Mis comentarios ...

  SOR ÁNGELA DE LA CRUZ, SANTA (y V).

 

 

 

MADRE, UN REGALO DE DIOS

 

 

No hay vida sin cruz. Es la compañera de viaje. Hay quienes en todo momento histórico, y más acentuadamente en la actualidad, se han apuntado de manera más o menos consciente a la vivencia de que “cruces que no se ven no existen”. Las cruces simbólicas, signos  –para muchos mera expresión cultural o artística– de una venerable tradición, se lucen en algunos días del año. Las cruces reales se ocultan, se callan, se silencian, se quitan del público. Con ello el hombre de hoy se construye una efímera sociedad de un placer de humo. Diciendo que la pobreza no existe, casi se cree ingenuamente que de verdad no existe. Diciendo que en la moderna sociedad del bienestar las necesidades de todos están cubiertas, pues mira, de tanto y tanto repetirse, queda en la subcultura el sonsonete alineante.

Mientras tanto, el hombre de hoy navega a duras penas por una sociedad deshumanizada, deshumanizante y deshumanizadora. El ruido ha venido a sustituir la paz de los encuentros personales. El griterío apaga la sabiduría de los viejos. Muchos profesionales de las más diversas ocupaciones se sienten como “desencajados” de su tarea. Las familias son en muchos casos lúgubres nidos de sufrimiento. Es excelente el progreso que venga a enriquecer integralmente a la persona humana, mas no el que se fundamenta en la mentira, en la ilegalidad y en las mil formas de sutilezas descaradas de explotar y dañar a la raza humana con los más viles pretensiones y finalidades.

Mutatis mutandi, la sociedad decimonónica en la que le tocó vivir a Ángela Guerrero González, luego Ángela de la Cruz, Sor Ángela de la Cruz, Sierva de Dios Sor Ángela de la Cruz, Beata Ángela de la Cruz, y definitivamente Santa Ángela de la Cruz, era prima hermana de la actual. Ángela, vaciándose de sí misma, supo encontrar el camino testimonial de dar una respuesta a sus contemporáneos. No lo hizo desde el terreno de una cultura elitista que ella no poseía. No lo hizo desde la exposición de un pensamiento social o religioso para cambiar las estructuras; su pensamiento, fruto tan sólo de lo intensamente vivido, lo expone de una manera asistemática, carente de academicismo, pero con un aroma a autenticidad, a ir a lo que se tenía que ir, a atender a quienes lo necesitaban, pues era bien consciente de que ella y sus Hermanas tenían que atender la necesidad nuestra de cada día. No lo hizo desde los exuberantes despachos donde se planifican proyectos que “cambiarán la faz de la tierra”, sino desde los suburbios, desde las casas de vecinos, desde las habitaciones miserables a donde nadie quería entrar. Donde había una llaga, allí estaban ella y su Hermanas.

Claro que quienes están más o menos borrachos por la cultura que se ha venido estableciendo en la sociedad actual, y que se encuentran bien a gusto asegurados en los palcos de la ostentación, o del despilfarro, o de la palabrería vacua, o de la violencia como oxígeno en que todo queda, ven “con profunda paz” y “tan a gustito” los toros desde la barrera. Los problemas para los otros. Las cruces para Semana Santa.

Pasó también en tiempos de Ángela de la Cruz: algunos de sus contemporáneos dogmatizaban: que si eran unas locas, que si con tanta penitencia no iban a llegar a ningún sitio, que si llamaban la atención con aquellos hábitos de pordioseras, que si su ideal de vida religiosa era llevar el barroquismo sevillano a grados extremos, que cómo se les permitía mendigar, qué a dónde iban aquellas mujeres a altas horas de la noche, que cómo se atrevían a acercarse a los apestados, tras lo que  podían transmitir “los males” que había en las casas más miserables...

Ángela y sus Hermanas, al pico. Abnegación + pobreza suma + penitencia + oración + alegría = amor a Cristo crucificado y servicio incansable a los pobres y abandonados. La “filosofía” de Ángela de la Cruz es de una sencillez aplastante, sí, pero de cuánta generosidad... Desde el Crucificado, sabe que todo lo que ella ama está crucificado. El amor se hace expansivo, inequívocamente mimético, pues todo lo que es de su Amado es amado por quien ama. Está su Amado en los crucificados, en los desamparados (los que no gozan del amparo social), no en la grandilocuencia ni en los dogmatismos humanos, así que a servir los fragmentos doloridos del Amado. “Besar los pies de los enfermos es besar al propio Cristo crucificado”, decía Santa Ángela de la Cruz a sus Hermanas.

Santa Ángela vivió incansablemente la locura del amor, hasta los más mínimos detalles (que el amor cristiano o son detalles mínimos o no es nada, sólo vacua palabrería monserguera), con delicadeza de mujer y andaluza, con chispa, con viveza, con constancia, sin remilgos ni medianías, pero, eso sí, sin ostentación ni pretensiones, cosida a la santa indiferencia por todo lo que no fuese Cristo Crucificado y los otros cristos dolientes. Esta Rosa samaritana es la que Santa Ángela de la Cruz dejó sembrada en la tierra en los fértiles corazones de sus Hijas:

 

“Un solo amor debe reinar en su corazón (se refiere a la Hermana de la Cruz) y ha de ser el amor a la Cruz, a Jesús Crucificado, que se esconde en los pobres y en los que sufren”.

 

Y por aquello de que “algo tiene el agua cuando la bendicen”, qué grandeza la de Santa Ángela de la Cruz, admirada, respetada y querida desde las diversas laderas de la vida: los munícipes republicanos del Ayuntamiento de Sevilla, algunos pretendiendo desligar su loable tarea de “las connotaciones religiosas”, pero todos por unanimidad reconocieron en 1932 la grandeza de Sor Ángela y roturaron la Calle de los Alcázares con su nombre; en tiempos de persecución religiosa se hizo guardia en las puertas de algún convento de Hermanas de la Cruz para que nadie osase dañarlas; sin la menor duda, el pueblo, sin añadidos culturales parasitarios, tiene bien afinado el olfato para ver dónde se encuentra el rostro de Cristo.

 

Un santo es un testigo fiel de Cristo en medio del mundo. Es un regalo de Dios. Es un referente hacia Cristo. Es la plenitud de las capacidades que existen en la raza humana. Es una lucecilla encendida para que la gocen todos los hombres de buena voluntad. Es el amor de Dios hecho radicalmente solidaridad con cada ser de la naturaleza. “La radicalidad con la que amaba a Dios la llevó a la radicalidad con que amó a los pobres, porque este amor a los pobres no era sino una dimensión intrínseca de su enorme amor a Dios “(Mons. Del Río Martín, Ibídem). Santa Ángela de la Cruz es un regalo de Dios. La Iglesia de Cristo, en la persona de su Vicario en la tierra, Juan Pablo II, así proclamó. ¡Bendito sea Dios!


29/04/2016

Desde el 1 hasta el 1 de un total de 1
1