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  EL BISTURÍ NECESARIO

La que lió don Leopoldo. Tan respetado él, tan admirado por sus bellos relatos breves. ¡Cuántas lágrimas tras la lectura de su ¡Adiós, Cordera/, conmovidos por la pena de Rosa y Pinín! ¡Cuánta respetabilidad hacia su inteligencia de catedrático de Derecho! Pero el señor Clarín tenía un defecto imperdonable, al parecer, era un gran intelectual… y “pensaba”… y era crítico… y de sentir republicano… y, tras diversas crisis de fe religiosa, la recuperó, si bien lejos de la oficialidad católica. La que lió. Porque, hete aquí que tuvo la imperdonable idea de describir en su novela La Regenta no sólo la situación de su ciudad, Oviedo, denominada en su obra Vetusta, sino que, además, trascendió la anécdota, y bien despreciable que esta resultaba, para adentrarse por el análisis de los más graves y universales problemas humanos.

 

          Pintó don Leopoldo, con maestría inimitable, el estado de aquella sociedad jerarquizada: las corrupciones de los aristócratas, la ordinariez de la burguesía, el materialismo y la hipocresía del clero, adobado todo ello con un humus de mediocridad, de indolencia, de mentiras, de envidias, de traiciones. Y lo que era peor, la existencia de un clima, de una atmósfera, que obligaba a los hombres y mujeres a actuar irremisiblemente de aquella manera. El uso del bisturí le supuso al excelente novelista las más violentas reacciones  de rechazo y desprecio contra él.

 

          ¿Y qué narran los intelectuales de hoy? ¿Se usa responsablemente la crítica por quienes tienen la responsabilidad social de efectuarla? Quienes la realizan ¿no son perseguidos, calumniados y marginados?  ¿No es la verdadera libertad de expresión una quimera de humo? ¿No son más los clientes del pesebrismo, a la sombra pútrida del poder y de los poderosos, que los que, como el propio Clarín afirmó, realizan una crítica y denuncia  porque “son morales, porque son sátira de malas costumbres?

 

          Analizar, criticar y denunciar es amar a un país. Poner vendas en los ojos para que se desconozca la realidad, mentir sistemáticamente, manipular las conciencias, perseguir a los de otros puntos de vista, usar el poder como medio de explotación de los derechos humanos… todo ello, y mucho más, es uno de los más grandes atentados de lesa humanidad. El bisturí es necesario, imprescindible, saludable. Tiene que salir a flote tanta corrupción existente en las esferas de quienes están constituidos en autoridad. Los corruptores no sólo han de ser obligados por la Justicia a pagar el delito cometido, sino a restituir lo que se llevaron tal vil como impunemente. Han de ser apartados, de manera definitiva, quienes han demostrado que no son dignos de ocupar responsabilidades públicas, sea en la esfera que sea de la sociedad. Se ha de denunciar el triunfo de la mediocridad imperante en nuestra sociedad española. Que ocupen cargos quienes realmente, además de su probada honorabilidad, estén capacitados para ello. ¿Cómo es que la sociedad se defiende e impide, por ejemplo, que pueda ejercer de cirujano quien no esté titulado académicamente y probadamente apto para ello, mientras que se queda mirando para otra parte indolentemente cuando gente incompetente, carente de la más elemental preparación, y bien lejos de la honradez exigible, ocupan cargos de relevancia social en cualquiera de las esferas de gobierno? Don Leopoldo, usted, tan impresionado por las “malas costumbres” de la Vetusta ciudad de su época, ¿cómo se quedaría con la que está cayendo en este país de nuestros amores y pesares? Y es que hacen falta quienes manejen de su bisturí para apartar a tan fúnebre cortejo.


27/01/2010

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