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  MENOS DIVISMO, MÁS HUMANISMO

La determinación gubernamental, con la señora Fernández de la Vega como su principal adalid, de eliminar de Televisión Española la publicidad a partir de 2010, ha generado una enconada polémica entre los entes en principio más afectados, llegándose incluso al anuncio, por parte de algunos sectores que se sienten perjudicados, de que están dispuestos a llevar el asunto a los mismísimos tribunales de justicia. Los datos que aparecen en primer plano son que el ente público dejaría de percibir por este capítulo unos 300 millones de €, euros que evidentemente se recaudarían de cuotas provenientes de las cadenas televisivas privadas, supuestamente favorecidas por la previsible “huída” de la publicidad hacia ellas.

 

          No obstante, intuyo que en el asunto hay algún que otro manejillo encerrado. ¿No se dará pie, con el arte de la manipulación, tan genialmente utilizado por las lumbreras de la “picardía política”, para hallar en tan “gravísimo” déficit mil y una razones para agredir solapadamente, una vez más, al pueblo alegre y confiado benaventino, con una batería de nuevas tasas que gravarán usos hoy muy generalizados como la telefonía móvil, el ADSL, o cualquier otro que se saquen de la ancha manga de la manipulación?

 

          Por otra parte, se dan otras circunstancias que resultan aún más inquietantes. ¿A qué se dedicarán los profesionales del mundo publicitario? ¿Otra crisis generada en un nuevo sector profesional? ¿Con qué se cubrirán los interminables espacios hasta el momento dedicados a la publicidad? ¿Con más basura, con repeticiones de repeticiones de programas, o con productos de ínfima calidad artística, estrategia tan al uso? Dicho sea de paso que, como en botica, de todo ha habido en la publicidad, pero, en ocasiones, algún que otro anuncio ha resultado una miniobra de arte por su excelente creatividad, por su realización y por su mensaje positivo y humanitario. Y no es que defienda el abuso empedernido de los anuncios en la Televisión Española, sino que detesto que en este país se siga utilizando el viejo criterio de que todo lo que viene de fuera es bueno y lo de casa se califica de obsoleto y rechazable. Y es que somos maestros en el arte de la improvisación y de la chapuza.

 

          ¿Es que nuestra televisión el problema más acuciante que tiene es el de la publicidad? Mire, eso es mear fuera del tiesto. Los grandes problemas de nuestra televisión son más graves y más disimulados e ignorados. Existe una publicidad consciente, que es aquella en la que el televidente, con sus “circunstancias” propias, ve lo que realmente se le presente y así lo interpreta. Pero, y aquí está la madre del cordero, existe una publicidad subliminar, aquella que entra tramposamente en la mente del que la observa, lo coge distraído, y deja en su conciencia aquellos elementos manipulados y manipuladores que se ha pretendido que tal publicidad dejase en los televidentes, sorprendidos en su indolencia. Ahí está una buena parte de la génesis del cáncer que padece nuestra sociedad.

 

          La televisión no puede ser el ágora de los manipuladores de turno, en la que se da el esperpéntico espectáculo de que no sólo se debate sobre las subjetivas opiniones de unos y otros -cosa muy loable-, sino que incluso se llega al ridículo de debatir sobre una cuestión objetivamente documentada por la historiografía y jamás puesta en duda, porque no se puede discutir si la Giralda está o no en Sevilla. ¡Los hay de una cara de cemento armado! Que no, hombre, que no, que el nihilismo no se puede plasmar en la historia, por ejemplo, pues tal pretensión es propia de auténticos burros analfabetos.

 

          Sería más provechoso y fecundo que nuestros dirigentes hiciesen de la televisión un emisor plural y libre que transmitiese cultura (no me refiero a una cultura elitista y academicista, sino popular y positiva. La cultura verdadera enriquece, distrae, descubre los sentimientos y actitudes más nobles, y hace pensar… y genera espíritu crítico… ya, ya sé, que este bien poco interesa); que se acabase con la deplorable y vergonzosa telebasura;  que el griterío y las ofensas a la dignidad e intimidad de todas las personas se mirase con el mismo mimo que si se tratase de la familia real; que se diese protagonismo en ella no a los lameculos y estómagos agradecidos, sino a los verdaderos profesionales capaces de crear arte en su comunicación; que sus puertas estuviesen abiertas, en libertad plena, para la expresión de todo tipo de opiniones y posturas dentro del respeto debido a todos, incluidos los telespectadores.

 

          Alguien podría argüirme, como afirmó Lope de Vega, que al pueblo hay que darle lo que el pueblo quiere, ¿pero se puede tener libertad de opción cuando al pueblo se le ha venido dando tanta vulgaridad, tanta basura, tanta grosería, que se ha llegado al esperpento de que la presentación de una señora, tras una operación facial, tuviese más de seis millones de espectadores contemplando la noticia del siglo? Vivir para ver. Pobre país. A dónde te están llevando. Lo otro, minucia es. Pero quien gobierna, con el respaldo popular, ha de tener la dignidad suficiente de apostar por el humanismo, no por el divismo vacuo y falaz. 


29/12/2009

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