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  ¿TAMBIÉN VOSOTROS?

 

 

 

Una fría noche de invierno amenazaba con un nuevo manto de frío. En el templo viejo y con cicatrices de abandono había concluido el tercer día de culto en honor del Cristo y de la Santísima Virgen. Unas voces ahuecadas y solitarias cantaban una canción mariana de despedida. Relucía el retablo con flores y cirios primorosamente colocados. Todo se había ejecutado con fervor. El oficiante notó entre sus manos, al ofrecer el pan y el vino, la soledad que hubo de padecer Jesús en Getsemaní. Todos duermen, se decía una vez tras otras. La pesada carga de tan poca concurrencia en hermandad de tantos hermanos no había pasado desapercibida para el hermano mayor. Una mirada de dolorosa complicidad se cruzó entre ellos en el momento de la comunión.

          Finalizada la misa, el hermano mayor y la junta de gobierno de la hermandad se desvivían en atenciones con el predicador como queriendo aliviar una tristeza que ellos no habían producido. La iglesia quedó prestamente vacía. El sacristán iba apagando los cirios del altar, que iban dejando tras de sí un olor a humedad contenida que se esparcía por el viejo templo que encerraba tantas historias.

          Comenzó a oírse de pronto un rumor cada vez más creciente de voces juveniles. La iglesia se fue llenando de varias decenas de jóvenes alegres, dicharacheros, sonrientes. El predicador preguntó al hermano mayor qué era aquello. El hermano mayor le contestó que eran los costaleros que venían a hacer la “igualá” para comenzar los ensayos para el “desfile procesional”. “Pero, ¿todos estos son hermanos de la hermandad?, preguntó el predicador, mitad curiosidad y mitad tristeza. El hermano mayor, comprendiendo doloridamente lo punzante de la pregunta, contestó que sí, que efectivamente eran hermanos de la hermandad, y añadió que todos estaban perfectamente informados de los cultos, pero que las cosas eran así.

          El ruido de tantas voces juveniles entrecruzadas se hacía ensordecedora en el templo. El predicador fue pasando por entre ellos  encaminándose hacia la salida del templo. Una voz resonaba en los cuévanos de su silencio y de su sentimiento de ausencia: ¿También vosotros queréis abandonarme? Su mente retrocedió hasta el momento en el que el Maestro, Jesús de Nazaret, las había pronunciado a sus apóstoles. La oración solitaria del predicador salió de lo más profundo de su entrañas: “No, Señor Jesús, yo no quiero en absoluto abandonarte. ¿A dónde iría esta vasija de barro sin ti, si lo único importante es el tesoro que has puesto dentro de ella, tú mismo, mi Jesús de Nazaret?”.

          Caminaba solitario el predicador. El frío era intenso. La noche marcaba la estación invernal. No terminaba de comprender el sentido de la vida. Mil preguntas se entrecruzaban por su mente despejada por el intenso frío: ¿Cómo es posible que estos jóvenes, inmersos en un mundo mentiroso y tramposo, hagan fiesta al símbolo del Misterio, cuando quedan impasivos ante el misterio mismo? ¿Cómo una fotografía –entrañable, pero fotografía al fin y a la postre de un ser querido– podía tener para ellos mayor significación que la realidad de la que la fotografía era tan sólo una mera señal? ¿Cómo se conformaban con quedar asomados al brocal del pozo del Misterio cuando el Misterio mismo es lo realmente vivificante y vivificador?

 

          Era la noche de los tiempos. Llegaría un día en el que el Nazareno sería sin discusión la verdadera “luz de los pueblos”. Mientras tanto tan sólo queda a sus seguidores pasar por el mundo, como Él, haciendo el bien. Ya su luz brillará resplandecientemente para todos. Hoy tan sólo queda sentir el frío de la noche y la soledad de la ausencia.


25/03/2016

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