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  LA SALLAGO

GRITO DESNUDO DE LA MAR DEL PUEBLO

 

¿Cuándo, Encarna,

tu pueblo te tributará

 el magno homenaje

 que te has ganado a pulso?

 

Nació, como ella repite frecuentemente, en el barrio del “aje”, en el barrio marinero por excelencia de esta ciudad, de humilde familia marinera dedicada a la pesca y a la venta ambulante del “pescao”. Mar y cante, aletazos de destino, guitarras del viento, hambre y cante a borbotones para acudir a las necesidades de su casa. El sino de Encarnación, La Sallago, la voz guardiana de los arcanos misterios de la voz cantaora de un pueblo. 

El cante se lleva en la sangre; y el arte en el corazón, y en la garganta, y en las manos, y en las piernas, y en la mirada, y en el sentimiento. Porque Encarnación rompe un tanto con la tradición de la Sanlúcar cantaora: ella no es gitana, pero el arte brota de ella a raudales, abriendo en el corazón auténticas curvas de cristales esotéricos. Lo había mamado. Su abuela “La Gongue” cantaba por marianas; “La Consuelo”, su tía, lo hacía por siguiriyas y soleá; su padre, Juan, “La Mamé”, cantaba aquello de:

 

                            Dame una castora

                            pa quitarme el frío

                            que no quiero está muerto,

                            como esos muertos

                            que viven arrecíos.

 

Y su madre, “La Matilde”, era maestra por alegrías y por “arboreá”. Y los hermanos ( Rosa “La caracolera”, Juan, Rafael, Enrique, Pepe) llevaban todos dentro, quien más y quien menos, el duende del cante, acompañando las labores de la marinería, o la venta del pescao, o la soledad enlutada de la “Otra Banda”. ¡Cuánta grandeza en la intrahistoria de un pueblo!  ¿Por qué buscar en los engolados y engominados genios del arte y la cultura lo que tan al alcance de la mano brota radiante del corazón mismo del pueblo? El arte está en el pueblo, el duende duerme en su alcoba. 

A todos les iba , desde niños, el cante y el baile. El arte vivía en un rinconcito del corazón del Barrio, en dos casas de vecinos de la Plazoleta de los Aviones, a los pies de la Calle San Antonio, junto a otra familia de solera en el Barrio, los Paporra, quienes también hicieron sus pinitos en el arte del cante y del baile. Allí los Sallago veían pasar la vida cargada de los harapos de la necesidad,  y Encarnación, mezcla de alegrías y penas –que son esos los atuendos que suelen vestir los hijos del pueblo-  soñaba con ganar dos pesetas para engañar a la petenera del hambre. 

Porque lo suyo fue precoz. Dicen que la niña, una “mijita” de cinco años, se ponía junto a las canastas del “pescao” que vendía  la madre y se arrancaba por bulerías que era un primor. ¿Cuántos corazones y estómagos fríos vibraban en el Barrio cuando la niña hacía de las suyas? -¡Y mira que canta bien la “joía”! decía Antonio, el del puesto de cigarrillos liaos a mano y de chucherías de la calle Barrameda, a la puerta misma de la casa del Campo Nuevo. Pero la alternativa de público, de roce con la manifestación de lo que llevaba dentro, se produjo, siendo ella todavía casi una niña, un Jueves Santo, a las 5 de la tarde, en la puerta de la Iglesia de San Nicolás. Estaba saliendo La Esperanza  -¡casi na pa er cuerpo, pa la vista, pa el oído, pa la fe y pa to!-,  y Encarnación, que iba vendiendo galeras (el hambre no entiende de festivos), empezó a cantar una saeta de las suyas. El desconcierto fue general. Los guardias municipales intentaban evitar lo que parecía un juego con guasa. Pero, cuanto más lo intentaban, más se empinaba la niña, y mejor cantaba. La gente reclamó silencio y empezó a conocer quién era aquella niña, Encarnación Marín, la Sallago. 

Luego vino la profesionalización. Compañías (como las llamaba el pueblo), cuadros flamencos, concursos , premios, galardones... En 1961, con la Compañía “Bajo el sol andaluz”, efectúa giras por todo el país. En la década de los sesenta forma parte de los cuadros flamencos “Las Brujas” y “Torres Bermejas”. En 1977 RTVE le otorga el título de “Importante”. En 1985 actúa con el grupo “Los últimos de la Fiesta”. En 1987 es el Teatro Alcalá – Palace el que la acoge en la III Cumbre Flamenca de Madrid. En 1995 participa en la III Reunión del Cante de Cádiz y Los Puertos, que, en el Colegio jesuítico portuense de San Luis, se celebra en Memoria del gran cantaor sanluqueño Ramón Medrano. 

“ La Sallago” tiene un amplio repertorio y fuerza para interpretar cualquier palo: soleá  (“Ni a contemplarte”), serranas (“A la sierra me voy”), marianas (“De Cádiz a Triana”), siguiriyas (“Doctores no han sabido”), nanas ( “Duérmete niño chico”), bulerías (“Le digo al trigo”), tientos (“Los duendes del sentimiento”), tanguillos de Cádiz (“Quererte no está en mis libros”), cantiñas (“Virgen de la Caridad”), fandangos (“Tengo una Dolorosa”), peteneras (“Paterna de la Ribera”)... y hasta “la cachucha”, un viejo palo sanluqueño, que Encarnación aprendió de los suyos, y “arboreá”, y mirabrás... 

Pero quizás donde más destaque sea en los fandangos artísticos, en las saetas y en la toná. Como saetera no tiene igual; así lo reconoció Sevilla cuando en 1981 le concedió la “Saeta de Oro”, y así lo reconocen quienes la han visto y la han oído en los rincones y balcones sanluqueños en los días de la Semana Santa. En cuanto a la toná, el escritor y flamencólogo sanluqueño, Eduardo Domínguez Lobato, en una conferencia pronunciada en el Puerto de Santa María (1995), contaba esta anécdota, que se recoge por indicar con precisión la idiosincrasia de Encarnación:  “Recientemente, Encarnación Marín Sallago, invitada a participar en la Bienal flamenca de Sevilla, recibió la consigna de cantar única y exclusivamente la toná litúrgica. Así la llamaba la organización para perplejidad de la cantaora sanluqueña. Encarnación me llamó sorprendida y un tanto desconcertada. ¿Qué era aquello de la toná litúrgica? –La que usted canta siempre, le respondí. –Esa es la toná de mi madre y de mi abuela...- Pues exactamente esa. Así lo hizo y así resultó a satisfacción de los organizadores”. 

Las más prestigiosas casas discográficas se han ocupado de las grabaciones de sus cantes, de manera que su discografía es catalogable como abundante y de excelente calidad. Es de destacar el “Homenaje Flamenco a Manuel Machaco” que grabó junto con Bernardo el de los Lobitos, Curro Malena y Manolo Vargas, así como “Mujeres de la Bética” con “La Perla de Cádiz” y “Adela La Chaqueta”. 

Encarnación, a sus más de ochenta años, sigue cantando, y le siguen acompañando las facultades, pero es consciente de que el tiempo no ha corrido en balde, que imperan otras modas, a las que ella, de alguna manera, quiere titánicamente aproximarse. Así en una entrevista realizada por Mariuca Cano (Desde la Playlla. Peña Cultural Flamenca “PUERTO LUCERO”- 1998-) decía: “Estoy trabajando para grabar seis temas puros, pero... puros de verdad, añejos, de los de mi familia... ¡Te lo juro por Dios, Mariuca, que esos, no hay quien los haga hoy! Y, además, voy a hacer un par de temas “aflamencaos” como los que están pegando en la gente joven, sólo que yo los haré en sus raíces y guardando la esencia y el gusto por el cante, por dentro cantando con jondura y por fuera dándoles su aire de fiesta”. 

Su Ciudad, Sanlúcar de Barrameda, tan “sensible para otros palos”, está en deuda con Encarna. Ella ha dado a conocer el nombre de la Ciudad por doquier, ha derrochado su arte entre los suyos. Se le han hecho reconocimientos, sí, pero cuando ella más está necesitando sentir el calor de toda la Ciudad sólo ha encontrado promesas que nunca han llegado a buen término. Quizás sea ahora, más que nunca, cuando La Sallago necesita sentir aquello que escribió el gran Federico García Lorca:

 

Ahora tengo en la frente rosas blancas

Y la copa rebosando vino”

(Ritmo de Otoño, 1920)

 

No, no es Encarnación cantaora de modas. Ni de actuaciones preestablecidas. Ni tan siquiera de discos enlatados. Cumple, y con creces. Pero donde surge majestuosa, telúrica, señora de la llave donde se guardan los duendes del flamenco, expresión del llanto y de la marginación, es en el momento mágico en que “La Sallago” se encuentra con la inspiración. Cuando se produce el maridaje, se para el reloj, no sopla el viento, la magia se siente en su mirada transfigurada, en sus movimientos expresivos, en sus manos marcando el ritmo sobre la mesa próxima. Esta sí es “La Sallago”, la del Barrio del “aje”, la voz mágica, el sentimiento eternizado, porque, con sus palabras: 

 

                               “... mientras yo canto por tientos,

                                    me están tocando las palmas

                                    los duendes del sentimiento”.

 

 

 

 

 

 


18/04/2016

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