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  COMO UNA LUZ ALTERNA

 Acabo de leer un pequeño poemario: En las moradas de la muerte, de Julio Gallardo Muñoz del Pozo. El lenguaje poético es  como los paisajes, se ha de ver varias veces, porque cada una de las repetidas visiones aporta elementos nuevos, ya que lo que nunca te llamó la atención en un determinado momento se convierte en el elemento más valorado. Julio Gallardo nació en el pueblo sevillano de Puebla de Cazalla. En 1957 se trasladó a Cataluña. Allí compartiría su vida entre el trabajo y las inquietudes cívicas y culturales, de manera especial con la poesía y el teatro. Sería en Parets del Vallés donde formaría parte del “Niu d´art”, y en Mollet del Vallés seguiría con sus inquietudes culturales en la “Ass Cultural 7 plomes”. A principios de 1994 forma parte del “Centro Cultural Andaluz” como vocal de cultura. Asentado en la actualidad en Sanlúcar de Barrameda, comparte sus actividades cívicas y literarias formando parte de la Junta de Gobierno del “Centro Hogar Día II”, así como de la Junta Vecinal del Barrio de San Diego. En la ciudad sanluqueña sigue escribiendo y dando cabida a sus inquietudes. Es alumno de la Escuela de Adultos y asiste a las clases de Patrimonio, de Lectura y de Vida Saludable; asimismo colabora en la Revista “Entre Barrios”.

 

          En abril de 1992 ve la luz su primer libro, A usted, maestro. En 1993 editará la obra Rosa de Pasión. Tres años después, será la obra Inquietudes. En las tres obras sobresale un comprometido mensaje social, al tiempo que sus bellos versos a Mollet del Vallés testimonian su exquisita sensibilidad poética. La cuarta de sus obras tendrá un tema monográfico, la mujer; la titulará Por ti, mujer, yo brindo. En las moradas de la muerte es su quinto poemario.

 

          La poesía de Julio Gallardo es como una luz alterna. Una luz que el poeta proyecta con maestría hacia su mundo interior y hacia su entorno. Es una luz que brota del sentimiento más puro y desnudo. Sus versos no pecan de superficiales y formalistas, sino que, arrancando de un voluntarismo autodidacta, dejaN constancia de sus inquietudes, de sus recuerdos, de sus carencias, de sus miedos y de sus deseos. El verso, desnudo, culebrea con ritmo expresionista, en ocasiones; con ritmo punzante, en otras; y con unos reiterados cambios de tono, porque eso es realmente la vida cuando son muchos los recuerdos y vivencias que se tienen almacenados en lo más profundo del alma.

 

          La luz se hace denuncia. Lo que observa le duele. Sus versos se convierten, en ocasiones, en diatribas para atacar la cultura de la droga: “capas de mezquino polvo, polvos de muerte que cubren la tierra y rápido sepultan a sus frágiles huéspedes". Denuncia en el poema “Indócil” la falta de amor de algunos hijos; mientras que en el titulado “Ay de él” centra su denuncia en “el que roe su inmortal conciencia, el torcedor del mal, a los que escarnecéis la fe, burláis la patria, violáis las leyes, mentís virtudes”. Y todo ello porque

 

“Sin razón ni juicio

a tu hermano tiraste a matar”.

 

          En el poema “La entrañable amistad” dirige su mirar airado contra “la desaparición del respeto y de la amistad, los vicios de la droga, la violencia, el frenesí de los hombres y el alcohol, la guerra, el hambre y la ambición”.

 

          La luz lírica abre el mundo interior del poeta. En sus pupilas se refleja el mundo del agricultor, un agricultor que

 

“… alivia como en el surco,

el grano que convierte

en mieses doradas”

Del poema “Dios es amor”.

 

          Un agricultor que se deshace en su continuo peonar:

 

“En el soplo primero de la noche

el labrador, rendido de fatiga,

acaricia la sudorosa frente,

nuncio de paz, en el hogar tranquilo”.

 

          La voz poética de Julio Gallardo es una voz que se debate entre el suave fluir de los recuerdos y el dolor del presente. Es, de alguna manera, la dualidad poética de “la realidad y el deseo”, pero, en él, el deseo se mezcla con el fluir de los recuerdos de lo ya ido. Su mirada contempla, entornada de lírica ternura, ante la sentida inminencia de lo que él denomina “el ángel de la muerte”, que va y viene por entre sus versos. Su fe le mantiene, su oración ante la Macarena, en el poema “Hace años”, o su plegaria a Jesús del Gran Poder o al Cristo de los Milagros. Pero, a pesar de que es consciente de que la muerte es “una espantosa puerta a la que todos llamaremos un día, y a pesar de que el ángel de la muerte cabalga por cada uno”, porque

 

“El ángel de la muerte

presuroso espera

la suerte de cada uno

el camino y su destino”

 

De “Dios es amor”

 

él canta a la vida, aconsejando “que no debilite la duda”, que no “te afanes al poder y a la riqueza”, porque “la bondad es el patrimonio del alma”, y es “pobre necio quien se cree que el sol es sólo suyo”.

 

“La vida es corta

y difusa la fortuna

al igual que una veleta

en pos del aire”.

 

          Para el poeta hay otra puerta de luz, la dicha y el gozo del amor. Bellos son los versos en los que unas pinceladas diseñan cómo sigue vivo siempre el amor:

 

“Gemelas constelaciones

en sus arrugadas caras”

[…]

Todavía iluminan desde

su música consumida del pasado,

sus besos apasionados

y sus íntimos secretos,

puesto que mueren como amaron,

con la magia embrujada

de un príncipe negro”.

[…]

en esa silueta recortada de la noche,

en la retina doliente como insomnio,

mientras su futuro se esfuma

sobrecrece la muerte”.

 

En este juego poético como una luz alterna, he sentido (¿intuición lírica o cultura literaria del poeta Julio Gallardo?) el tintineo manriqueño con su “Qué fue… qué fue… qué fue” del nostálgico poema “La distancia”; la medieval creencia en la fortuna, de la que “el mundo mezquino desconoce que la fortuna a capricho se balancea”; el susurro del “Beatus ille” renacido, “Feliz aquel que cifró el alto sufrir y las breves dichas con flores de un día sin color ni aroma, que no perturbaron nunca sus sentidos; el profundo popularismo de los versos machadianos en los poemas “A la señora abuelita”, “El Barrio”, “Bailarina niña”, “El sembrador” y en “Nobleza”;   el tono albertiano tras “el ángel de la muerte”; el mirar de Juan Ramón Jiménez en los versos: Muere a lo lejos la amarilla tarde // el silencio y la soledad. // La luna esconde y la paz preludia el sueño; // y se encierran en sí mismo // y nos dejan en el olvido. Incluso hasta algún tinte surrealista en “Una corriente de aire”.

 

          Julio Gallardo, a sus años, siente y vibra ante la vida, la que se fue, la que es y la que será. Y se expresa. Y se expresa con sentimiento encerrado, con plena libertad, en unos versos. Se siente modesto. Humildemente en su poema “No te burles” afirma:

 

“No te burles de ver cuanto confío,

ni el arte de decir, vana y pomposa

los versos que yo escribo

[…]

pero sin ambición alguna”.

 

          Siente, amigo Julio, en tu interior “la magia embrujada de un príncipe negro”. No es poesía el alarde colorista de tantos pavos reales como desfilan tras el lucimiento en nuestra sociedad, sino vibrar, sentir, expresar, comunicarse, denunciar, solidarizarse. Y eso lo has hecho y haces en tus obras, porque, como tú has escrito, el aire puro lo tienes enguantado… día y noche como una noria sin parar.


23/02/2010

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