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  AY, LA FAMILIA

 

 

 

 

 

          La institución familiar ha sido trascendental en la configuración de la sociedad. Y esto durante todo el itinerario histórico. La lectura de los evangelios aporta muy pocos datos sobre la familia de Jesús, María y José. No es de extrañar. Ninguno de los cuatro evangelistas ha pretendido plasmar en sus escritos una “biografía” de Jesús de Nazaret. Lo que nos han dejado son las palabras, actuaciones y signos de Jesús, para que sus seguidores pudieran tener acceso al mensaje del nazareno.

          No obstante, aunque los datos sean escasos, no lo es lo connotativo de las pocas palabras que se refieren a esta familia. De tal manera, que lo expresado, lo insinuado, lo sintetizado marca la referencia de un modelo de familia. Así quedó expresado:

“Bajó con ellos (Jesús con sus padres) y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas estas cosas en el corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia  ante Dios y ante los hombres”.

          Jesús se enriquece de, en y con su familia. Es en ellos en donde encuentra el clima y el lugar adecuado para ir creciendo en esas tres facetas tan importantes, en todo crecimiento que ha de ser hacia dentro y hacia fuera. Crecer en sabiduría, la verdadera sabiduría, la que no se queda en mero conocimiento de las realidades materiales. La sabiduría que enseña a vivir. La sabiduría que conlleva un acercamiento al misterio, a la trascendencia, al núcleo y a la fuente, al principio de la sabiduría. Que, por ello además, lleva al conocimiento de la esencia del ser humano, al respeto a la diversidad integrándola en una unidad de ser y de existir. La sabiduría caduca y trasnochada es aquella que arrastra al “sabio” a la ciénaga de considerarse más que los demás y a mirarlos por encima del hombro. 

          Crecer en estatura. En un ambiente sano. En una mentalidad en la que se valore el cuerpo y se cuide.  Crecer en consonancia con lo que es la naturaleza humana, en la que Dios ha positivado cuando ha puesto en ella. Crecer en el rechazo de cualquier vicio, considerando que el vicio es un renglón torcido en las raíces existentes en el cuerpo. El crecimiento corporal ha de ir siempre acompañado del crecimiento interior. Un desfase entre ambos neurotiza a la persona a corto o largo alcance. Crecer en estatura es disponer en cada momento de lo que cada momento requiere.

          Crecer en gracia. La gracia es la lluvia de Dios que cae sobre la persona y la enriquece y le abre la mirada hacia lo que ennoblece y sensibiliza a los humanos: la visión trascendente de la vida. Crecer en gracia es no perderse en el hartazgo de la inmanencia, sino vivir siempre en la esperanza de la trascendencia. Crecer en gracia es estar abiertos a Dios, vivir en su amor. Saber de tu ternura de padre-madre. Crecer en gracia es saber vivir en comunidad, desde la más pequeña hasta la más universal.

          Como en Nazaret, la familia es la escuela-vida en donde se hace realidad este crecimiento. Objetivamente, hay épocas y épocas en la que la consideración de la institución familiar como lugar del crecimiento integral se desvanece. Soplan en la actualidad vientos siniestros para la familia. Son muchas las causas. Tantas que lo anteriormente apuntado puede oler a utopía o a antigualla. No obstante, la salida de tanta batería de crisis no será posible sino desde la familia. A esta altura, me pregunto: ¿No se sabe? ¿No se puede? o ¿No se quiere? Hay de todo. Lo cierto es que, para una mayoría social tiene la sensación de que se han perdido unos valores seculares, en los que se asentaba la familia, mientras que se ha querido apuntar con un nihilismo descorazonador. La vulgaridad de la enseñanza ha vulgarizado a la familia, de manera que ni interesa a muchos la una ni la otra. Hay padres que se han divorciado de la educación de sus hijos, de la que se genera en el hogar y, aún más, de la que es objetivo de los Centros Educativos. La peste del desinterés va asolando nuestra sociedad por los cuatro costados.

          No obvio que esta situación no es casual. La defenestración de la institución familiar, como la de otras instituciones, personas y realidades de la actualidad, es programada, en aras de enriquecimientos ingentes, por el poder y el capital, objetivo este que viene funcionando desde hace varias décadas, cada vez de una manera menos clandestina. Al éxito de esta planificación colaboran la falta de ideas claras en torno a la valoración de la institución familiar, el desconocimiento supino con el que las parejas se unen, el dualismo vital en el que todo cabe, la irresponsabilidad de quienes dan carta de ciudadanía a uniones a priori llamadas al fracaso, el principio tramposo consistente en que “decir libertad” es decir “todo vale”, la permisividad social que no ataja adecuadamente la violencia de género y, por supuesto, la estrategia de centrar la atención de la ciudadanía en las “bombillitas de feria”, efímeras y engañadoras, y no en la luminosidad de saber pensar para analizar y rechazar el cúmulo de patrañas traidoras que se siembran en la mente de la ciudad “alegre y descomprometida”.

          Familia, cuyos únicos intereses sean los económicos, familia llamada al fracaso, porque la familia no es una empresa regida por derechos y deberes, sino una comunidad de amor. ¡Ay de los hijos que no son frutos del amor! Ahí se rompe el vaso y cuando tal acontece no hay quien lo pueda recomponer. Los responsables de crear esta comunidad son los padres, teniendo claro que responsabilidad es sinónimo de servicio. La responsabilidad está divorciada de un poder despótico que impide y rige bajo la ley del propio capricho; mientras que está hermanada con la ayuda, la tolerancia, la mesura, la comprensión, el seguimiento y el acompañamiento. Todo esto se transforma en un foco encendido en medio del caos imperante en la sociedad.

          Es cierto que en la actualidad las dificultades son mayores y pesadas, tanto que en ocasiones se presentan como insuperables. Se ha sembrado en nuestra sociedad la carencia de valores, y se está recogiendo una juventud apática, desorientada y sometida al vértigo constante de caminar sobre tierra movediza. ¿Cómo educar en estas circunstancias? ¿A tirar la toalla? En absoluto. Educar es posible. Hay que agarrarse a un gran interés y al pleno convencimiento de la eficacia de la educación, cuando esta se realiza no sólo de palabras, sino de signos y de hechos. Los niños y los jóvenes, por pequeños que sean, no son “cosas”, no son “objetos”, son personas con sentimientos, con tendencias, con carácter y, como tales personas, son distintos unos de otros. Se equivocan los padres que pretenden educar a todos sus hijos de la misma manera. Caerían en el error de la sociedad actual que pretende “uniformarlos”, como si se tratase de meras máquinas. Se ha de respetar la particular forma de ser de cada uno, por ello la educación requiere contacto individual, escucha paciente, esmero de comprensión, respeto a la lentitud o a la precocidad.

          Educar no es imponer, sino poner al alcance, para que sea el educando el que se ponga en camino a sí mismo. La educación tiene alergia a las imposiciones y a las tiranías. Al cabo, no sirven sino para generar odios anidados, frustraciones irreconciliables, complejos que lastran el caminar con libertad y alegría por la existencia. Educar es preparar para la lucha de la vida. Si esta tarea no se realiza por miedo a que se equivoquen o caigan, nunca llegarán a tener las habilidades imprescindibles para construir su propia madurez integral.

 

          Educar no es tarea de coto cerrado. No se educa para tener, poseer y dominar, sino para integrarse en una sociedad, respetándola, comprendiéndola, criticándola, transformándola, pero queriéndola. Educar para siempre se logra cuando se enseña a abrir los ojos y los oídos para escuchar el grito de los más desprotegidos, los pobres, los enfermos, los ninguneados, los marginados, los que están o viven en una soledad obligada, los perseguidos. Educar está reñido con el coleguismo con los hijos, pero nunca con una verdadera amistad, a pesar de que la diferencia de edad dificulta la empatía, pero no la anula. Resulta evidente la bondad de esta inquietud por colaborar en la madurez de los hijos, como resulta evidente que un pozo vacío no puede ofrecer ni dar agua.


02/03/2016

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