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  SIN COMPÁS Y SIN ESPÍRITU

 

La tendencia del ser humano a la sociabilidad, así como la particular estructura de aquel, hacen imprescindible que, para un buen funcionamiento del todo, haya de existir una coordinación y armonía en la actuación de sus diversos componentes. Otro tanto en la vida social y en los diversos organismos que la componen. Las contradicciones y las anarquías funcionales llevan al caos celular en los humanos,  y al desorden y a la muerte de la propia vida social.

 

          Y es que en nuestra sociedad de la primera década del XXI imperan dos factores demoledores que la minan, destruyen y prostituyen: la improvisación, en vez del orden racional; y el más chato materialismo, en lugar del espíritu vivificador y animador de toda la vida. El sentido común, la armonía de contrarios -sin que estos tuvieran por ello que hacer dejación de sus bagajes-, la programación posible, sensata y justa en quienes rigen la vida social, la luz y el taquígrafo, así como otras actitudes que dignifican a los humanos brillan por su ausencia. Los eufemismos, cuando no los ocultamientos o las mentiras más desvergonzadas, se enseñorean en la vida social. A una guerra se la califica de “misión humanitaria”; a unos pactos en las cavernas para mantenerse en el poder, de negociaciones para buscar la armonía social; a unos atentados contra la solidaridad que generan en el país autonomías de primera y de segunda, de lógica defensa de la propia identidad; a una radical crisis económica -verdadero cáncer de todos, pero especialmente de las clases populares-, de una mera y transitoria burbuja inmobiliaria; a una pretensión de destruir el espíritu y la letra de la Constitución, de expresión de la singularidad de algunas regiones históricas; y a una leche, un café café. Para muchos problemas, cortinas de humo.

          Todo ello se adoba, para más inri, con unos tiránicos barnices de materialismo brutal. El materialismo va contra la esencia de la naturaleza humana, que, aunque se quiera imponer como se quiera imponer, no puede prescindir de su esencia espiritual. Entiéndase este término como las facultades inherentes al ser humano (amor, belleza, sentimiento, solidaridad, pensamiento, capacidad de búsqueda, libertad, derecho a la vida, derecho a un vivir digno y cuántas cosas más), así como aquellas otras que trascienden el entorno para adentrarse en el misterio de la trascendencia. El ser humano es una unidad. Pretender quiméricamente romper todo lazo entre Dios y el mundo, entre la Vida y la vida, sería romper la esencial unidad del ser. Dios es principio de unión, su carencia o rechazo lo son de dispersión e inacabamiento. Quien, en el supuesto nombre de Dios, desune y destruye, miente y utiliza el nombre de Dios tan impuramente como en vano. Porque nada se ha de imponer. El ser humano tiene las facultades para hallarse y para hallar. Las imposiciones, descaradas o sutiles, atentan contra la dignidad de los humanos. Que el hombre y la mujer sean y se sean. Que piensen, sin las cadenas de que otros lo hagan por ellos, Que sientan y actúen, sin que nadie les imponga sentires o actuaciones.

 

          Sobran de la sociedad pensamientos malintencionados, desconfianzas mutuas, razonamientos retorcidos, poderío de los necios, estratagemas, deslenguados, porque “no hay frase solapada que caiga en el vacío”. Faltan referentes que induzcan a la honradez, que velen por los necesitados, que destierren las mentiras sociales, que arranquen de raíz todo cuanto sea un atentado contra la dignidad de la persona humana. Hacen falta hombres y mujeres de raíces sanas y fértiles que, en el clima del mayor de los respetos a todas las opciones vitales, hagan posible que esta sociedad no siga marchando a la deriva “sin compás y sin espíritu”. Me quedo con esa sociedad, por utópica que pudiera resultar. Es aire sano para los pulmones del dolorido ser humano de nuestras épocas visualizar el humanismo respetuoso que un día plasmó en sus versos el poeta Manuel Barbadillo:

 

Viejecitas de luto,

tristes hileras

de rosarios y velos,

de libros y oraciones

y de tristezas,

que salen cuando el ángelus

los cielos llena.

Ancianidad que busca,

mientras que reza,

cielos en los altares

de alguna iglesia.


27/10/2009

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