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  SAN FRANCISCO, POETA MÍSTICO


 

Francisco nació en Asís en 1182, hijo de un potentado mercader, Pietro Bernardone. Contando 22 años, y después de una molesta enfermedad, Francisco se centra en la reflexión profunda de la superficial vanidad de las cosas de la tierra, y es entonces cuando se produce en él una conversión, un enfocar su vida desde Dios y para Dios. “MI DIOS Y MI TODO” sería el lema que Francisco acuñaría para significar el sentido de su vivir profundo.

Con tales planteamientos vitales, el enfrentamiento con su padre no tardó en producirse. Francisco rompe con todo, vive durante un tiempo una auténtica vida eremítica  y, poco a poco, comienza a realizar acciones milagrosas en medio de sus convecinos, por lo que estos se sienten prontamente atraídos por su personalidad y por su forma de vida.

Hay un momento decisivo en su vida: febrero de 1209, Francisco escucha el pasaje evangélico del evangelista Mateo, en el que Cristo invita a sus discípulos a predicar el Reino de Dios con extrema pobreza, sin ser portadores ni de oro, ni de plata ni de cualquier otro signo de poder humano. Las palabras en este momento de la vida de Francisco le producen una convulsión interior y espiritual, que le conmina a vivir en pobreza total y, de esta manera, hacerse apostol de Cristo. Otros le seguirán en este itinerario religioso: Bernardo da Quintavalle, Pietro Cattani, Egidio De Asís, Chiara, quien  recibirá de Francisco el velo monástico y fundará la comunidad de las “Povere donne”.

En Junio de 1210 el papa Inocencio III aprobará la regla franciscana “solo verbo”, y la comunidad de los seguidores de Francisco comienzan a llamarse “hermanos menores”. Francisco desarrolla una vida de una actividad sin tregua, incansables viajes por Italia y por fuera de ella. En 1222 – 1223 Francisco escribe por fin su Regla, y en noviembre de este último año la Regla Franciscana es aprobada por Honorio III.

Poco después, en octubre del 24, y en el pequeño huerto de San Damiano, Francisco escribe EL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS. Muere poco después, el 4 de octubre de 1226.   

No hay duda que la palabra poética de Francisco hay que encuadrarla dentro de la tradición literaria de la Iglesia. El santo compuso algunos otros poemas diseminados, pero es en el breve CÁNTICO DE LAS CRIATURAS donde llega a una altura poética y mística digna de ser tenida en cuenta. Parece que Francisco ideó este poema para ser cantado.

Son bellísimas las cualidades que Francisco va depositando en las amadas criaturas de la naturaleza: el sol, “bello e radiante”; la luna y las estrellas, “clarite, e preziose e belle; el viento, “nubilo” e “sereno”; el agua, “umile” e “preziosa” e “casta”; el fuego, “bello” e “iocundo” e “robustoso” e “forte”. Todo ello tiene una tal fuerza poética que ciertamente las deficiencias compositivas quedan con mucho superadas  por la grandiosidad lírica de la acumulación de imágenes.

El tema no es original. Existía en la tradición lírica del patrimonio eclesiástico la invitación a las criaturas a elevar un cántico de alabanza al Creador. Incluso aparecen en ocasiones como los altavoces que nos trasmiten la inmensa gloria beatífica de Dios. Así en los salmos davídicos “Laudate Dominum de coelis” o “Cantate Domino Canticum novum”, o en el cántico “Benedicite omnia opera Domini Domino”, y en otros muchos.

Pero la originalidad de Francisco está en el tono nuevo, en el nuevo enfoque, en la nueva sensibilidad. Diríamos que en la tradición anterior, las criaturas eran objetos externos al poeta; en Francisco, las criaturas son parte de su propio yo, comparte con ellas una fraternidad universal, fraternidad de la que es el primer componente el mismo Dios. No existen realidades contiguas, sino partes integradas en un mismo Todo. Todo es bello, todo es armónico, de manera que hasta la criatura  “morte” participa de esta fraternidad universal. Y todo ello no es el compuesto de unas teorías cósmicas y filosóficas. Francisco no se mueve en el área del pensamiento, sino en la del sentimiento, es un sentir verdadero, vivido, que se hace realidad vivencial en su existencia terrena. Y no puede olvidarse por un momento el atrevimiento de Francisco, pues en la Edad Media las criaturas eran vistas y predicadas como seres temibles, por ser enemigas de Dios. Francisco realiza con ellas una nueva creación y diría que una nueva redención, pues en puridad las redime en su corazón, transformándolas en criaturas de Dios y hermanas del hombre.

Un nuevo sentimiento, una nueva forma de ver y sentir la vida, que inaugura Francisco; y también, lógicamente, unas palabras nuevas, renovadas, impregnadas de sensibilidades renovadoras se introducen en la rica lengua italiana. Hay en Francisco una perfecta simbiosis de santidad (con lo que esta conlleva de una visión eternamente nueva, enemiga radical del “vivir anclado en el pasado”, pues la vida nace cada día, y con ella el “Dios eterno y perdurable”), de belleza (destellos de la belleza divina) y el cántico (consecuencia lógica del sentir místico). La pobreza radical de Francisco se transforma en una riqueza esencial y para lo esencial. Le hacer ver todo con unos ojos nuevos, la tierra aparece como criatura fraternal purificada por la poesía.

 

 

    


20/04/2016

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