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  COMO QUE NO ME FÍO

 

          Canas sí que peino, pero no han pasado tantos años desde mi primera comunión. Aún así, aún recuerdo, y mire que el recuerdo es el olvido, cuando por las calles los niños podíamos jugar a lo que nos diese la gana, porque la imaginación es la mejor arma del pobre; cuando nos perdíamos por el “huertecillo” y aquello nos parecía el “Oeste” de la Almería de Jolibú; cuando por El  Pino jugábamos al fútbol con un balón hecho de tela e incluso de papel, muy atadito todo. A pobres nadie nos ganaba, pero a limpios tampoco, con limpieza de jabón verde y lebrillo de lavar, y con algún que otro pellizco “retorcío”, especialidad de la casa de las madres que de ello se preciaban, y la mía se preciaba como la que más.

 

          Y mire por donde las cosas estaban como tenían que estar. Los arroyos bajaban de la Barranca con agua limpia como los chorros del oro; ni una lata de esas de las bebidas de cualquiera de los grandes almacenes; ni una bolsa de plástico; ni una de esas bolsitas alargadas que parecen como fundas de las cañas de lomo de El Bosque, que se abandona donde a cada cual le sale de sus entretelas; ni un coche del niñato de turno, con más cadenas al cuello que los presidiarios de antaño –ay, mis Mirris, cómo cantaban, eso sí que era arte del güeno; el tuyo también mi querida Encarna–; ni la noche de la iguana del John Huston americano cuando, enloquecidos, salen todos los perros… a lo suyo, a cagar y a mear, mientras que sus dueños, cuando alguien les dirige una mirada de mala jidea, cansado de estar harto de pisar mierdas tras mierdas y de dejar luego un verdadero mosaico en el salón, miran displicentemente para el Coto de Doñana. Y esto si te protege san Antón, que si no la cosa puede llegar a mayores.

 

          Ah, y el campo, y las zonas verdes, porque cada cosa estaba para lo que estaba. Una Calzada que se reía sola, un Parque del Pino que ríase usted del mismísimo Retiro, una Jara que era un placer ir a ella… andando, y aquella Colonia de Monte Algaida, cuyas arboledas arrancaban del mismísimo Pino, y una playa enorme, selvática, con sus fortines, con sus médanos, pero natural como la vida misma, y aquel remanso de la “senda de los elefantes” por la que los alumnos de El Picacho corrían más que Odonkor porque les llegaba la hora del cierre de las puertas de la Residencia.

 

          Pero, llegó el tiempo de los “Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como”. Y los Juanes, Juanitos y Juanetes –que de todo hubo– se tiraron al monte, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, pero con las malitas intenciones de este, y quisieron ganar en poco tiempo más que los siete niños de Écija… y ¡zas¡ una escavadora por aquí, una grúa por allá, y venga a tirar, venga a derribar, y cemento, venga cemento. Que aparecía un restito de la antigüedad… venga cemento; que de una casa de tronío histórico o artístico podían hacer un gran negocio especulativo, pues a tirarla, y si era de noche y con alevosía, po mejor que mejor; que una calle, por la estrechez de sus aceras, era un castigo para los transeúntes, pues a hacerlas más chicas para que se construyeran carritos de bebé de una sola rueda, y chismitos pa la buchaca; que se iba a construir un bloque de viviendas, pues a buscar el mejor sitio… un parque. ¡Serán brutos! ¡Ay, Dios mío, qué ruina par cuerpo! Pues, para esto, Virgencita, no se saca a los niños a la calle. Mejor déjanos como estábamos, porque yo como que no me fío.


25/08/2009

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