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  MISERIA DERRAMADA

 

Es probable que sea una de las palabras más pronunciadas y escritas de algún tiempo a esta parte, como también lo es que no para todo el mundo tiene la misma significación, como tampoco está suponiendo lo mismo para unos y para otros. Me refiero a la mil veces reiterada “crisis”. No es nueva. Hace varias décadas que Ernest Mandel en su obra “El capitalismo tardío” subrayada que la sociedad estaba sumida en una crisis de “onda larga”. Vaticinaba que la crisis habría de tener una duración de unos veinticinco a cincuenta años. Tanto él como otros escritores, analistas del tema, hallaban la génesis de la crisis en una situación económico-laboral: el descenso del número de puestos laborales, como consecuencia de una remodelación en los precios de las materias primas.

 

          Se venía de un momento esplendoroso del capitalismo. Algunos consideraban que dicha duración placentera y altamente rentable para el capital iba a ser de un muy largo alcance, de manera que algunos pensadores, como Marcuse y Fromm, afirmaron que, conseguido el despegue y sosiego material, resultaba del todo necesario dedicarse a moralizar la sociedad.

 

          Dos palabras encontradas: capitalismo y moralización. Considero evidente, aunque a la situación se la intente maquillar para que tal evidencia no sea tal, que detrás de la crisis integral de la sociedad está el más recalcitrante y cavernario  capitalismo. Es el capitalismo internacional, y de ninguna de las maneras las ideologías, quien mueve los hilos del mundo. Las ideologías fueron engullidas por el capitalismo. El capitalismo es quien incuba las ideologías que en cada momento interesan, las sopla, las infiltra, las apoya y las hace imperar, o las mata cuando no le interesan. El capitalismo pone y quita presidentes de gobiernos y dirigentes sociales, marca los destinos de los pueblos, controla el ritmo de la historia. El único criterio válido para el capitalismo, de antiguo y de nuevo cuño, es el culto denigrante, inhumano y vomitivo al dios Mammón, a la riqueza sacralizada.

 

          Este capitalismo, en aras a la consecución de sus fines, hoy como ayer, sabe que no se puede servir a dos señores, a Dios y a las riquezas, a Mammón. Y emborrachado de este, ha acometido una tenaz batalla contra Dios y cuanto a Él pudiera recordar. ¡Fuera Dios de la vida social! Es su proclama. A Dios se le arrincona, se le destruye y se le pretende arrancar del corazón humano. La lucha es tan programada, tan sutil, tan traidoramente librada, que tiene como su primer lugarteniente a la mentira. Se presenta como una lucha contra la Iglesia, como un deseo de una sana laicisidad, como un afán por proteger los derechos del hombre. No obstante, su humus desprende un tufo a sentido maniqueo de la vida. En la tierra sólo existen los buenos y los malos. En este segundo grupo encuadran a quienes creen a todo trance en Dios y a Él intentan amoldar sus vidas. En el primero, están ellos.

 

          La mejor manera de conseguir los fines de este capitalismo es impregnar a la sociedad de tópicos y de mitos falaces. En el fondo, el objetivo primordial pretendido es privar al hombre del sentido de la trascendencia, e imbuirle de una mendaz y espasmódica ansia por el placer y el consumo. El capitalismo considera al ser humano sólo como un sujeto de consumo. La consigna es consumir, consumir y consumir. Al ser humano se le priva de corazón, de pensamiento, de capacidad de amor, de afán de búsqueda, de sentido crítico, de lucha por conseguir logros cada vez más ennoblecedores. En lugar de todo ello, se incentiva que el ser humano se contemple como estómago y sexo, sólo como eso. Para la consecución de estos logros todo vale. La persona no pinta nada. Los más desvalidos son las víctimas propicias.

 

          Es momento de moralizarse y de moralizar a la sociedad. Es momento de recuperar las ideologías. Es momento de que rebroten los espíritus luchadores por la verdad, la libertad, la ética y el verdadero progreso… de todos. La humanidad se juega su futuro, hoy en manos del capitalismo más feroz. El ser humano ha de encontrar sus a priori, no dejándose embaucar por los a posteriori impuestos. Considerado el ser humano sólo como ser biológico es un ser incompleto y tarado, ha de ser considerado como un ser integral, porque en ese todo es donde halla la causa de su vivir y actuar, de su ser en suma. Dejo fluir libremente las palabras de León Felipe:

 

“Amigos, escuchadme: No hay más que dos posiciones en el mundo: la de los que quieren la paz y la de los que quieren la justicia. La paz hoy la quieren los mercaderes porque con ella se hacen mejor las transacciones y los cambalaches. Y la justicia la defienden los poetas y el hombre prometeico porque con la justicia se camina hacia la luz y la renovación. No importa lo que pueda acarrear la defensa de la justicia; podrá traer consigo la ruina y la desolación, pero el hombre se habrá salvado siempre. Y si el hombre se salva, la victoria es suya: del hombre. ¿Y qué otra cosa importa sino el hombre? ¿O es que estamos aquí para servir al mercader, al go-getter y al pescador de caña? […].


15/12/2009

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