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  EL PINO, AYER LUGAR DE OCIO Y PULMÓN DE LA CIUDAD

 

 

Bien distinta fue la zona toda en la que en la actualidad se asienta el Colegio Público El Pino. Es de suponer que en la antigüedad fuese toda esta zona lugar de bosques y, en dicho sentido, puede entenderse los acuerdos capitulares que vienen a hacer referencia al pago de un premio a aquellos vecinos que presentasen en el Cabildo algún lobo muerto, por el peligro que implicaban para las escasas viviendas existentes en esta parte extrema del arrabal de la Ribera.

Las primeras noticias documentadas sobre este lugar hablan de la existencia, a los pies de la Barranca de las Cuevas, de una explanada extensa. A mediados del siglo XV tenía propiedades en ella la señora Mencía Alfonso Muñiz, y a ella acudieron un grupo de potentados vecinos de la localidad, relacionados con la conquista de las Canarias y admiradores de la orden religiosa de San Francisco, solicitándole terrenos en aquella zona, para poder proceder a la fundación de un modesto convento, destinado a los frailes franciscanos. Accedió Mencía Alfonso a lo que se le solicitaba y donó para ello “una arboleda con una pequeña fuente”[1]. Nacería de esta manera el convento franciscano de Santa María de los Ángeles. Corría el año de 1443.

Desde aquel momento, esta zona estuvo íntimamente relacionada con la orden franciscana. A la vieja explanada se la denominaría Campo de San Francisco. A la vía que a él conducía, Camino de San Francisco. Y, posteriormente, recogiendo la tradición de que san Diego había plantado en el lugar un popular pino, el pueblo, desde entonces, pasaría a denominar todo el entorno como El Pino, así quedó hasta el día de hoy. Al trasladarse la comunidad franciscana en 1700, dado que su anterior convento no reunía ya las condiciones mínimas para sus finalidades, a la calle del Ángel, a unas casas que adquirieron y que serían el germen del convento de San Francisco el Nuevo, quedaría una más amplia zona, en la que prontamente se pensaría que podría llegar a ser un agradable lugar de solaz y recreo para el vecindario del barrio bajo, de manera especial fuera de la estación veraniega.

Con esta filosofía, consta que en Cabildo de 1713[2] se abordó el tema de la plantación de árboles “en el Campo llano de San Francisco el Viejo y en el navazo Ribera de la Marina”, que se encontraba “a la entrada de la ciudad”. El proyecto resultó atrayente, y así fue aprobado. El Cabildo autorizó los gastos presupuestados y se sembraron cerca de 1.000 estacas de pies de árboles. Ordenó también el Cabildo que, por los correspondientes diputados, se atendiese a que “el ganado no lo ofenda, (bajo una sanción de un real por cada cabeza de ganado que se colase de noche, y medio real si lo hacía durante el día, además de tener su propietario que arreglar los desperfectos que el animal hubiese causado), ni que por otro medio se destruya”, y que asimismo se procediese a contratar un guarda y a rodear el paseo con cuerda, pero con esta limitación: “póngase cuerda con el salario más moderado que se pueda conseguir”. Pasó a ser denominado el lugar Alameda de San Francisco.

Una buena obra, sin la menor duda, para el popular vecindario de los alrededores, pero chocaría bien pronto con los salvajes – que es especie que se reproduce contumazmente en  todas las épocas y lugares - y con las penurias económicas de las arcas capitulares. Y mire a qué insólito acuerdo llegó el Cabildo, en lo que se refiere a la penuria económica. Dado que la Ciudad de ninguna manera podía atender los gastos del pago del salario del guarda, del mantenimiento de los jardines y del riego de los mismos, se acordó que dichos gastos se cubriesen proporcionalmente con cargo a “los salarios de las diputaciones que gozan los caballeros diputados a cuyo fin graciosamente lo ceden”, hasta que las arcas se encontrasen en situación más saneada. No me negará que la medida no tuvo su aquel.

Y no sé si por aquello de que la mejor predicación es la de los hechos, es lo cierto que el paseo disfrutó en su historia de los celos y aportaciones de todo tipo de los vecinos sanluqueños de más noble encarnadura. En 1772 entra en escena un curioso personaje: Vicente Bohórquez. Propone al Cabildo[3] autorización, junto con otros vecinos, para levantar un paseo público de alamedas y con asientos en el Campo de San Francisco (ello indica que el anterior habría sido prácticamente destruido), costeado por él y pos vecinos que le secundaban, contando también con la aportación económica del Ayuntamiento. El Ayuntamiento le dio toda clase de venias y bendiciones, pero le dijo que de dinero nanay. A pesar de ello, Bohórquez y sus socios realizaron el proyecto, encontrando el jarro de agua fría que recoge Pedro Barbadillo[4]: “ ... entre ellos (se refiere a los obstáculos encontrados) la incultura de algunos que a principios de 1774 destrozaron varios árboles y bancos – fue porque los árboles y los bancos se habían mofado de los cándidos angelitos bravucones - ... y así otras veces ... por lo que Bohórquez, para reparar los daños, solicitó licencia para hacer una fiesta de toros con que allegar fondos para tales reparos y terminar la plantación de los álamos”. La incívica e injustificable actitud de quienes se habían dedicado al destrozo por el mero destrozo encontró la réplica en un acuerdo capitular de 1786, tras la visita de montes que se había girado a la ciudad, por el que el regidor Simón Antonio García de  Lemos y Pastrana dirigió la plantación de gran cantidad de árboles por todas las alamedas que circundaban la ciudad. Pretendió incluso el señor Pastrana colocar una fuente en el Campo de San Francisco, en su paseo, mas lo costoso del proyecto de colocación de la misma y de la conducción de las aguas lo hizo inviable.

Consta que el paseo aparecería a principios del siglo XIX en una estado lamentable, por lo que se procedió a arreglarse en 1813, colocándose en él además unos bancos de mampostería, costeados que fueron por los vecinos José Martel y Nicolás Montaño[5]. Vuelve a aparecer el Campo de San Francisco en documentos capitulares de 1838[6] en el que se acuerda pedir al comandante de las brigadas de presidiarios que, los días en que estos no trabajasen en el arrecife, así como en los que acarreasen piedras para el Campo de San Francisco, se les ordenase quitar las arenas acumuladas en las calles del barrio de los Gallegos, efectuado lo cual se mandaría colocar murallones en las bocacalles que daban a las huertas.

La década de los 40 del siglo XIX va a suponer un periodo de esplendor para el paseo y los jardines del Pino. Esta nueva situación va a venir motivada por los deseos del Cabildo de estar en vanguardia de las celebraciones con motivo de la mayoría de edad (en 1843, a los trece años) de la reina Isabel II (1830-1904), así como el momento en que fue proclamada reina. Ya en 1841 había propuesto al Cabildo[7] las Comisiones de Ornato y de Propios que les indicase a varios vecinos que se integrasen en dichas Comisiones, para colaborar en la construcción del “nuevo paseo” en el Campo de San Francisco”. Fueron nombrados los señores Ambrosy, González, Lacave y San Miguel. La verdad es que la Comisión bien poco debió de funcionar, dado que en 1843[8]se volvió a la carga de nuevo con el asunto. Se dijo que el número de los comisionados era insuficiente y que además hacían falta vecinos que tuviesen “notoriedad” y “buen gusto” ; tras ello, se agregaron Domingo Castellano, Pedro Carrerés, y se dejó abiertas las puertas de la Comisión para cuantos vecinos quisieran colaborar en la empresa. 

Llegaría para El Pino la fecha mágica de 1843. Isabel II fue declarada mayor de edad. El Cabildo se arremangó y se dispuso para lucirse. Exteriorizó su felicitación a la Reina[9]. Acordó festejos de tronío para el día 1 de Diciembre, en el que se produciría la proclamación y jura de la soberana. Se encargó a la Comisión de Fiestas ( reforzada por los concejales Fernando Mergelina, Miguel Jerez y Fernando Barreda) que elaborase el programa de los actos. Se envió a un concejal a la capital para informar a la Diputación del “ilimitado deseo que animaba al cuerpo municipal a hacer una pública manifestación de júbilo”, pero... que, como carecían de recursos –estaban secos como siempre- y habían calculado, así por encima, que los gastos de la celebración tan deseada podrían alzarse a unos 10.000 reales, habían acordado imponer unos arbitrios sobre el aguardiente y el vino para alcanzar dicha cantidad, arbitrios que esperaba que la Diputación tuviese a bien aprobarles. La Diputación dio el O.K, mas algunos concejales se manifestaron reticentes a la celebración de la totalidad de los fastos programados, sabedores de que ello repercutiría en una más depauperada hacienda municipal. En estas estaban, cuando de pronto se presentó en la sala el concejal que había sido comisionado para ir a Cádiz, el Sr. González, quien dijo que la Diputación “estaba sumamente satisfecha por el patriotismo demostrado por la Ciudad en la disponibilidad a celebrar grandes fiestas ... que agregasen los 10.000 reales al déficit del presupuesto de 1844 ... y que se implantasen los arbitrios que fuesen suficiente para cubrir el actual déficit... –la Reina es la reina, vaya por Dios, y más con lo que esta había tenido que aguantar con los partidarios de su tito Carlos-.

¡Bueno que si hubo festejos !  Durante los tres primeros días de Diciembre. El acto central fue el celebrado el tercer día, en el que se iba a proceder a colocar la primera piedra del Paseo de Isabel II. Se constituyó el Ayuntamiento en el Campo de San Francisco, extramuros de la ciudad, y se dirigió al sitio “con toda la pompa y ostentación que tan importante acto requería”[10] a los acordes de una banda militar de música. Con total solemnidad se encaminaron al sitio el alcalde primero constitucional, Prudencio Hernández Santacruz, con todas sus condecoraciones de miembro del Consejo de S.M, Comendador de la Orden Americana de Isabel la Católica, Caballero de la Orden de Carlos III y otras de menos rango tanto capitulares como militares; le precedían los miembros del Cabildo, así como los tribunales, las corporaciones, las autoridades militares y civiles, los vicecónsules de potencias extranjeras y la gente de posibles de la Ciudad. Llegados que fueron al sitio donde estaba trazado un “cómodo, artístico, agradable y vistoso paseo, que se iba a construir a expensas de varios vecinos amantes de las mejoras y prosperidad del pueblo”, se abrió una zanja en la que se comenzarían a colocar los cimientos, y se introdujo una caja con varias monedas de plata y el acta del acto, tras lo que el alcalde pronunció los vivas de rigor a la Reina, a la Constitución de 1837, a la unión de los españoles y a la Ciudad de Sanlúcar.

Finalizado el acto, la procesión civil continuó hasta el propio Ayuntamiento, donde se agradeció la asistencia al brillante cortejo y se ordenó que todo constase en acta “como testimonio muy marcado de la lealtad y obediencia que este pueblo profesa a su Reina Isabel II”. - ¡Vaya la que armaron nuestros señores capitulares ! Pero eso sí, en la siguiente sesión acordaron el sueldo de un real diario para el guarda a partir del 1 de Enero de 1844.

Quizás porque se sembró mucho humo y la construcción fue más lenta de lo esperado, acordó el Cabildo en 1845[11] rotular con el nombre de Calle de Isabel II la que venía siendo denominada Calle Frente del Pino, que iba desde la Calle Espalda de Barrameda y, atravesando la Calle Barrameda, venía a salir a la Calle de Rubiños, quedando frente al Paseo de Isabel II. A tener en cuenta que, al tiempo en que se rotulaba esta calle, promulgó el Ayuntamiento un Bando con la finalidad de que el vecindario vertiese los escombros en el paseo para de esta manera constituir el firme del mismo. - ¡ Con las felicitaciones que había mandado al Ayuntamiento el gobernador político de la provincia por el bello paseo en honor de Isabel II ! -.

La segunda mitad del siglo XIX asiste a un deterioro del Paseo y a las lentas y tardías medidas adoptadas por el cabildo para su mantenimiento: traslado del “ingenio” del pozo que Antonio González tenía en el Palmar al del Pino para el riego del mismo[12]; acuerdos pocas veces realizados de concluir y reponer las cercas; proyectos de dotación de agua al paseo y de terminación de las cercas[13]; para concluir en un informe que el arquitecto presentó[14] sobre la ruina de la noria del Pino. Estalló el malestar contenido por la situación del Paseo en un artículo publicado en 1897 en el periódico “El Diario”[15]. En este artículo, amplio, descriptivo y ampuloso, se hacía un análisis de la situación del popular Paseo y de las causas que habían motivado su estado. Afirmaba que el Jardín, al que denominaba del Pino, en ningún momento de Isabel II, se encontraba “casi baldío, completamente en ruina, destrozado, olvidado por el Ayuntamiento y por el vecindario”, sirviendo sólo para que los zagalones se dedicasen a tirar piedras a los árboles, “cuando no a arrojárselas  unos a otros”. Analiza luego las causas: incuria y negligencia del Ayuntamiento, poco educación cívica y carencia de colaboración de los “vecinos de aquel extremo de la población”; y expone a continuación las soluciones que, al entender del articulista, tendría la situación: labor de concienciación a realizar entre los vecinos por los concejales del Barrio, cuidado responsable por parte del guarda que ha de ser entendido en materia de jardinería y al que se le debe permitir que consiga un sobresueldo con la venta de las flores, que el contrato del guarda sea sólo por un tiempo determinado, y que el Ayuntamiento “castigue con mano fuerte a cualquiera que en lo más mínimo falte”. Termina lamentándose de que los excelentes jardineros de la localidad han realizado encomiables obras de jardinerías en otros puntos “de la provincia, así como en Huelva y Sevilla”.

Todo lo expuesto vino a colaborar para que durante muchos años, a partir del comienzo del siglo XX, el Paseo del Pino estuviese en un excelente estado, para goce y disfrute del vecindario. Quizás en gran parte se debiese el cambio de rumbo experimentado a la construcción en El Pino, precisamente en 1900, de la actual Plaza de Toros. Siempre hubo gran afición en la Ciudad a los espectáculos taurinos, a pesar de las prohibiciones y a pesar de los furibundos ataques contra este espectáculo, encabezados de manera particular a principios del siglo XIX por un fraile capuchino. Durante algún tiempo se habían construido pequeñas plazas de toros portátiles o efímeras, la definitiva fue la construida en 1900.  Ya con anterioridad en 1873 se había construido una pequeña plaza de madera frente al Paseo del Pino. Las obras  de la de 1900 fueron dirigidas por el arquitecto Antonio Arévalo Martínez. Se inauguró la plaza con un cartel compuesto por el sanluqueño Manuel Hermosilla y Emilio Torres “Bombita” el 16 de Julio de dicho año.

El Paseo y Jardín del Pino pasaron al recuerdo cuando la Delegación Nacional de Sindicatos tomó la decisión de construir en su solar -como si no hubiera habido más solares en la ciudad- 96 viviendas populares, inauguradas en 1956 con el nombre de Grupo de Nuestra Señora de la Caridad. Tanta fuerza tuvo la tradición del “pino de san Diego”, que ambos quedaron extensamente recogidos en el callejero. Permanece el ayer acurrucado en la actualidad de la Barriada del Pino, con la Plaza del Pino, el Colegio Público del Pino, las calles El Pino, Patio del Pino y Traspino.

                                               

 

 

 



[1]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones ... página 150.

[2]  Act. de la sesión Cap. de 7 de Marzo.

[3]  Act. de la sesión Cap. de 29 de Enero.

[4]  Historia de Sanlúcar de Barrameda, página 248.

[5]  Pedro Barbadillo: Historia de Sanlúcar de Barrameda, página 248.

[6]  Act. de la sesión Cap. de 11 de Julio.

[7]  Act. de la sesión Cap. de 30 de Septiembre.

[8]  Act. de la sesión Cap. de 18 de Enero.

[9]  Act. de la sesión Cap. de 22 de Noviembre.

[10]  Los entrecomillados corresponden al borrador del acta del acto capitular de la efemérides.

[11]  Act. de la sesión Cap. de 17 de Mayo.

[12]  Act. de la sesión Cap. de 20 de Enero de 1881.

[13]  Act. de la sesión Cap. de 27 de Enero de 1881.

[14]  Act. de la sesión Cap. de 16 de Noviembre de 1895.

[15]  Edición de 9 de Noviembre.


07/04/2016

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