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  ¿PERO CUÁNDO?

 

Desde luego, una vez tras otra, nuestros dirigentes políticos dan pruebas evidentes de carecer de vista de lince y de eficacia en su gestión. Ni adoptan las medidas adecuadas, ni lo hacen en los momentos oportunos. Y no crea que el fenómeno sea nuevo. Diría que no crea que sea planta que crece en un determinado partido político. Es un virus que ha atacado de siempre a muchos políticos y dirigentes sociales. El ciudadano de a pie contempla impotente cómo las propuestas, las medidas, los cambios, no son considerados esencialmente buenos ni malos, sino que su bondad o malicia provienen del color político y de la boquita de quienes lo propongan. Pásmese más. Quien hoy presenta una proposición parlamentaria se opone a la misma proposición cuando, tiempo después, es otro quien lo hace.  Y mientras, las nefastas situaciones de nuestra sociedad enraízan de manera alarmante.

 

          Viene al caso, un ejemplo más, con motivo de la propuesta del PP de que los profesores “en el ejercicio de sus funciones docentes y directivas tengan, a todos los efectos legales, el carácter de autoridad pública”. El mero hecho de su planteamiento es indicador de que, por poco que se conozca la situación de la enseñanza, esta no está para adopción de medidas tangenciales y oportunistas (esta o la que pudiera plantear cualquier otro Partido). El problema radical de este país no es exclusivamente la enseñanza. Esta no es sino un escaparate lúcido de cuanto está ocurriendo en este país de nuestras penas y alegrías. La violencia que existe en la familia, en la pareja, en el deporte, en la calle, en los medios de comunicación, en la televisión, es la misma que luego se traslada miméticamente  al centro educativo.  

 

          Una cosa es un acto y otra es un hábito. Los actos de violencia escolar se han adueñado, con tanta deleznable repetición en nuestras escuelas e institutos, que son en la actualidad un verdadero hábito. La violencia no es algo que se produce puntualmente, aunque así lo recojan los medios de comunicación, por lo noticioso que puede resultar un acto de violencia. La violencia, en demasiados casos, es un estado de vida, es un comportamiento habitual. Resulta una situación a la que peligrosamente se está acostumbrando la sociedad.

 

          Por supuesto que el tema educativo se ha de tratar de manera mucho más amplia, pero ya. Por supuesto que hace falta un pacto de Estado, pero ya. Por supuesto que los políticos y la sociedad toda se han de implicar en esta problemática, pero ya. Y esto no sólo porque es lo que hay que hacer. Y esto no sólo porque para eso cobran nuestros parlamentarios y gobernantes. Téngase en cuenta que si la sociedad en general no acaba con esta violencia, será esta la que acabará con la sociedad. En ello, todos perderemos. Unos más y otros menos, pero todos.

 

          Y no bastan las palabras tan frecuentes de la demagogia barata de los unos y de los otros. En el colectivo del profesorado hay de todo, como en todos los demás sectores profesionales, pero en este, aunque muchos profesores y profesoras sean extraordinariamente competentes, tal competencia resulta insuficiente ante el monstruo que poco a poco ha ido emergiendo. Algunos no pueden comprender esto, o tal vez no lo quieran, o tal vez no puedan por falta de algún granito de entendederas. Al parecer, resulta más difícil comprender cuanto está sucediendo desde hace muchos años desde el despacho oficial, desde la cálida tribuna parlamentaria, desde el mundo de la palabrería tan agresiva como ineficaz, desde el país de las maravillas de Alicia, que a pie de calle, echando callos en la garganta y en el alma, años tras años, en las aulas que otros han ido configurando. Penoso sería que el pueblo pudiese llegar a pronunciar, algún día no lejano, las palabras del Quijote: “Váyase vuestra merced, señor, norabuena su camino adelante, y enderécese ese bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato”.


03/11/2009

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