecer la carencia de prosperidad y progreso. Los deberes les corresponde realizarlos a los gestores, y si no los hacen que no lancen tiros de fogueo para desorientar y despistar de la verdad indiscutible.

 

          No hacen falta sondeos. Con tan sólo estar en la calle con los oídos sanamente abiertos y los ojos “al le”, se detecta que el pueblo soberano desecha el paro; las mentiras; las esperanzas frustradas; el exceso de cargos, carguillos y cargotes oficiales; los derroches faraónicos con dinero de todos, que ha de ser sagrado y administrado de rodillas; el enchufismo; la prepotencia; el abuso de autoridad; la corrupción; el respeto y la atención a los más necesitados; el buen y eficaz funcionamiento de los servicios públicos. El pueblo exige soluciones, no palabras huecas y asuntos que pasan de una mesa a otra, de una institución a otra, sin hallar el final de tantas carencias. Que el pueblo no es tonto y ya está harto de estar harto. Ah, y también del “y tú más” mutuo. Noble es la tarea del buen gobernante, pero algunos se han divorciado de dicha nobleza y esto es peligrosísimo, porque un día el pueblo podría adoptar ante lo público la cómica actitud del ¡que viene… que viene! ¡que viene… que viene!


16/06/2010

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