Mis comentarios ...

  SOR ÁNGELA DE LA CRUZ SANTA (I).

 

 

 

SOR ÁNGELA SIEMBRA EL ROSAL DE LA CRUZ EN SANLÚCAR DE BARRAMEDA

 

1909  fue un año de gracia para la Ciudad, una Ciudad hermanada también con la capital hispalense en su esencialidad barroca. Sanlúcar de Barrameda, la otrora villa de los Medinasidonia, apareció siempre y en muchas de sus manifestaciones como una Sevilla en miniatura. Lo había venido siendo desde mucho tiempo atrás. Sevilla tenía la suntuosa corte de los Montpensier, Sanlúcar desde mediados del siglo XIX la “corte estival” de dichos señores. En Sevilla compatibilizaban la Ciudad linajuda, hacendada, de personajes ilustres y nobiliarios, con la Sevilla de los suburbios, de los arrabales, de los patios de vecinos, en los que habían tomado posesión la miseria, la incultura y el abandono. Era la Sevilla de las cruces humanas encarnadas, a las que las Hermanas de las Cruz llevaban el bálsamo de la alegría, de la limpieza, de la gracia, y de la ayuda material: “una mano para recoger, la otra para entregar”.

Ambas caras se daban asimismo en la Sanlúcar de principios del siglo XX. Por una parte, en la superficie de la Ciudad, la que aparece reflejada en los documentos de la época,  se alza una Sanlúcar tranquila, próspera y desproblematizada (Heraldo de Sanlúcar, edición de 7 de febrero de 1902): ricos productos agrícolas; la manzanilla conocida y apreciada por todos; abundantes pastos para el ganado y reconocida producción de sal; fábricas de aguardientes y licores, de harina y de jabón; buena industria pesquera; productivo comercio de vinos, licores y aguardientes;  y exportación de sus abundantes frutas. Aunque vivir en la Ciudad resultaba  caro, los visitantes se deshacían en elogios afirmando de ella: “pedazo de gloria que Dios ha puesto en el sur”, “tan buena como San Sebastián”, “playas, paseos, fondas, calles y calzadas inmejorables”,los festejos de agosto cuestan al Ayuntamiento 50.000 pesetas”. Todo es descrito como un encanto de hermosura, esplendidez y buen gusto”. 

Era la cara idílica y elitista de la parte superior del cuadro barroco de la Ciudad. A sus pies, se encontraba la Sanlúcar real, la del pueblo. La sociedad sanluqueña estaba perfectamente estratificada: una oligarquía minoritaria de terratenientes y bodegueros, una pequeña burguesía alejada de los focos del poder, y un proletariado, casi en su totalidad campesino, sometido a unas inhumanas condiciones de vida: paro, hambre, bajísimo nivel salarial, miseria, incultura, familias hacinadas en lúgubres habitaciones apiñadas junto a un patio de vecinos, con carencia total de lo más elemental para mal vivir. 

A esta Sanlúcar “barroca” es a la que arriba un buen día Sor Ángela de la Cruz con su tropa de Hermanas de la Cruz, sin más equipaje que su pobreza, su penitencia, su sentido de Dios y su amor incansable a los más desgraciados de la sociedad. Ayudada por el padre Torres, Ángela de la Cruz había fundado su Compañía en la Ciudad de Sevilla en dos de Agosto de 1875. Habían potenciado la fundación sanluqueña el incansable predicador por todas las tierras de Andalucía, padre Francisco Tarín Arnau (Valencia, 1847 – Sevilla, 1910), por una parte, y Francisco Picazo Núñez, benemérito sanluqueño, reconocido además por la fundación del Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y por una hospedería en la Calle Carril de San Diego, donde durante algún tiempo  se prestó atención a los pobres y desvalidos que a ella acudían. Reproduzco, pues se trata de un bello retrato costumbrista, pleno de riqueza y contenido, la descripción que de la fundación sanluqueña realizó la secretaria general de la Compañía por aquel entonces: 

“Mucho tiempo hacía que se estaba gestionando una fundación en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), que al fin llevóse a efecto inaugurándose el 31 de agosto de 1909. 

Interesándose en ella, escribió a nuestra Madre (a Sor Ángela) una breve, pero expresiva carta, el entonces famoso misionero jesuita Reverendo Padre Tarín que empieza con estas palabras: ´Cuánto ame este pobre ministro del Señor la Compañía de las Hermanas de la Cruz, consta a V.R. por este gran deseo que tengo de que sean conocidas en todo el mundo ´. Y después de manifestar el gusto con que vería la fundación de Sanlúcar y que el Señor Don Francisco Picazo estaba dispuesto a no perdonar gasto ni diligencia para conseguirla, termina: ´Encomiéndeme a Dios y ruegue a las Hermanitas que no olviden en sus fervientes oraciones al pobrecillo misionero Padre Tarín ´.  

Antes de la inauguración, fueron las Hermanas para arreglar todo lo necesario, y al llegar encontraron las tarimas en el patio, la casa ausente de la más elemental  limpieza y sin muebles de ninguna clase; así que por primera providencia mandaron a comprar escobas y empezaron a barrer, sacudir, deshacer los envoltorios enviados y ordenar lo más indispensable; pero al intentar preparar la comida encontraron en la cocina que a los huecos para guisar les faltaba la correspondiente hornilla. El Fundador, D. Francisco Picazo les había mandado un hombre de su confianza para que hiciera los primeros mandados que se les ofrecieren, y gracias a ello pudieron arreglar lo más preciso, pues los vecinos que habían habitado la casa la dejaron completamente desmantelada. Pero donde únicamente sintieron ellas pena por la suma pobreza, fue en el Oratorio, que hubieran deseado disponer y adornar mejor. Lo pusieron esmeradamente limpio, pero estaba tan pobre, que por candeleros y floreros hubieron de utilizar botes de cristal llenos de arena, en los cuales pusieron las flores y las velas. Como la población es bastante grande y la iglesia está muy apartada, nadie se dio cuenta de la llegada de las hermanas, ni acudieron a ofrecerse y prestar ayuda en los primeros momentos, como ocurre en la mayoría de las fundaciones. En la mañana del día señalado, fueron las Hermanas a la iglesia de los Padres Escolapios que está en la misma plazoleta del convento, confesaron con el Rvdo. P. Tarín, que había querido oficiar en la función inaugural y volvieron a la casa, donde el Padre dijo la Santa Misa, dio la Sagrada Comunión a las Hermanas, dejó a Su Divina Majestad en el Sagrario (cantando las Hermanas un motete) y se despidió manifestándose muy complacido por ver llevada a efecto la fundación. 

Los Padres Escolapios, que hasta verlas aquella mañana en su iglesia no supieron la llegada de las hermanas, se llevaron invitado aquel día al P. Tarín y a D. Francisco, y ellas estuvieron acabando de arreglar detalles de la casa, deseosas de empezar cuanto antes sus ministerios. En la tarde del mismo día, el Sr. Arcipreste de aquella población les erigió el Vía-Crucis en el Oratorio. 

El primer enfermo que visitaron fue uno que vivía en las afueras de la población, al cual las mandó Don Francisco. Era un pobre obrero con ocho hijos, que de resultas de una mojada, por salvar al más pequeño que se le cayó en una alberca, cogió un catarro de mal género que a la larga degeneró en tuberculosis y se encontraba en sumo desamparo y necesidad. Las hermanas lo visitaron mucho tiempo diariamente, procurándole alimentos, medicinas y cuantas comodidades le pudieron proporcionar; se llevaron a tres de las hijas pequeñas dejándole a la mayor para que le ayudara a la madre; colocaron a los niños y se ganaron de tal modo el afecto de toda la familia, que el enfermo recibió antes de morir todos los auxilios espirituales con gran deseo de su alma y edificación de los presentes, y la mujer y los hijos han conservado inviolable el agradecimiento y cariño a las Hermanas. 

Hasta que no empezaron sus actuaciones con los enfermos no se dio cuenta la población de la presencia de las hermanas, y sus primeros pasos les aseguraron el respeto y admiración de todos. Nuestra Rvda. Madre (se refiere a Santa Ángela de la Cruz), después de disfrutar grandemente con los detalles de pobreza que acompañaron a esta fundación en sus comienzos y habiendo alentado a sus hijas y dádoles compañía, volvió a Sevilla muy contenta del nuevo campo en que habían de ejercitar su actividad y celo. Aquella casa adoptó por santo protector a S. Pedro de Alcántara, y se fundó con diez Hermanas, dedicadas a la visita de enfermos, colegio de externas y además el internado de huérfanas, que oscilan entre veinte y veinticinco”. 

Así. Así de sencillo. El rosal de penitencia donante de amor que un día sembrara Angelita para atender a los pobres y desvalidos de la Ciudad de Sevilla había llegado a Sanlúcar de Barrameda. Transformarían su casa poco a poco en un nuevo calvario de amor. Con las limosnas del vecindario, labrarían su modesta capilla (1916) con olor a cenáculo, con humildad dignificadora, con silencio apelativo y mística simbología que invita a introducirse en un encuentro con Dios que lleva a ver la realidad de este mundo desde una perspectiva completamente nueva. Las alumnas llegarían pronto al centenar y allá por 1978 cuando don Manuel Barbadillo entrevistó a medio pueblo y plasmó dichas entrevistas en su obra Sanlúcar de Barrameda 1978 el número de las alumnas había llegado a 406. 

El Ayuntamiento sanluqueño reconoció la benéfica labor de las Hermanas en la Ciudad y las nombró hijas adoptivas de la misma y, con posterioridad,  promovió un homenaje a Sor Ángela de la Cruz con plasmación en la rotulación de la Plazuela que está delante del convento con su nombre, y con la colocación de un busto de la santa, a la que las Hermanas contestaron agradeciendo tanta generosidad para con su Madre fundadora, por lo que en la sesión de la Comisión Permanente del Ayuntamiento de 10 de diciembre de 1970 se vio “escrito de las Hermanas de la Cruz dando las gracias por el homenaje que se proyecta tributar a la fundadora de la Compañía con la colocación de un monumento de la misma en la Plaza en que se encuentra situado el convento en esta localidad”. 

No era, sin embargo, un mero rosal benéfico lo que Madre había sembrado en la necesitada tierra de Sanlúcar de Barrameda. Era un rosal de Dios y, por serlo, un rosal de amor, de ascética penitencia y pobreza para, desde ellas, poder estar siempre y muy cerca de los más necesitados de la sociedad. Junto a las cruces de los hogares desfavorecidos se habían aposentado unas mujeres de Dios, próximas porque viven “instaladas en la cruz”, convirtiéndose, como cantó el joven poeta sanluqueño Fernando Romero Barrero en 2002, en:

 

“Templos del Amor mayúsculo,

procesiones de paz,

báculos de los pequeños,

ejemplos de santidad”.

 

Llegaron las Hermanas a la Ciudad sanluqueña, tan necesitada, tan distinta de la punta del iceberg que solía aparecer en los periódicos y revistas grandilocuentes de la época, con la lección bien aprendida. Ellas mismas eran la lección. Sor Ángela lo había dejado bien claro:

 

“La principal ocupación de la Compañía tocante a sus hermanos, será: primero, asistir a los enfermos en sus casas; esos enfermos que si se llevan al hospital se mueren más pronto, con una gran amargura; y si se les socorre y consuela sin apartarlos de sus hijos, la amargura se convierte en una dulce tranquilidad, y mueren dando a Dios pruebas de su agradecimiento”

(Escritos íntimos- 1875). 

 

Hizo ya un siglo de este testimonio vivo y plástico de la vivencia sin medianías de los valores evangélicos permanece en la Ciudad, asentadas como el primer día de su llegada en unas coordenadas inamovibles: oración, contemplación, austeridad, donación a los pobres y alegría, mucha alegría.


23/04/2016

Desde el 1 hasta el 1 de un total de 1
1