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  PADRE CARRETO O LA VIDA COMO GOZO

 

Los recuerdos de niño son los que nunca se olvidan, máxime cuando se reafirman ya de adulto, máxime cuando se comentan mil veces con aquellos con quienes los viviste, y máxime cuando tales recuerdos forman parte de la conciencia de un sector del pueblo. El padre Juan Carreto Aparicio, por los inescrutables misterios de la existencia, ya en vida, y durante un largo periodo de ella (una década), pasó de la presencia física a la ausencia, primero mental y posteriormente física; de la viveza de su mirada, siempre pícara y sorpresiva, a un mirar sin norte; de sus palabras chispeantes y ocurrentes, al vacío de la incoherencia. Todo ello como consecuencia de los demoledores efectos de la enfermedad del alzheimer. Hace sólo unos días se descorrió el telón que ponía fin a su existencia terrena.

 

          Para quienes lo conocimos, respetamos y amamos, su trato y su conocimiento dejó en nosotros un reguero de admiración. Juan Carreto no fue creado para ningún trabajo sistemático y programado, lo fue para vivir intensamente la vida y para hacer participar a los suyos de su particular carisma. Diría que fueron tres los pilares de esta:

 

          Por encima de todo, el sentido lúdico de la existencia. Su fe en Dios le llevó a sentirse, en todo momento, cobijado, amparado y libre, esencialmente libre. No fue don Juan hombre atado ni condicionado por nada ni por nadie. Fue siempre libre como un pajarillo del campo. Esta radical libertad le hacía no amilanarse ante nada ni ante nadie. Sus palabras salían con tanta claridad como espontaneidad, si bien, por duras que fuesen en algún momento, las sabía impregnar de un tono humorístico que a todos hacía sonreír. Se reía de todo, a todo encontraba el lado lúdico, comenzando por sí mismo. Hombre de brillante oratoria y de portentosa memoria -era capaz de recitar y de dramatizar gran parte de los textos de autores clásicos, en los que era verdadero experto, como profesor que había sido de lengua latina-, jamás hizo alarde de nada de ello, sino para reírse de sí mismo y alegrar a los demás.

 

          Juan Carreto, en segundo lugar, siempre tuvo, sin esfuerzos postizos ni añadidos de virtud hipócrita, una actitud de perenne infancia. Su sintonía con los niños era total, pues todo cuando emanaba de él lo hacía próximo a estos: su mirada, sus bromas, su cuerpo pequeño y enclenque, sus juegos, sus carreras correteando con ellos. Ser niño en Juan Carreto era tan natural como la salida del sol al amanecer. Era… y punto. Sin más reflexiones ni divagaciones. Lo que era… era. Cual un niño, Juan Carreto disfrutaba de las pequeñas cosas de la vida. Nunca entendió ni pretendió ningún tipo de grandezas. En las aguas en las que nadaba a pleno gozo era en la de la gente humilde, gustándole afirmar de sí mismo que era “un cura rural, agreste y montuno”, porque, eso sí, dominaba como nadie la riqueza semántica de las palabras. Encontraba en ellas los significados más recónditos, y siempre terminaba gozando de sus más pícaros y lúdicos significados.

 

          Detrás de todo ello no había una persona superficial o indolente. Todo lo contrario. Observé, en muchas ocasiones, en tercer lugar, su radical desprendimiento, su pobreza vivida con tal alegría que convencía de que nada extraordinario hacía falta para vivir. Consciente de que nada habría de faltarle, de todo se desprendía. Nunca tuvo absolutamente nada superfluo, ni tan siquiera necesario. Lo mismo daba su escasísima ropa a quien la necesitase más que él, que las escuálidas pesetas que percibía. Meses hubo en los que, teniendo en el bolsillo de su sotana el sobrecillo con las pesetillas de su nómina, sin haberlo tan siquiera abierto, lo daba en su totalidad a quien le expusiese las necesidades que estaba padeciendo.

 

Juan Carreto pasó por la vida disfrutando de las más pequeñas cosas, de las cosas más insospechadas. Todo era para él motivo de gozo. Los niños que íbamos a Bonanza, una de las diversas veces en que fue párroco de aquella barriada sanluqueña, volvíamos, tras habernos divertido con el padre Carreto, tras habernos reído con sus ocurrencias, tras haber contemplado su generosidad, como salíamos del Teatro Principal después de las funciones infantiles de los domingos, queriéndolo imitar, como deseábamos hacer con los héroes que nos plasmaban en las películas. Con Juan Carreto se nos fue un maestro, un sacerdote de bien, un amigo fidelísimo, y una persona irrepetible. Creo, Juan, que seguirás, desde una ventana de la inmensidad del Dios a quien tanto gusta el estilo de vida que adoptaste, riéndote socarronamente de tanta inconsecuencia y de las estupideces de las que, con demasiada frecuencia, nos revestimos los humanos. Mira lo que un día escribiera tu paisano, Rafael Alberti:

 

Humo. Niebla. Sin forma,

saliste de mi cuerpo,

funda vacía, sola.

 

Sin herir los fanales

nocturnos de la alcoba,

por la ciudad del aire.

 

De la mano del yelo,

 las deslumbradas calles,

humo, niebla, te vieron.

Y hundirte en la velada,

fría luz en silencio

de una oculta ventana.

 

          Pues no, no me refiero a cuando algunos niños nos íbamos contigo a coger frutas de los árboles que, por supuesto, no eran tuyos, pero como si lo fueran por el cariño que te tenían todos y por lo que se reían de tus “cosas”, y, sorprendidos por la pareja de la Guardia Civil, al grito de “bajen inmediatamente”, tú lo hacías el primero, luciendo tu sotana negra con el alzacuello guardado en el bolsillo de la misma, escuchando las palabras de aquellos sorprendidos guardias: “Pero, don Juan, cuando quiera usted frutas, pídalas, que se les darán para usted y para los niños”. Y tú respondías, ante la carcajada generalizada: “Si, ya lo sé, pero entonces no nos divertiríamos tanto, y a los niños hay que enseñarles a reír”.


11/11/2009

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