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  ÉTICA, ESTÉTICA Y VACÍO

 

          Cada vez resultan menos vigentes los conceptos de generación literaria. En tiempo fueron posibles. Había elementos que configuraron una determinada forma de ser y de actuar ante la vida, forma de ser que quedó plasmada en similitudes a la hora de que quienes pertenecían a la misma generación escribiesen sus obras literarias. ¿Ya está, usted, aquí? Vaya por Dios. Échese un cigarrito y déjeme escribir.

 

          De alguna manera, el anterior principio me parece válido a la hora de observar y analizar las diversas generaciones de jóvenes de las últimas décadas. La primera generación que conocí la denominaría “ética”. Aquellos jóvenes de las décadas de los sesenta y setenta creían en el futuro, valoraban la lucha social, practicaban el esfuerzo como herramienta para conseguir lo que pretendían en la vida… y lo alcanzaron. Sí, sí, ¿que a esa pertenecía usted? Reconozca que fue el primer niño nacido en el siglo XX. Que no me callo, so cateto, que esto no es una máquina de escribir,  ni tiene por qué hacer ruido. Así, así me gusta.

 

          Llegó posteriormente, adentrado en los ochenta y parte de los noventa, un cambio radical. Las anteriores características generales de la juventud cambiaron radicalmente. De la “ética” se pasó a la “estética”. Ya no valía tanto el ser, el luchar, el pensar, el comprometerse, sino el sentir, el disfrutar, el actuar no por razones éticas, sino por resortes estéticos. Era válido lo que gustaba, aunque esto estuviese desprendido de cualquier tipo de valores. No me interrumpa, hombre… ¿no ve que estoy pensando? ¿Que nadie piensa en este país? ¡No pensará, usted! Venga, calladito, que luego le voy a invitar a un gorrión en la Tabernita de Pepe. Se dejó de pensar. El futuro no era objeto de planteamiento, ilusión, afán y trabajo. Decayó el interés por los estudios académicos. La vieja amistad se sustituyó por el “coleguismo”, la conversación profunda por el ruido y la banalidad. Los padres y dirigentes de lo público aún no habían tomado conciencia de la gravedad de la situación que se iba creando.

 

          Pasaron unos años. Vimos terminar un siglo y alborear otro. Comenzaron a ser objeto de sorpresa y, en casos, de indignación, aquellos comportamientos juveniles, y en ocasiones hasta infantiles, que los Medios de Comunicación comenzaron a airear. El nivel de la calidad de la enseñanza cayó en picado. La incultura se generalizó. Las medidas educativas no sólo no encauzaban lo que difícilmente se podía encauzar, sino que venían a agravar una situación ya de por sí bien grave. Un colectivo tan importante, como el de los enseñantes, se venía abajo, atacado del radical sentido de impotencia. Los padres no sabían qué hacer. Muchos optaron por el abandono de sus deberes, dejando que sus hijos e hijas -¡qué letrado es usted!- campearan a sus anchas. Se hizo proverbial la frase de muchos padres: “Y que le voy a hacer… lo…”. No me da la gana, no lo digo. Bueno, esa es su opinión… pero mientras hay vida hay esperanza. Además, si sus hijos son ya abuelos. Péguele al cigarrito. Pero, hombre, que se le cae la ceniza en la chaqueta. ¿Abrase visto? La generación estética había muerto. Había nacido la del “vacío”.

 

          Los ideales de otro tiempo (éticos o estéticos) fueron arrinconados. Los sustituyeron unos nuevos compañeros de viaje: el alcohol, la droga y la violencia. Un sentimiento innato de mera subsistencia para llenar un lacerante vacío llevó al botellón. Los jóvenes se encontraban porque necesitaban compañía. El vacío, la imperiosa necesidad de evasión de la nada, la insatisfacción, el sin sentido, el pleno desinterés por el futuro, la resistencia a abandonar las casas paternas, la falta de solidez de sentimientos como el trabajo o la amistad o el amor, la vaciedad social, la desesperanza, y cuántas cosas más, han llevado a muchos jóvenes a buscar, como antídotos, la violencia por la violencia, la imperiosa necesidad de destruir arremetiendo contra personas, coches, árboles, enseres públicos, o simplemente a concluir la noche eterna rompiendo toda clase de botellas, o cuanto se ponga al alcance.

 

          Pues, sí, mire usted, es verdad. Me he puesto muy serio. Ehhhh, que usted dale que dale, y se ha cargado ya cuatro cigarrillos. ¿Qué cómo lo sé? Pues mirando las colillas que ha tirado usted al suelo. Vaya, vaya, y luego a rajar de la alcaldesa… Esta sociedad está radicalmente enferma. Necesita una terapia urgente. No son ya tiempos de enfrentamientos, sino de tolerancia y consenso. O políticos, educadores, enseñantes y toda la gente de buena voluntad se ponen manos a la obra, o el enfermo morirá, pero lo peor es que se irá llevando mucho por delante.

 

          Hace años lo cantó un poeta, madurado en las aulas, en sus Galas de la rabia:

 

La luz se ha alargado.

Se siente la mesa rodeada,

mentes aturdidas, corazones arrítmicos,

papeles mojados de sangre envenenadora.

Aquí no, aquí no llega la luz,

ennegrecida patológicamente por los rincones.

Callan las voces educadoras sorprendidas.

 

Reina el grito. La agresividad triunfa.

Olvidados quedan los protagonistas de la mesa.

Una sonrisa de hiena se adentra en la noche.


22/09/2009

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