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  PROYECTISMOS, CONSECUENCIAS Y CAUSAS

Laudable es la intención del ministro Ángel Gabilondo de intentar poner orden y estabilidad en el actual caos de gallinero reinante en la enseñanza. Laudable es la búsqueda de un Pacto por la Educación. Lo que acontece es que el caos gallineril no existe sólo en la escuela, sino en otras ágoras, en la calle, en el Parlamento, en los medios de comunicación, en los espectáculos públicos y en no pocas instituciones de carácter municipal, social, deportivo o religioso. Ya Cadalso, con su agudeza de cirujano despiadado, puso el dedo en la llaga en un mal reinante durante mucho tiempo en este país de nuestros amores: el proyectismo.

 

          Afirmaba el escritor gaditano -por cierto en un diálogo intercultural entre Gazel y Ben-Beley- que, con más rapidez que la ley de nuestro profeta se derramó por Asia y África, habían visto los cristianos de este siglo extenderse en sus países una secta de hombres extraordinarios que se llamaban proyectistas. Los calificaba de unos “entes” que, sin particular “patrimonio” propio, pretendían enriquecer los países en que se hallaban ya como naturales o ya como advenedizos. Afirmaba que hasta en España, cuyos habitantes no habían dejado de ser alguna vez demasiado tenaces en conservar sus antiguos usos, se hallaban varios de aquellos innovadores de profesión. Agregaba que su amigo Nuño le decía, hablando de aquella secta, que jamás había podido mirar uno de ellos sin llorar o reír, según la disposición de humores en que se hallase.

 

          Es de alabar, insisto, el proyecto, como sería de alabar que, aunque fuese por una sola vez, se llegase a una pacto de estabilidad, de consenso y de sentido común entre nuestros políticos, padres de familia, instituciones educativas y todo lo que se viene llamando tan eufemísticamente “comunidad educativa”, pues, por desgracia, en no pocos casos, nada tiene ni de lo uno ni de lo otro.

 

          No obstante, laudable sería, aún más, que no se perdiese el norte, que no se pretendiese curar el cáncer de la institución educativa con pastilla aspirina o con polvitos de talco, evidentemente. Porque el problema no es de medidas superficiales ni periféricas, ni el debate ha de ser de dónde colocar o no una coma, que hay verdaderos maestros en el arte de liarlo todo en aras de la consecución de sus intereses tan personales como bastardos. El problema es estructural. Mientras nuestros hombres y mujeres, con algún tipo de responsabilidad de gobierno, no crean y practiquen que la persona y el grupo no han de estar sometidas a las diversas ideologías, sino que han de ser, sin trampas ni cartón, lo más importante en la valoración social, todo intento proyectista será un fracaso más a sumar a tantos batacazos como nuestras señorías de todos los colores han llevado a este país a lo largo de su dolida y jodida historia. Sí, ya sé que la lucha por la imposición de ideologías es una manera de asegurarse el poder o de acceder a él. Ese es el gran problema de la sociedad y de la historia.

 

          En esa dinámica, una vez más se puede caer en la actitud miope, en el mejor de los casos, de pretender atajar las consecuencias, sin haberlo hecho previamente con las causas. Las consecuencias son evidentes. Negarlas es querer engañar al viento. El fracaso escolar, a pesar de las medidas “tramposas” adoptadas en no pocos casos, es innegable. La nula participación de los padres y de las autoridades político-académicas en el proceso es alarmante. Por las aulas, y aún más por los pasillos de nuestros Centros, pululan la violencia, la carencia de los más elementales usos de educación urbana, la grosería contra profesores, personal de servicios y entre los propios alumnos; así como el lenguaje más soez. Se adoptaron medidas tras medidas hasta acabar con los nervios de cargos directivos, de profesores y profesoras, de conserjes, de limpiadoras. El problema no es, en muchas ocasiones, que nuestros educandos aprendan algo, sino conseguir la subsistencia y mantenerse en pie con dignidad ante tanta barbarie. Víctimas de ella son de manera especial aquellos alumnos y alumnas que sí van a los Centros con intenciones de aprender… pero no pocos acaban diluyéndose como el azúcar en el cafetillo.

 

          ¿Y todo esto por qué? La comunidad educativa no es un gueto, no es una realidad distinta y distante del “clima socioambiental”. La escuela no es más que el reflejo mimético de lo existente en la sociedad, en la polis, en la res publica. Las causas de la existencia de estas verdaderas “tribus urbanas” hay que hallarlas en la desestructuración de la familia; en la pérdida y eclipsamiento de los más elementales valores enraizados en lo más noble de la persona; en la increencia en aquel viejo principio de las ilustradas “Sociedades Económicas de Amigos del País” de que “Al trabajo sigue el premio”; en un sector de los medios de comunicación, verdadero maestro de la calumnia, de la difamación, de la grosería, del griterío más soez y de la pérdida del más elemental respeto a la dignidad de toda persona (porque tan culpables son quienes montan el circo para lucrarse, como quienes en él trabajan y cuantos lo hacen posible, montados en el mismo carro del eurazo fácil); en el endiosamiento del consumismo; en la sacralización del desamor institucionalizado; en el desprecio del trabajo y de la disciplina, como instrumentos de realización personal y de integración solidaria con la sociedad.

 

          Por todo ello, albergo sospechas de que pudiera ser triste realidad lo que dejó profetizado Cadalso: ¿Sabes lo malo de esto? Lo malo es que la gente, desazonada con tanto proyecto frívolo, se preocupe contra las innovaciones útiles, y que estas, admitidas con repugnancia, no surten los buenos efectos que producirían si hallasen los ánimos más sosegados […] porque si obligaran a lavarse la cara con trementina, luego con aceite, luego con tinta y luego con pez, repugnaría tanto lavarse que nadie se lavaría gustoso ni con agua de la fuente más cristalina.


28/04/2010

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