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  MUERTE Y RELIGIOSIDAD EN LA SANLÚCAR DEL SIGLO XVI.

 

 

 

          Ambos fenómenos estuvieron siempre indisolublemente unidos en la historia de la civilización. La muerte abocaba a la contemplación de un pozo oscuro, de cuyo contenido no se tenía nunca certeza; desde el brocal sólo se contemplaba el misterio, un misterio que generaba sensaciones de pánico y de miedo radical. Ya en la historia del pensamiento, unos apostarán por la opción de la creencia en la  nada absoluta, al par que otros se aferrarán a la esperanza en la existencia de otra vida. La literatura renacentista castellana refleja el sentir ante el fenómeno de la muerte, si bien los autores manifestarán  siempre una innegable predilección por otros temas, como el amor idealizado y espiritualizado, o una naturaleza platónicamente estilizada y atrayente por su bucolismo y espíritu rural y campestre, o la mitología. Aún así, el renacentista sabe que la belleza, la juventud y el amor son bienes tan atractivos como fugaces y perecederos, por lo que, por una parte, intentan inmortalizarlos a través del mundo del arte -considerando que lo que se plasma plásticamente permanece aún después de la muerte-, y por otra parte, lanza un grito alentando a disfrutar de la belleza, del amor y de la juventud, mientras estos existan , porque el tiempo del placer es tan corto como la frágil flor, que se mustia al atardecer. Por ello, Garcilaso de la Vega proclamará:

 

                    “... coged de vuestra alegre primavera

                    el dulce fruto, antes que el tiempo airado

                    cubra de nieve la hermosa cumbre ...”[1].

 

 

          Aún así, el hombre renacentista, seguía inmerso en la actitud medieval ante la muerte: renegar, como humano; temer, como cristiano. La muerte es un acontecimiento singular e ineludible:

 

                    “... cómo se pasa la vida,

                    cómo se viene la muerte

                    tan callando...”[2].

 

 

          Es una ola que desborda a todo viviente, de la que nadie queda exento:

 

                    “...allí van los señoríos

                    derechos a se acabar

                    e consumir...” [3].

 

          Una obra cumbre de la historia de la literatura castellana, La Celestina de Fernando de Rojas (1475-1541), obra ambivalente, con una extensa galería de hombres y mujeres de la época, con un sabor ineludible de rebeldía radical, con un fondo y una forma crudísimos, y con una finalidad confesada por su autor, vete a saber si sarcásticamente (“compuesta en reprehensión de los locos enamorados que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen ser su dios. Asimismo fecha en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes), hace morir a su protagonista masculino, Calisto, portador caricaturescamente de muchos de los valores renacentistas, proclamando estas palabras:

 

          “¡Oh, válgame Santa María!  ¡Muerto soy!  ¡Confesión!”[4].

 

          El hombre renacentista sigue de hecho situándose delante de la muerte impregnado de inevitable temor. De sus actitudes y creencias son un significativo documento los testamentos efectuados por los sanluqueños durante  este periodo. Los testamentos conservados en el archivo diocesano de Asidonia Jerez, correspondientes a  sanluqueños, arrancan de fines del siglo XVI, si bien es deducible que los anteriores testadores  seguirían las mismas pautas que estos, sobre todo si se tiene en cuenta el extremado conservadurismo del que siempre hizo gala el denominado lenguaje jurídico administrativo. Estos testamentos abarcan un periodo que va de fines del XVI al último tercio del siglo XIX (1878), conservándose 217 documentos[5]. Se ha de tener en cuenta que no todos los sanluqueños testaban, pues, por razones obvias, difícilmente iba a otorgar testamento quien nada tuviese que legar (no nos perdamos en formalismos, que lo que interesaba a todos, de verdad de verdad, era el legado y las mandas; lo otro se valoraba como algo bastante secundario y baladí), y si nada tenía que legar, ¿cómo iba, por otra parte, a pagar los derechos del escribano público ante el que otorgar testamento? Así que sólo quienes tuviesen patrimonio serían los únicos que testaban, bien movidos por propia voluntad, o bien apremiados por los dolidos y lacrimógenos herederos y beneficiarios. 

          El ritual testamentario cambia muy poco durante este extenso periodo. Comenzaba con una protestación de fe (del testamento de María Ramos, viuda de Pedro López Cano: “creyendo firmemente en la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en todo lo demás que confiesa la santa Madre Iglesia Católica y Romana”[6]), tras la oportuna localización del otorgante, del sitio y de la fecha, de su estado físico (“con buen juicio y entendimiento”)[7] (“acostado en la cama en las casas de su morada, gravado de la enfermedad que padece y con libre juicio, memoria y entendimiento natural”, del testamento del almirante Gonzalo Díaz Correa[8]), de su naturaleza, estado civil y sexo. 

          Se continuaba pidiendo la intercesión de la Virgen y de los santos de la devoción del otorgante, preferentemente de los santos Ángeles, de san Miguel, de san Pedro y de las propias almas del purgatorio. Data de mediados del siglo XVI (1526) la fundación de la que llegaría a ser una de las más devotas y prósperas cofradías sanluqueñas, la de las Benditas Ánimas del purgatorio, que, en sus orígenes, tuvo su sede en la ermita de San Juan de Letrán, de donde se trasladaría a la iglesia mayor parroquial[9]. 

          Se establecía asimismo en los documentos testamentarios el tipo de mortaja deseado, normas sobre el cortejo fúnebre, tipo de funeral y exequias, establecimiento de las misas de sufragios encargadas temporal o perpetuamente, fijación de legados o mandas con destino a instituciones benéficas, eclesiásticas o familiares, proclamación de los herederos, nombramiento de los albaceas (eclesiásticos con mucha frecuencia, o familiares allegados al testador), e invalidación de cualquier otro testamento otorgado con anterioridad al definitivo, que recogía la última y definitiva voluntad del otorgante. 

Una vez que se abría el testamento, solían interponerse frecuentemente recursos y litigios sobre la interpretación de sus cláusulas, no sólo entre particulares, sino, sobre todo, entre instituciones (cabildo e iglesia[10], conventos entre sí ....), así como dictarse autos de cumplimiento de los testamentos. Para la aplicación del testamento de Clara Correa, viuda del almirante Gonzalo Díaz Correa, el fraile carmelita fray Juan Durán hubo de presentar certificado en el que ratificaba que la difunta “dejó dispuesta // por cláusula de su Codicillo // que la restante cantidad de cuatrocientos pesos de unos legados se me entreguen // para que los expendiere en ciertas cosas del descargo de su conciencia que me comunicó debajo de confesión // como lo juro in verbo sacerdotis”[11]. Ello motivó que la Iglesia sanluqueña terminase llevando un estricto control de quiénes testaban y de quiénes no. En el Archivo Diocesano se conservan las listas de los finados en la Ciudad bajo disposición testamentaria, y de los que habían muerto sin testar habiendo dejado bienes para ello, con expresión de sus nombres, días de sus fallecimientos, escribanos ante quienes testaron, fechas del otorgamiento y albaceas que nombraron los primeros o herederos de los segundos, e igualmente de los libros y folios donde se hallan sus partidas de defunción[12]. 

          Se ponía en los testamentos especial énfasis en el tema del cortejo fúnebre, en las misas a celebrar por el alma del difunto, y en el del lugar de enterramiento. El cortejo era más suntuoso cuanto más adinerado había sido el difunto. En él solían figurar, a más de familiares y amigos, la clerecía -en mayor cantidad cuanto de más alto nivel social y económico había disfrutado quien ahora se enterraba-, los frailes, las cofradías y sus integrantes, e incluso una cantidad definida de pobres, si es que el difunto había dejado establecidas mandas por las que, a cambio de figurar en el cortejo, se les repartiese a su término comida y ropa. El testador dejaba establecido el número de misas que se debían celebrar por su alma: “se me diga una misa de réquiem cantada // ofrendada como es costumbre // y seis rezadas // cuya limosna sea a dos reales y cuartillos ... y treinta misas rezadas”[13] (testamento de María Ramos, viuda de Pedro López Cano). 

          Se precisaba, por completo, en los testamentos el lugar preciso del enterramiento. Siempre se debía efectuar en lugar sagrado, siguiendo una larguísima tradición establecida en la cultura socioreligiosa. Se señalaba el templo elegido, la capilla específica y, en ella, el lugar de la misma. Se trataba casi siempre de capillas familiares fundadas por la familia en cuestión y destinadas al enterramiento de todos sus miembros. El criterio de valoración de los lugares de enterramiento solía ser el de la proximidad al altar mayor, y mucho más si este estaba calificado de privilegiado, hecho que producía la inevitable especulación en la concesión de tan apremiantes deseos. En este tiempo, los más frecuentes lugares de enterramiento fueron la iglesia mayor parroquial y los conventos y monasterios sanluqueños. Algunas hermandades y cofradías gozaban de un lugar propio para sus integrantes. Los enterramientos tan sólo se efectuaban en el campo en tiempos de epidemias, en evitación del contagio, y además porque las iglesias resultaban insuficientes para tanto trasiego. Los lugares elegidos eran aquellos que estaban en las proximidades de las lazaretos, lugares que se ubicaban en las entradas de los caminos que venían de otras poblaciones, como los de santa Brígida, a la entrada del camino de Sevilla;  san Francisco, a la bajada de los Altos de las Cuevas; y de manera particular junto al de la antigua ermita de San Antón, que se utilizaba como tal lazareto en tiempos de epidemia, de manera que cuando se constituya en cementerio eclesiástico, se hará en consideración a la ya larga tradición de los enterramientos que, junto a la mencionada ermita, se realizaban. La primera partida de defunción contenida en los libros sacramentales es de 1652, en la que se dice: “El ocho de noviembre de mil y Seiscientos y sinquenta y dos años[14].  Dª Leonor de Novela // en veinte del mes de marzo de mil y seiscientos y sinquenta y dos años // se entero en el convento de la merced desta Ciudad de Sanlúcar de barrameda a Doña Leonor de Novela // mujer de Don marco de Novela”. En las partidas de esta época aparece como lugar de enterramiento la iglesia mayor parroquial, con la excepción de algún convento, como el mencionado, y otro enterramiento que aparece en el convento de Santo Domingo, el del presbítero Andrés de Bega el 22 de Abril de 1652. En las partidas posteriores, y bajo el nombre del difunto, figura si testó o no, su calificación social (pobre o muy pobre), la calle del óbito y el estado del difunto (soltero, doncella, casado, viudo). A raíz de 18 de Abril de 1668, por primera vez en los libros de defunciones, las partidas aparecen firmadas por Bartolomé Salvatierra. 

          La clerecía solía enterrarse bajo el coro de la parroquial o en la capilla del Santísimo Sacramento. Los pobres, sin embargo, encontraban sus enterramientos o carneras en las proximidades de la iglesia mayor parroquial, concretamente en lo que con posterioridad fue denominado el patio de los naranjos, lindero con la capilla de Ánimas. En las proximidades del inicio de la segunda parte del siglo XVII, se recoge el siguiente acuerdo capitular, documentado por Pedro Barbadillo[15]: “Acordóse escribir al Cardenal suplicando le despachasen sus órdenes y censuras para las personas que conviniere para que las personas principales que muriesen de achaques de enfermedad que de presente corre, se entierren en las sepulturas de las iglesias, monasterios, ermitas y hospitales donde cada uno tuviese una sepultura o devoción de enterrarse, como se hizo en los años pasados de quinientos noventa y nueve y seiscientos en la enfermedad que entonces corrió de mal de contagio, como se tiene noticia las remitió el señor Arzobispo de la ciudad de Sevilla que entonces era, respecto que para el común hay hechas dos carneras donde se entierren”[16]. 

          Poco después, dos capitulares, Alonso Castaño y Jerónimo Espinosa de los Monteros, informaron al Cabido[17] de una conversación mantenida con el vicario eclesiástico de Sanlúcar de Barrameda, en la que este les había manifestado su determinación de rehenchir las sepulturas de la iglesia parroquial e impedir que, durante algún tiempo, se continuase con la tradición de los enterramientos en la iglesia parroquial; ante lo cual proponían que se construyese un osario al que se pudieran trasladar los restos existentes en los enterramientos de la parroquial, y que, al mismo tiempo, pudiese servir de lugar de enterramiento durante mucho tiempo. El lugar escogido había sido “junto a las casas que son de los herederos de don Luis del Castillo, cuya propiedad es de los padres de Barrameda[18], que están hechos solar”. Según Pedro Barbadillo[19] en dicho solar se construyó un cementerio “capaz para ciento setenta y cuatro sepulturas y cuatrocientos veintiocho cañones, siendo este el primero que hubo en Sanlúcar y duró hasta el año 1803”.

          El 20 de Junio de 1933, ante el conflicto de competencias planteado por el enfrentamiento entre Ayuntamiento e Iglesia, la documentación existente en el Archivo Diocesano de Asidonia Jerez contiene datos importantes sobre la historia de los enterramientos en este siglo XVI. El asunto lo había destapado al cardenal de Sevilla, con finura y astucia, el que era arcipreste de la ciudad en 1933 Francisco Lara, párroco de Chipiona: “... en el asunto del cementerio cree el párroco de la O (se trata de la parroquial de Sanlúcar de Barrameda) que el Ayuntamiento persigue la incautación, pero como el oficio de requerimiento habla de inventarios y listas, y este legalmente no puede referirse más que a cementerios privados, no sabía qué procedimiento seguir para conocer las intenciones del ayuntamiento de una manera que no diese lugar a dudas. Me permití indicarle que contestase el  oficio del  Ayuntamiento dándole una relación de los cementerios privados, que existen en el ciudad, sin incluir el parroquial. De este modo el municipio descubrirá sus intenciones si, como parece ser por todas los indicios, se trata de la incautación...”[20]. 

          El 20 de Junio de 1933 los tres párrocos de la ciudad, Antonio Suárez, de la iglesia mayor parroquial; Laureano Rubio Alpresa, de Santo Domingo; y José Núñez, de Bonanza, mandan un oficio al cardenal en el que le comunican que, en la sesión ordinaria celebrada por el Ayuntamiento el 10 de Junio, se acordó la incautación del cementerio, ante lo que piden instrucciones a seguir. A falta de más documentación y de títulos inscritos en el Registro de la Propiedad, le remiten al cardenal, los oficios existentes relacionados con la incautación que se efectuó en la anterior República de 1873. 

          En uno de los oficios, el remitido por el entonces arcipreste de la ciudad, Francisco Rubio Contreras, al Presidente del Ayuntamiento, con fecha de 28 de Abril de 1873, tras defender los derechos que, en su opinión asistían al clero en cuestiones de cementerio en general y en el de san Antón en particular, por ser de la propiedad de la Iglesia sanluqueña, hace una breve síntesis de la historia de los cementerios: “ ... V.S. deberá convenir conmigo, que, sin razones sumamente atendibles, no era posible que por espacio de dos tercios de siglo el clero, a la vista de toda una población, erigiese, gobernase y dirigiese un lugar público sagrado. Desde el año de 1396, dos siglos antes de que el Concejo, Justicia y Regimiento de Sanlúcar tuviese casa donde deliberar, y más de un siglo anterior al documento más antiguo del archivo del Ayuntamiento, era ya San Antón lugar sagrado y propiedad del clero, con los terrenos adyacentes, por cesión de D. Juan de Guzmán, conde de Niebla. Y note V.S.  que ya desde esa fecha era San Antón cementerio, por la costumbre antiquísima de dar sepultura en las iglesias, que a la sombra de los altares lo ha puesto el cristianismo todo: la vida y la muerte. A principios del siglo, San Antón, que era ya cementerio, empezó a ser cementerio único; y el clero cercó su terreno, levantó sus tapias, construyó sus sepulcros, en una palabra, lo hizo, y lo hizo en terreno suyo. El cementerio de San Antonio Abad está, por lo tanto, al abrigo y al amparo de los tribunales, como la propiedad más sagrada, y el clero tiene, no ya razones sumamente atendibles, sino títulos verdaderos y de verdadera justicia que todo tribunal respetará, y que yo espero respetará también el Ayuntamiento, desistiendo del acuerdo que, sólo por una equivocación, se ha podido tomar.

Dios guarde a usted muchos años”[21].

 



[1]  Primer terceto del Soneto XXIII..

[2]  De las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique (1440-1479).

[3]  Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique.

[4]  La celestina, 1494, acto XIV.

[5]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, cajas 330 a 334.

[6]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, caja 330, 5.

[7]  Testamento de María Ramos, viuda de Pedro López Cano (1639). Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, caja 330, 5.

[8]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, caja 330, 8.

[9]  Pedro Barbadillo: Historia de la Ciudad de Sanlúcar de Barrameda, pág. 296.

[10]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez, Fondos Hispalenses, caja 331B, 26.

[11]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez, Fondos Hispalenses, caja 330, 8.

[12]  Cfr. Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, caja 334 E, 112, 113 y 114.

[13]  Archivo Diocesano de Asidonia jerez: Fondos Hispalenses, caja 330,5.

[14]  Como se puede observar una cosa era la fecha de asiento de la partida y otra la del enterramiento y, al parecer, no eran muy diligentes los encargados de la escribanía eclesiástica.

[15]  Historia de la Ciudad de Sanlúcar de Barrameda, pág. 718.

[16]  Act. Cap. de la sesión de 9 de Enero de 1649.

[17]  Act. Cap. de la sesión de 2 de Enero de 1679.

[18]  Se refiere a los frailes jerónimos del convento de Santa María de Barrameda, ubicados en el primer monasterio que hubo en esta ciudad, junto a los pinares del mismo nombre y próximo al puerto también denominado de Barrameda.

[19]  Historia de la Ciudad de Sanlúcar de Barrameda, pág. 719.

[20]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez. Fondos de Gobierno. Caja de Instituciones, cementerio.

[21]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez. Fondos de Gobierno, caja de Instituciones, cementerio.


03/04/2016

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