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  LAICISMO POSITIVO

 

 La mañana había amanecido esplendorosa. Todo en Jerez de la Frontera olía a fiesta. Era el día de la Patrona, la Virgen de la Merced. Llegaba la hora de la celebración de la solemne Eucaristía, que iba a presidir el obispo Mazuelos, y en la que la alcaldesa de la ciudad, Pilar Sánchez, iba a renovar el Voto de Jerez a la Señora.

          La gente entraba en la Basílica, la iba abarrotando a medida que se aproximaba la hora del comienzo. A sus puertas, de una mujer, de cuerpo retorcido y con las indudables señales del dolor, de la miseria y de la marginación, salía un grito chirriante, desgarrado, diría que casi enloquecido y enloquecedor. Pedía, como si le fuese la vida en ello, unos euros que llevarse al bolsillo de sus miserias. Los cantos de entrada de la coral, o no sé si alguna persona, acallaron aquel grito, aquel lamento, aquella angustia. Se hizo el silencio. Comenzó la Eucaristía.

          Llegó el momento de la renovación del voto. La alcaldesa Pilar Sánchez, con voz dulce, melodiosa y acompasada, lo renovó. Bello fue su decir. Más gratificante aún su contenido. Unía en él la alcaldesa el tradicional sentimiento de religiosidad del pueblo jerezano, expresado en la devoción a su Patrona, María en su advocación de Señora de la Merced o de las Mercedes, con su inquietud por los problemas sociales de la ciudad de Jerez de la Frontera. Por sus palabras fueron desfilando oraciones y súplicas a la Merced por las familias, por los niños, por los jóvenes, por los ancianos, por los problemas sociales, no faltando la inquietud, expresa y expresada, por la situación de los trabajadores de la Fábrica de Botellas. Pilar Sánchez estaba haciendo ejercicio de su noble tarea de unir a todos, huyendo de los departamentos estancos que tanto dañan a todos. La alcaldesa lo es y lo ha de ser de todos, y dentro de esta totalidad hay una realidad poliédrica, plural, con mayorías y con minorías, pero quien gobierna con plena solicitud lo ha de hacer en nombre de todos, y tal gobierno ha de ser por todos respetado. Proclamó unas palabras de amor y de libertad, así como el respeto al “amparo que dan los años de historia”. Definió a la ciudad como “el Jerez eterno, inmenso, que sabe de devociones añejas”, tan importantes en la historia jerezana. Abogó por el aliento de la esperanza, por el optimismo, por la conciencia solidaria frente a los egoísmos, para lograr así una ciudad más justa y próspera. 

          El obispo Mazuelos, en su posterior homilía, expresó la fórmula del “laicismo positivo”. Estaba definiendo claramente el prelado la realidad allí evidenciada. Mazuelos, cabeza de los fieles de la diócesis de Asidonia Jerez, ejercía su función de enseñar, de predicar, de presidir, de profetizar, de regir a los fieles. Sánchez, en la suya, estaba representando dignamente al pueblo que la eligió para alcaldesa de Jerez de la Frontera. 

          Los pensamientos se debatían entre las palabras y el grito. Son tiempos de colaboración de todos en una tarea común. No debe haber contradicción alguna, y aún menos encarnizados enfrentamientos, entre quienes se afanan por el bienestar del pueblo, sobre todo por el de los más necesitados y desgraciados. Ha de imperar la libertad, en nuestro país, sin fisuras en ambas esferas sociales, para que quienes tienen obligaciones de servicio la puedan ejercer sin inconveniente alguno. Urge un laicismo positivo. Urge que desaparezcan las desconfianzas mutuas. Urge que emerja el entendimiento. Urge que la intención de verdadero servicio sea el motor de todos. Urge que quienes gobiernan lo hagan desde el conocimiento de las verdaderas necesidades de los ciudadanos, pues sólo el contacto próximo, solidario y cálido con esas realidades es el capaz de extirpar las miopías con la que muchas veces actúan nuestros gobernantes. A más altura de poder, más desconocimiento. A mayor desconocimiento, medidas más disparatadas y prepotentes. ¿Por qué los entendimientos y colaboraciones que se dan en ámbitos gubernativos “inferiores” se enconan a medida que los personajes ostentan más poder en la sociedad?

          Un laicismo que pretenda arrinconar una parte trascendental del ser humano, el sentido sacro y trascendente de la vida, a más de ser erróneo e injusto, es de una miopía alarmante. A la larga, sus argumentos se le revertirán en su contra. Con una crudeza radical lo expresó Bernanos en su novela Diario de un cura rural: “[…] ¿De qué os serviría fabricar la misma vida, si habéis perdido el sentido de la vida? No os queda más que saltaros la tapa de los sesos delante de vuestros tubos de ensayo”.

          El laicismo radical, prepotente y cavernario, hunde sus raíces, en muchas ocasiones, en un desconocimiento supino de la verdadera esencia de las religiones, pues, tanto en la historia como en la época actual, muchos hechos se enjuician por lo que se ve, o se quiere ver, o se manipula, en la punta del iceberg. Bajo la punta del mismo, existe una esencia de la que es una suma torpeza pretender prescindir, porque nada de lo humano es ajeno a los hombres y mujeres de verdadera fe en la trascendencia. Con un laicismo positivo será posible atender a los gritos de tanto gente sin voz que, como la mujer de cuerpo retorcido de la puerta de la Basílica de la Merced, demanda y espera una solución a su desgarrada situación de carencia de bienes materiales y espirituales. También a mí como a ti, admirado Albert Camus, “La avidez, que en nuestra sociedad hace las veces de la ambición, siempre me divirtió”.


13/10/2009

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