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  ¿SABES LA RESPUESTA?

 

 

Si conectas el televisor, encontrarás con harta frecuencia incontables concursos consistentes en efectuar insulsas preguntas seudoculturales a los deslumbrados participantes: ¿Qué río atraviesa Andalucía: el Tajo o el Guadalquivir? El cámara recoge la cara de estupor del participante. Un sudor frío le hiela las venas. Mientras, otra cara se esmera en presentarnos el rostro patético de su sufrida esposa, que repite en un titánico esfuerzo con sus labios entrecortados: “Tajo ..... Guadalquivir .... Guadalquivir... Tajo...”, como queriendo transmitir a su cónyuge una fuerza que anida en una cueva inalcanzable. Al final se decide. Abre la boca y dice temeroso: “Tajo”. Un ohhhhhhhh interminable y desolado recorre la sala de cartón piedra y de colores para el instante. Una lágrima baña la mejilla de su esposa, que se quedó sin el prometido viaje a Madrid para el ganador. Un sentimiento de pesar se adueña de las paredes de muchas de casas de los telespectadores.

 

“¡Hay que vestirse, que ya viene la Esperanza por la Calle Barrameda!”, anuncia una madre a sus hijos pequeños. Tambores, trompetas, pasos, penitentes encapuchados, ruido; la gente se amontona en las aceras para contemplar el cortejo, los niños corren, las mozuelas lanzan requiebros de interés a la tarde. Quien admira la belleza del conjunto semanasantero, quien goza con la banda de música, quien se deleita con el ritmo armonioso de los costaleros, quien se frota las manos, porque con días como estos se consume más, y no estamos para perder ganancias.

 

Una viejita, sentada en el mirador de su cierro, contempla y ora. “Gracias, Jesús, por tu crucifixión, por tu muerte y tu resurrección. Gracias porque Tú eres la Buena Nueva, gracias porque moriste por nosotros y resucitaste para que nosotros contigo resucitemos un día”. Repite su oración al pasar la imagen de Cristo clavado la Cruz; y la viejita mira el cuerpo dolorido de Cristo, levanta sus manos hacia él y le dice: “Mi Jesús, te pongo en tu corazón a todos los que como Tú hemos de llevar nuestras cruces en el día de hoy en esta sociedad”.

 

Pasa la imagen del Cristo, le acompaña la de la su Madre, la Esperanza. Al llegar a la calle Barrameda, alza el Cristo su cabeza hacia el cielo y viendo en él al Padre eterno, exclama: “Padre, aunque sólo hubiera sido por esa viejita, mereció la pena mi pasión y muerte”. Una lágrima cae del rostro hierático del Cristo, una lágrima que se fertiliza en la noche.       


17/04/2016

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