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  SOR ÁNGELA DE LA CRUZ, SANTA (IV).

 

 

 

POR EL ANONADAMIENTO A LA SABIDURÍA DE LA CRUZ

 

 

La ascética radical, el anonadamiento, el vaciamiento de sí misma (que no es una etapa cronológicamente acabada en un punto, sino una constante que le acompañará en toda su vida, pues no habrá rosa sin espina, ni amor sin abnegación) le llevará al descubrimiento, a la vivencia y al compromiso testimonial con la sabiduría de la cruz. ¡Y con qué hondura, Dios, y con qué intuición más lúcida...  con la que estaba cayendo, y de manera particular sobre la Iglesia,  en aquel siglo decimonónico! 

Ángela de la Cruz trasciende la loable actitud cristiana de aceptar las cruces que van saliendo en el camino de la vida. Eso es poco para seguir al Señor crucificado. Ella sale al encuentro de la cruz, se abraza a ella  frente a frente al Señor crucificado, se crucifica en ella, cosida “con los clavos del temor, de la esperanza y de la caridad, para que no me separa jamás de Vos” (Un tesoro en vasija de barro, número  251). Ahí descubrirá los místicos dulzores de las amarguras, las perlas preciosas para formar la corona eterna, el garbo de la alegría, el amor, la felicidad, la identidad y hasta la “mejor de las apologías” con la que se le puede dar los auténticos “revolcones al mundo” (Ibídem, número 243). 

No es, patente está a todas luces, una búsqueda del anonadamiento por el anonadamiento, que este no es un fin en sí mismo de ninguna de las maneras, sino un medio, un instrumento, un camino para el amor, núcleo del encuentro con el Cristo muerto y resucitado, por ello escribirá la santa:”La cruz no está en impresiones, no está en sentimientos ... (Ibídem número 248), el amor es lo único que endulza las amarguras de este santo madero...” (Ibídem número 245). 

Santa Ángela de la Cruz, crucificada por amor, descubre la profundidad de la sabiduría de la cruz. No está llamada a ser una contemplativa a secas, como tampoco una religiosa de vida activa a secas. Está llamada a ser una contemplativa de vida activa. Está llamada a ser la Rosa Samaritana en plena modernidad. Está llamada a sembrar, cuidar, fertilizar y extender un jardín de rosas que, con las espinas de la abnegación clavadas en el alma, ofrezcan los suaves pétalos de la generosidad sin límites, sin límites de ningún tipo (La Hermana sólo dejará la oración para cuidar a un enfermo y necesitado, escribirá Santa Ángela) allá donde exista la miseria. 

Ángela tuvo la revelación, como siglos atrás Francisco de Asís, de que para acercarse a la miseria no lo podía hacer “desde arriba”, sino “desde dentro”, y desde bien dentro. “Yo la más pobre”. El carisma de las bienaventuranzas sólo lo podrá entender el pobre si viene de uno más pobre que él. ¡Con qué autenticidad lo transmitió la santa: “En la pobreza está el secreto de las riquezas...”, “la purificación del corazón”, la razón de “socorrer a los necesitados”, “la paz”, “el gozo de ser mendigas” “el perdonar las culpas de los desgraciados”, “el dar la mano a los miserables, y mientras más caídos  y más miseria, más objeto tiene la misericordia”, “el derramar a manos llenas las limosnas para sacarlos de la miseria del cuerpo, y así poder atender el alma”. 

Estos principios los habían formulado con anterioridad otros ascetas y místicos, pero Santa Ángela de la Cruz los formula y sobre todo los vive, los transmite a sus Hermanas y los hace vivir con la simple sencillez y la hondura inconmensurable del corazón inmenso de una mujer de pueblo, de un pueblo tan interiorista, tan viejo y tan sabio como el pueblo andaluz. Y la que escogió el camino de la virginidad se convirtió en la Madre capaz de escribir unos pensamientos que pueden considerarse como una auténtica joya de la espiritualidad cristiana. A otros les tocó hablar, a ella “dar trigo”; y... ¡con cuánta abundancia! 

 

Con tanto dolor como generosidad heroica, Santa Ángela de la Cruz cerró un itinerario de vida consagrada, depositado en manos de sus Hijas, que sigue teniendo una profunda actualidad, “porque no son solamente personas compasivas que por ello se vuelven sobre los necesitados. Son víctimas ofrecidas al Señor para vivir en ese estado de inmolación, muertas al mundo, vivas para Dios, en permanente imitación y sintonía espiritual con Jesucristo, la Víctima que se inmoló de una vez para siempre (Hbr. 9,28; 10,12-13)”, en palabras del Arzobispo Castrense, Doctor don Juan del Río. La fidelidad de las hermanas de la Cruz al espíritu de Madre hace que su carisma siga vivo. Quienes las contemplan se interrogan, quienes experimentan sus acciones quedan agradecidos para siempre, quienes titubean en su itinerario descafeinado por los valores del espíritu ven en su radical vivencia del mensaje evangélico una esperanza para un nuevo tipo de humanidad.


29/04/2016

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