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  SOR ÁNGELA DE LA CRUZ, SANTA (III)

 

 

 

LA ASCÉTICA DEL ANONADAMIENTO

 

 

“El monte Calvario. Nuestro Señor enclavado en la cruz y la cruz levantada de la tierra. Otra cruz a la misma altura, pero no a la mano derecha ni a la izquierda, sino enfrente y muy cerca... en aquella cruz que estaba frente a la de mi Señor debía crucificarme con toda la igualdad que es posible a una criatura...”.

(Primeros escritos. 22 de Marzo de 1873).

 

 

Todo santo sigue a Cristo. “Cristo... se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos (Fil. 2,6)”. Ángela de la Cruz entra en el misterio de la cruz. Ella, por amor, ha de hacer lo que su Señor hizo por amor. No sabrá tal vez qué significa “anodadarse”, pero sí sabe que su vocación le lleva a apocarse, a humillarse, a abatirse, a reducirse a la nada.

 

Y comienza su tarea. Orientada por el padre Torres ciertamente, pero se trata de su tarea (personal e intransferible) y la de su Amado, Cristo Crucificado. Comienza una lucha interior desconcertante y, en ocasiones, desconcertada, por llevar a efecto este vaciamiento de sí misma y de todo cuanto le rodea. “A mí me quiere nuestro Dios desconocida de todo el mundo, de tal manera que no vea en mí otra cosa que una gran pecadora cubierta de deshonra y de ignominia”, escribirá.

 

Sus escritos van plasmando crudamente unas veces, sentimentalmente otras, con ingenuidad y humor popular en las más, la trayectoria interior por la que la Santa va recorriendo esa primera etapa de la mística que ha venido a denominarse en los tratados de esta ciencia como la “Vía purgativa”. La experiencia de Ángela no es un aprendizaje. Su trayectoria no es un mesticismo de corrientes diversas de espiritualidad. ¿Qué sabía ella? Confiaba ciegamente en el padre Torres y, sin la menor duda, la austeridad del padre Torres, la exigencia, la abnegación, la entrega a los pobres y desgraciados de la sociedad, su observancia jesuítica de la “vida espiritual” influirían en Ángela, como, con posterioridad, harían el padre Álvarez y el padre Soto. Pero, aunque Ángela no tenga conciencia de ello, poco a poco va soltando amarras. Se va adentrando en una experiencia de Dios, en una identificación de la realidad salvífica de la Cruz de Cristo, que la hará original y única.

 

Pasa Ángela de la Cruz por la “noche oscura”, como tantos místicos y tantos santos. “Noche oscura”, fenómeno de búsqueda del Creador por parte de su criatura, del Amado por parte de la amada. Fenómeno común, pero siempre único, intransferible, incomunicable (“No puedo explicar”, “esto me arrebataba”, escribirá la santa mística, quien en esa imposibilidad comunicativa recurrió, como los grandes místicos, a las metáforas, a las alegorías y al uso excesivo de los puntos de exclamación). Es un desierto que cada místico ha de recorrer solo, en soledad tan atormentada como fértil. Noche oscura de dudas, de inseguridades, de titubeos, de miedos, mas de caminar constante, porque un Imán misterioso, oculto, sobrenatural, atrae de manera irresistible. Podrán aparecer oasis, mas hay que continuar atravesando la sequedad del desierto, hasta “vivir sin gusto, sin deseo y sin voluntad, lo mismo en lo espiritual que en lo temporal” (Primeros escritos, 31 de Julio de 1874).

 

La penitencia, vivida con una radicalidad increíble, va llevando a Ángela de la Cruz a desasirse de las pocas ataduras terrenas que tenía (que no se mide las ataduras mundanales que apartan de Dios por la cantidad, sino por la calidad) perdiendo interés por todas ellas y deseando vivamente la presencia de Dios. Habrá aún una penitencia más dolorosa para Ángela: la soledad en que se vio inmersa en varias ocasiones. ¿Qué sería de ella y de la Compañía cuando le faltase su padre espiritual, el padre Torres? Tanto le atormentaba esta idea, que estaba plenamente convencida de que ella moriría antes que el virtuoso sacerdote. Le faltó el padre Torres, y el padre Álvarez, y el padre Rodríguez Soto, y los cardenales Lluch, Ceferino GonzálezSpínola... y ahí siguió Ángela de la Cruz, Madre, como la “mujer fuerte” de la que hablan las Sagradas Escrituras.

 

Ángela es sumamente agradecida a cuanto de Dios recibió por medio de tan sabios y ejemplares ministros, pero su sentimiento de ausencia comienza a ser otro, ya su “nada” no es “la nada terrenal”, sino la “nada” que existe cuando Él no está:

 

“Pobre de mí, que mi Amado se me dejó sentir un poquito y se ha ocultado del todo. Con él los trabajos me son dulces; y ahora en este momento se me ocurre: ¡Qué les importaban a los mártires los tormentos y la muerte si tenían a Dios! Porque cuando en el alma se siente un poquito de la unión con su Amado, cuando se siente un poquito cerca, ¡qué dulce es padecer!, o más bien es gozar; pero cuando se oculta por completo, en ninguna parte aparece, el alma siente todo el peso de su nada y parece que no tiene espíritu, desfallece y muere, porque sin Dios nada puede. Y no muere y no se rinde al peso de su miseria porque Tú, Dios mío, la fortalece ocultamente”

(Papeles de conciencia).

 

El texto que antecede nos revela expresiones que denotan que Ángela comienza a tener momentos místicos correspondientes a  la Vía Purgativa, ya gozosamente iluminados por los amaneceres de la Vía Iluminativa: “Con Él los trabajos son dulces... unión con el Amado... qué dulce...; para terminar con una explosión gozosa que apunta ya a la Vía Unitiva: “Tú, Dios mío, la fortalece ocultamente”. Ángela ha comenzado consciente o inconscientemente, pero sin dudas vivencialmente, a experimentar los frutos del total sometimiento a Dios, del que brota un saber especial que todo lo alumbra, saber incomprensible para los saberes humanos. Ha ido llegando a Él por su ascética del anonadamiento:

 

“La nada calla, la nada no disgusta, la nada no se disculpa, la nada no se justifica, la nada todo lo sufre”.

 

Apuntes de ejercicios. 1885.


28/04/2016

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