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  HOMBRE, HISTORIA Y CRISTO.

 

 

 

 

La historia universal de la humanidad, cuya esencia está alterada por la unión hipostática, no puede contraponerse a Cristo, sino que, por el contrario, sólo tiene su justificación última y su sentido profundo por encontrarse instalada en el territorio y en la soberanía de Cristo, el que posee “todo poder en el cielo y en la tierra” (Mat. 28,20).

Pero no se puede pensar en que tanto la historia universal como el propio individuo no tengan una esencia (“eidos”) propia, inmanente, y que esta sólo la posean en Cristo. Sólo si se considerara previamente que en las criaturas hay una esencia auténtica, en ese caso el descenso de Dios al plano de las criaturas significaría esa “kenosis” de Fil. 2, 6-7, y sólo así Dios elevaría consigo, sin rebajarse y sin destruirla, esa esencia hacia el ocultamiento de la vida eterna. El hecho de que la esencia de la historia haya sido elevada radica en el hecho de haber sido libremente elegida.

El sentido, la esencia de la historia tienen que someterse y dejarse tensar hasta la trascendencia. Esta violencia que domina la esencia del mundo sólo se resolverá en el reino de los cielos llevado a su cumplimiento. No es que se identifiquen, sino que ambos existen uno para el otro y el uno con el otro, abarcándose en el amor de Cristo uno a otro en su concesión de sentido. El hombre, se acepte o no, está referido a la esencia trascendente, porque esta esencia está radicalmente insertada en lo más profundo de la humanidad.

El aspecto trascendente se encuentra en el acto básico cristiano, en la fe, la esperanza y el amor. Así, por una parte, la naturaleza humana se encuentra liberada de las ataduras del pecado y, por otra, se encuentra en la ligadura de la imitación, como esposa y como discípulo en el misterio de Cristo. Esta imitación de Cristo nos lleva a una vida abierta, confiada, sin cuidados ni planes, sin anticiparse a cerrar la voluntad del Padre, sino más bien creyendo, esperando, amando a Dios y a los hombres; de esta manera es como debe caminar el discípulo tras sus huellas.

Debe estar en el tiempo, pero no elevarse por encima de él. Con docilidad ha de tratar de entender los signos del tiempo y el mensaje que estos portan, sin querer acuñar titánicamente en el tiempo su propio sentido, inventado por él mismo; salir al encuentro del contenido y significado de la vida, que le ha sido dado por Dios, sin el intento de apoderarse prometéicamente de él, sabiendo que la actitud básica donde encontrará el sentido de la vida es en la apertura del hombre a Dios, a través de la fe, la oración y la donación práctica y generosa a los demás, a todos, pero sobre todo a los que están más necesitados de esta donación.

En esta apertura el hombre no quedará taponado para recibir la verdad eternamente nueva de Dios, ni por dogmatismos, ni por cualquier tipo de prejuicios eclesiásticos o mundanos, que quizás fueran buenos en otro tiempo histórico, pero quedaron incinerados ya con el ayer histórico.

La existencia de la iglesia, como comunidad, y la individualidad, como unidad insustituible y diga del máximo respeto, es una auténtica existencia de esposa, que reciben la semilla de Dios, su Palabra (I Jn. 3,9), y con ella encuentran el sentido de la historia. Esta realidad trascendente sólo la pueden recibir y guardar con apertura y disposición de mujer, que no se resiste, que no se cierra, que no se convulsiona, que no pretende ninguna compensación por parte del hombre, sino que sólo se entrega en la tiniebla, y en la tiniebla concibe, sin tan siquiera saber lo que ha concebido y trae al mundo.

El Cantar de los Cantares es una poetización de esta visión de la historia. Cuanto más intenta el hombre sustituir su esencia de gracia por otra cualquiera hallada o soñada por él mismo, más débil resulta lo que adquiere forma en su vida. Cuanto menos deriva la forma humana de la forma básica de Cristo, más es “madera, heno, paja, que cae en el fuego del juicio escatológico” ( I Cor. 3,12-13). Cuanto más “temporalmente” vive el hombre, más vacía de trascendencia y radical sentido aparece su existencia mundana.

En esta apertura, en esta entrega de la humanidad a Dios, no hay ninguna actitud de pasividad o resignación. Se requiere gran esfuerzo por mantener alejado todo lo que pudiera tentar la correcta recepción y vivencia del mensaje. Es un “permanecer”, del que habla San Juan, que incluye todas las fuerzas conformadoras del hombre, la productividad, la creatividad, la genialidad técnica y artística. Es en este “permanecer” donde las fuerzas humanas adquieren sus verdaderos contornos. El anhelo escatológico se convertiría en “ociosidad” (II Tes. 3,11), si no sometiese a él la entera capacidad de trabajo del hombre, así como todos los planes y proyectos humanos (I Tes. 4,11; II Tes.3, 12).

Pero hay que tener presente que la ley de la Encarnación exige que el sentido de la historia no le sea estampado desde fuera y desde arriba –y un “desde fuera y desde arriba” semejante sería también el hecho cristológico si se tomara aisladamente–, sino en la ligazón del destino de Dios con el sentido interno de orientación de la historia.

Todo le expuesto no significa una desvalorización de la inmanencia, todo lo contrario. Hay que averiguar el sentido interno de la humanidad. Este sentido tendrá que realizarse a través de un itinerario, de unas etapas determinadas. Es decir, tendrá que desvelarse en el caminar, en el correr, en la diacronía. Algunos afirman, no sin cierta lógica, que en este punto del pensamiento nos encontraríamos con una problemática: Si el recorrido es finito, ¿lo es también el correr hacia la meta? Y si el sentido debiera ser infinito, ¿cómo puede entonces contener en sí en recorrido infinito? Por esta vía llegaríamos a la conclusión de que el sentido puesto en el trascurso temporal es problemático, tanto para los individuos como para la historia.

La salvación baja verticalmente, en la alianza establecida por Dios con el hombre y con el pueblo, y con ella se logra escapar de las garras del destino, de la muerte, de la materia. Este progreso de la tierra al cielo, desde la horizontalidad de lo temporal a la verticalidad de lo eterno, es la experiencia básica del pueblo hebreo. Así, las victorias terrenales son aceptadas como favores concedidos por Dios. El pueblo de Israel no escala ya su propio progreso, ahora es ya arrastrado hacia arriba, y el pecado, que inicialmente es una transgresión externa, legalmente expiable, se convierte en un hundimiento existencial, experimentado como interior, que sólo puede expiar, como última instancia, el “Siervo de Dios”. La experiencia de Israel, su historia recorre estas etapas: alianza, pecado, profetas, oración (salmos), Isabel, Juan, María y su Hijo.

Es el Espíritu Santo  el guía que ha conducido al pueblo elegido, sagrado, desde su inmanencia hasta la venida de Cristo, y desde la venida de Cristo lo posibilita para la promesa. El pueblo hebreo se convertirá en referente paradigmático de todos los pueblos que han sido, son y serán.

El muro divisorio entre la historia sagrada y la historia profana queda abolido cuando la Palabra ya no resuene proféticamente, sino cuando, bajando del cielo, acampa entre los seres humanos, haciéndose uno de ellos. Dios, para expresarse en plenitud, no quiere usar ya otro mensaje que el de su Criatura suprema. Desde ese trascendental momento, no es llamado a la fiesta solamente un pueblo, sino la humanidad plena. De esta manera, no hay ya múltiples historias, sino sólo la única Historia Universal, que encuentra su cumplimiento trascendente en el Kirios, el Señor.

“Él ha sido probado en todo de manera semejante, excepto en el pecado. Avancemos, pues, con confianza  al trono de la gracia, para obtener misericordia y encontrar gracia para una ayuda oportuna” (Heb.4, 15-16).

 

Es el instante de tiempo que Dios nos otorga.


29/02/2016

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