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  EL PINO, AYER LUGAR DE OCIO Y PULMÓN DE LA CIUDAD

 

 

Bien distinta fue la zona toda en la que en la actualidad se asienta el Colegio Público El Pino. Es de suponer que en la antigüedad fuese toda esta zona lugar de bosques y, en dicho sentido, puede entenderse los acuerdos capitulares que vienen a hacer referencia al pago de un premio a aquellos vecinos que presentasen en el Cabildo algún lobo muerto, por el peligro que implicaban para las escasas viviendas existentes en esta parte extrema del arrabal de la Ribera.

Las primeras noticias documentadas sobre este lugar hablan de la existencia, a los pies de la Barranca de las Cuevas, de una explanada extensa. A mediados del siglo XV tenía propiedades en ella la señora Mencía Alfonso Muñiz, y a ella acudieron un grupo de potentados vecinos de la localidad, relacionados con la conquista de las Canarias y admiradores de la orden religiosa de San Francisco, solicitándole terrenos en aquella zona, para poder proceder a la fundación de un modesto convento, destinado a los frailes franciscanos. Accedió Mencía Alfonso a lo que se le solicitaba y donó para ello “una arboleda con una pequeña fuente”[1]. Nacería de esta manera el convento franciscano de Santa María de los Ángeles. Corría el año de 1443.

Desde aquel momento, esta zona estuvo íntimamente relacionada con la orden franciscana. A la vieja explanada se la denominaría Campo de San Francisco. A la vía que a él conducía, Camino de San Francisco. Y, posteriormente, recogiendo la tradición de que san Diego había plantado en el lugar un popular pino, el pueblo, desde entonces, pasaría a denominar todo el entorno como El Pino, así quedó hasta el día de hoy. Al trasladarse la comunidad franciscana en 1700, dado que su anterior convento no reunía ya las condiciones mínimas para sus finalidades, a la calle del Ángel, a unas casas que adquirieron y que serían el germen del convento de San Francisco el Nuevo, quedaría una más amplia zona, en la que prontamente se pensaría que podría llegar a ser un agradable lugar de solaz y recreo para el vecindario del barrio bajo, de manera especial fuera de la estación veraniega.

Con esta filosofía, consta que en Cabildo de 1713[2] se abordó el tema de la plantación de árboles “en el Campo llano de San Francisco el Viejo y en el navazo Ribera de la Marina”, que se encontraba “a la entrada de la ciudad”. El proyecto resultó atrayente, y así fue aprobado. El Cabildo autorizó los gastos presupuestados y se sembraron cerca de 1.000 estacas de pies de árboles. Ordenó también el Cabildo que, por los correspondientes diputados, se atendiese a que “el ganado no lo ofenda, (bajo una sanción de un real por cada cabeza de ganado que se colase de noche, y medio real si lo hacía durante el día, además de tener su propietario que arreglar los desperfectos que el animal hubiese causado), ni que por otro medio se destruya”, y que asimismo se procediese a contratar un guarda y a rodear el paseo con cuerda, pero con esta limitación: “póngase cuerda con el salario más moderado que se pueda conseguir”. Pasó a ser denominado el lugar Alameda de San Francisco.

Una buena obra, sin la menor duda, para el popular vecindario de los alrededores, pero chocaría bien pronto con los salvajes – que es especie que se reproduce contumazmente en  todas las épocas y lugares - y con las penurias económicas de las arcas capitulares. Y mire a qué insólito acuerdo llegó el Cabildo, en lo que se refiere a la penuria económica. Dado que la Ciudad de ninguna manera podía atender los gastos del pago del salario del guarda, del mantenimiento de los jardines y del riego de los mismos, se acordó que dichos gastos se cubriesen proporcionalmente con cargo a “los salarios de las diputaciones que gozan los caballeros diputados a cuyo fin graciosamente lo ceden”, hasta que las arcas se encontrasen en situación más saneada. No me negará que la medida no tuvo su aquel.

Y no sé si por aquello de que la mejor predicación es la de los hechos, es lo cierto que el paseo disfrutó en su historia de los celos y aportaciones de todo tipo de los vecinos sanluqueños de más noble encarnadura. En 1772 entra en escena un curioso personaje: Vicente Bohórquez. Propone al Cabildo[3] autorización, junto con otros vecinos, para levantar un paseo público de alamedas y con asientos en el Campo de San Francisco (ello indica que el anterior habría sido prácticamente destruido), costeado por él y pos vecinos que le secundaban, contando también con la aportación económica del Ayuntamiento. El Ayuntamiento le dio toda clase de venias y bendiciones, pero le dijo que de dinero nanay. A pesar de ello, Bohórquez y sus socios realizaron el proyecto, encontrando el jarro de agua fría que recoge Pedro Barbadillo[4]: “ ... entre ellos (se refiere a los obstáculos encontrados) la incultura de algunos que a principios de 1774 destrozaron varios árboles y bancos – fue porque los árboles y los bancos se habían mofado de los cándidos angelitos bravucones - ... y así otras veces ... por lo que Bohórquez, para reparar los daños, solicitó licencia para hacer una fiesta de toros con que allegar fondos para tales reparos y terminar la plantación de los álamos”. La incívica e injustificable actitud de quienes se habían dedicado al destrozo por el mero destrozo encontró la réplica en un acuerdo capitular de 1786, tras la visita de montes que se había girado a la ciudad, por el que el regidor Simón Antonio García de  Lemos y Pastrana dirigió la plantación de gran cantidad de árboles por todas las alamedas que circundaban la ciudad. Pretendió incluso el señor Pastrana colocar una fuente en el Campo de San Francisco, en su paseo, mas lo costoso del proyecto de colocación de la misma y de la conducción de las aguas lo hizo inviable.

Consta que el paseo aparecería a principios del siglo XIX en una estado lamentable, por lo que se procedió a arreglarse en 1813, colocándose en él además unos bancos de mampostería, costeados que fueron por los vecinos José Martel y Nicolás Montaño[5]. Vuelve a aparecer el Campo de San Francisco en documentos capitulares de 1838[6] en el que se acuerda pedir al comandante de las brigadas de presidiarios que, los días en que estos no trabajasen en el arrecife, así como en los que acarreasen piedras para el Campo de San Francisco, se les ordenase quitar las arenas acumuladas en las calles del barrio de los Gallegos, efectuado lo cual se mandaría colocar murallones en las bocacalles que daban a las huertas.

La década de los 40 del siglo XIX va a suponer un periodo de esplendor para el paseo y los jardines del Pino. Esta nueva situación va a venir motivada por los deseos del Cabildo de estar en vanguardia de las celebraciones con motivo de la mayoría de edad (en 1843, a los trece años) de la reina Isabel II (1830-1904), así como el momento en que fue proclamada reina. Ya en 1841 había propuesto al Cabildo[7] las Comisiones de Ornato y de Propios que les indicase a varios vecinos que se integrasen en dichas Comisiones, para colaborar en la construcción del “nuevo paseo” en el Campo de San Francisco”. Fueron nombrados los señores Ambrosy, González, Lacave y San Miguel. La verdad es que la Comisión bien poco debió de funcionar, dado que en 1843[8]se volvió a la carga de nuevo con el asunto. Se dijo que el número de los comisionados era insuficiente y que además hacían falta vecinos que tuviesen “notoriedad” y “buen gusto” ; tras ello, se agregaron Domingo Castellano, Pedro Carrerés, y se dejó abiertas las puertas de la Comisión para cuantos vecinos quisieran colaborar en la empresa. 

Llegaría para El Pino la fecha mágica de 1843. Isabel II fue declarada mayor de edad. El Cabildo se arremangó y se dispuso para lucirse. Exteriorizó su felicitación a la Reina[9]. Acordó festejos de tronío para el día 1 de Diciembre, en el que se produciría la proclamación y jura de la soberana. Se encargó a la Comisión de Fiestas ( reforzada por los concejales Fernando Mergelina, Miguel Jerez y Fernando Barreda) que elaborase el programa de los actos. Se envió a un concejal a la capital para informar a la Diputación del “ilimitado deseo que animaba al cuerpo municipal a hacer una pública manifestación de júbilo”, pero... que, como carecían de recursos –estaban secos como siempre- y habían calculado, así por encima, que los gastos de la celebración tan deseada podrían alzarse a unos 10.000 reales, habían acordado imponer unos arbitrios sobre el aguardiente y el vino para alcanzar dicha cantidad, arbitrios que esperaba que la Diputación tuviese a bien aprobarles. La Diputación dio el O.K, mas algunos concejales se manifestaron reticentes a la celebración de la totalidad de los fastos programados, sabedores de que ello repercutiría en una más depauperada hacienda municipal. En estas estaban, cuando de pronto se presentó en la sala el concejal que había sido comisionado para ir a Cádiz, el Sr. González, quien dijo que la Diputación “estaba sumamente satisfecha por el patriotismo demostrado por la Ciudad en la disponibilidad a celebrar grandes fiestas ... que agregasen los 10.000 reales al déficit del presupuesto de 1844 ... y que se implantasen los arbitrios que fuesen suficiente para cubrir el actual déficit... –la Reina es la reina, vaya por Dios, y más con lo que esta había tenido que aguantar con los partidarios de su tito Carlos-.

¡Bueno que si hubo festejos !  Durante los tres primeros días de Diciembre. El acto central fue el celebrado el tercer día, en el que se iba a proceder a colocar la primera piedra del Paseo de Isabel II. Se constituyó el Ayuntamiento en el Campo de San Francisco, extramuros de la ciudad, y se dirigió al sitio “con toda la pompa y ostentación que tan importante acto requería”[10] a los acordes de una banda militar de música. Con total solemnidad se encaminaron al sitio el alcalde primero constitucional, Prudencio Hernández Santacruz, con todas sus condecoraciones de miembro del Consejo de S.M, Comendador de la Orden Americana de Isabel la Católica, Caballero de la Orden de Carlos III y otras de menos rango tanto capitulares como militares; le precedían los miembros del Cabildo, así como los tribunales, las corporaciones, las autoridades militares y civiles, los vicecónsules de potencias extranjeras y la gente de posibles de la Ciudad. Llegados que fueron al sitio donde estaba trazado un “cómodo, artístico, agradable y vistoso paseo, que se iba a construir a expensas de varios vecinos amantes de las mejoras y prosperidad del pueblo”, se abrió una zanja en la que se comenzarían a colocar los cimientos, y se introdujo una caja con varias monedas de plata y el acta del acto, tras lo que el alcalde pronunció los vivas de rigor a la Reina, a la Constitución de 1837, a la unión de los españoles y a la Ciudad de Sanlúcar.

Finalizado el acto, la procesión civil continuó hasta el propio Ayuntamiento, donde se agradeció la asistencia al brillante cortejo y se ordenó que todo constase en acta “como testimonio muy marcado de la lealtad y obediencia que este pueblo profesa a su Reina Isabel II”. - ¡Vaya la que armaron nuestros señores capitulares ! Pero eso sí, en la siguiente sesión acordaron el sueldo de un real diario para el guarda a partir del 1 de Enero de 1844.

Quizás porque se sembró mucho humo y la construcción fue más lenta de lo esperado, acordó el Cabildo en 1845[11] rotular con el nombre de Calle de Isabel II la que venía siendo denominada Calle Frente del Pino, que iba desde la Calle Espalda de Barrameda y, atravesando la Calle Barrameda, venía a salir a la Calle de Rubiños, quedando frente al Paseo de Isabel II. A tener en cuenta que, al tiempo en que se rotulaba esta calle, promulgó el Ayuntamiento un Bando con la finalidad de que el vecindario vertiese los escombros en el paseo para de esta manera constituir el firme del mismo. - ¡ Con las felicitaciones que había mandado al Ayuntamiento el gobernador político de la provincia por el bello paseo en honor de Isabel II ! -.

La segunda mitad del siglo XIX asiste a un deterioro del Paseo y a las lentas y tardías medidas adoptadas por el cabildo para su mantenimiento: traslado del “ingenio” del pozo que Antonio González tenía en el Palmar al del Pino para el riego del mismo[12]; acuerdos pocas veces realizados de concluir y reponer las cercas; proyectos de dotación de agua al paseo y de terminación de las cercas[13]; para concluir en un informe que el arquitecto presentó[14] sobre la ruina de la noria del Pino. Estalló el malestar contenido por la situación del Paseo en un artículo publicado en 1897 en el periódico “El Diario”[15]. En este artículo, amplio, descriptivo y ampuloso, se hacía un análisis de la situación del popular Paseo y de las causas que habían motivado su estado. Afirmaba que el Jardín, al que denominaba del Pino, en ningún momento de Isabel II, se encontraba “casi baldío, completamente en ruina, destrozado, olvidado por el Ayuntamiento y por el vecindario”, sirviendo sólo para que los zagalones se dedicasen a tirar piedras a los árboles, “cuando no a arrojárselas  unos a otros”. Analiza luego las causas: incuria y negligencia del Ayuntamiento, poco educación cívica y carencia de colaboración de los “vecinos de aquel extremo de la población”; y expone a continuación las soluciones que, al entender del articulista, tendría la situación: labor de concienciación a realizar entre los vecinos por los concejales del Barrio, cuidado responsable por parte del guarda que ha de ser entendido en materia de jardinería y al que se le debe permitir que consiga un sobresueldo con la venta de las flores, que el contrato del guarda sea sólo por un tiempo determinado, y que el Ayuntamiento “castigue con mano fuerte a cualquiera que en lo más mínimo falte”. Termina lamentándose de que los excelentes jardineros de la localidad han realizado encomiables obras de jardinerías en otros puntos “de la provincia, así como en Huelva y Sevilla”.

Todo lo expuesto vino a colaborar para que durante muchos años, a partir del comienzo del siglo XX, el Paseo del Pino estuviese en un excelente estado, para goce y disfrute del vecindario. Quizás en gran parte se debiese el cambio de rumbo experimentado a la construcción en El Pino, precisamente en 1900, de la actual Plaza de Toros. Siempre hubo gran afición en la Ciudad a los espectáculos taurinos, a pesar de las prohibiciones y a pesar de los furibundos ataques contra este espectáculo, encabezados de manera particular a principios del siglo XIX por un fraile capuchino. Durante algún tiempo se habían construido pequeñas plazas de toros portátiles o efímeras, la definitiva fue la construida en 1900.  Ya con anterioridad en 1873 se había construido una pequeña plaza de madera frente al Paseo del Pino. Las obras  de la de 1900 fueron dirigidas por el arquitecto Antonio Arévalo Martínez. Se inauguró la plaza con un cartel compuesto por el sanluqueño Manuel Hermosilla y Emilio Torres “Bombita” el 16 de Julio de dicho año.

El Paseo y Jardín del Pino pasaron al recuerdo cuando la Delegación Nacional de Sindicatos tomó la decisión de construir en su solar -como si no hubiera habido más solares en la ciudad- 96 viviendas populares, inauguradas en 1956 con el nombre de Grupo de Nuestra Señora de la Caridad. Tanta fuerza tuvo la tradición del “pino de san Diego”, que ambos quedaron extensamente recogidos en el callejero. Permanece el ayer acurrucado en la actualidad de la Barriada del Pino, con la Plaza del Pino, el Colegio Público del Pino, las calles El Pino, Patio del Pino y Traspino.

                                               

 

 

 



[1]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones ... página 150.

[2]  Act. de la sesión Cap. de 7 de Marzo.

[3]  Act. de la sesión Cap. de 29 de Enero.

[4]  Historia de Sanlúcar de Barrameda, página 248.

[5]  Pedro Barbadillo: Historia de Sanlúcar de Barrameda, página 248.

[6]  Act. de la sesión Cap. de 11 de Julio.

[7]  Act. de la sesión Cap. de 30 de Septiembre.

[8]  Act. de la sesión Cap. de 18 de Enero.

[9]  Act. de la sesión Cap. de 22 de Noviembre.

[10]  Los entrecomillados corresponden al borrador del acta del acto capitular de la efemérides.

[11]  Act. de la sesión Cap. de 17 de Mayo.

[12]  Act. de la sesión Cap. de 20 de Enero de 1881.

[13]  Act. de la sesión Cap. de 27 de Enero de 1881.

[14]  Act. de la sesión Cap. de 16 de Noviembre de 1895.

[15]  Edición de 9 de Noviembre.


07/04/2016

  MUERTE Y RELIGIOSIDAD EN LA SANLÚCAR DEL SIGLO XVI.

 

 

 

          Ambos fenómenos estuvieron siempre indisolublemente unidos en la historia de la civilización. La muerte abocaba a la contemplación de un pozo oscuro, de cuyo contenido no se tenía nunca certeza; desde el brocal sólo se contemplaba el misterio, un misterio que generaba sensaciones de pánico y de miedo radical. Ya en la historia del pensamiento, unos apostarán por la opción de la creencia en la  nada absoluta, al par que otros se aferrarán a la esperanza en la existencia de otra vida. La literatura renacentista castellana refleja el sentir ante el fenómeno de la muerte, si bien los autores manifestarán  siempre una innegable predilección por otros temas, como el amor idealizado y espiritualizado, o una naturaleza platónicamente estilizada y atrayente por su bucolismo y espíritu rural y campestre, o la mitología. Aún así, el renacentista sabe que la belleza, la juventud y el amor son bienes tan atractivos como fugaces y perecederos, por lo que, por una parte, intentan inmortalizarlos a través del mundo del arte -considerando que lo que se plasma plásticamente permanece aún después de la muerte-, y por otra parte, lanza un grito alentando a disfrutar de la belleza, del amor y de la juventud, mientras estos existan , porque el tiempo del placer es tan corto como la frágil flor, que se mustia al atardecer. Por ello, Garcilaso de la Vega proclamará:

 

                    “... coged de vuestra alegre primavera

                    el dulce fruto, antes que el tiempo airado

                    cubra de nieve la hermosa cumbre ...”[1].

 

 

          Aún así, el hombre renacentista, seguía inmerso en la actitud medieval ante la muerte: renegar, como humano; temer, como cristiano. La muerte es un acontecimiento singular e ineludible:

 

                    “... cómo se pasa la vida,

                    cómo se viene la muerte

                    tan callando...”[2].

 

 

          Es una ola que desborda a todo viviente, de la que nadie queda exento:

 

                    “...allí van los señoríos

                    derechos a se acabar

                    e consumir...” [3].

 

          Una obra cumbre de la historia de la literatura castellana, La Celestina de Fernando de Rojas (1475-1541), obra ambivalente, con una extensa galería de hombres y mujeres de la época, con un sabor ineludible de rebeldía radical, con un fondo y una forma crudísimos, y con una finalidad confesada por su autor, vete a saber si sarcásticamente (“compuesta en reprehensión de los locos enamorados que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen ser su dios. Asimismo fecha en aviso de los engaños de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes), hace morir a su protagonista masculino, Calisto, portador caricaturescamente de muchos de los valores renacentistas, proclamando estas palabras:

 

          “¡Oh, válgame Santa María!  ¡Muerto soy!  ¡Confesión!”[4].

 

          El hombre renacentista sigue de hecho situándose delante de la muerte impregnado de inevitable temor. De sus actitudes y creencias son un significativo documento los testamentos efectuados por los sanluqueños durante  este periodo. Los testamentos conservados en el archivo diocesano de Asidonia Jerez, correspondientes a  sanluqueños, arrancan de fines del siglo XVI, si bien es deducible que los anteriores testadores  seguirían las mismas pautas que estos, sobre todo si se tiene en cuenta el extremado conservadurismo del que siempre hizo gala el denominado lenguaje jurídico administrativo. Estos testamentos abarcan un periodo que va de fines del XVI al último tercio del siglo XIX (1878), conservándose 217 documentos[5]. Se ha de tener en cuenta que no todos los sanluqueños testaban, pues, por razones obvias, difícilmente iba a otorgar testamento quien nada tuviese que legar (no nos perdamos en formalismos, que lo que interesaba a todos, de verdad de verdad, era el legado y las mandas; lo otro se valoraba como algo bastante secundario y baladí), y si nada tenía que legar, ¿cómo iba, por otra parte, a pagar los derechos del escribano público ante el que otorgar testamento? Así que sólo quienes tuviesen patrimonio serían los únicos que testaban, bien movidos por propia voluntad, o bien apremiados por los dolidos y lacrimógenos herederos y beneficiarios. 

          El ritual testamentario cambia muy poco durante este extenso periodo. Comenzaba con una protestación de fe (del testamento de María Ramos, viuda de Pedro López Cano: “creyendo firmemente en la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en todo lo demás que confiesa la santa Madre Iglesia Católica y Romana”[6]), tras la oportuna localización del otorgante, del sitio y de la fecha, de su estado físico (“con buen juicio y entendimiento”)[7] (“acostado en la cama en las casas de su morada, gravado de la enfermedad que padece y con libre juicio, memoria y entendimiento natural”, del testamento del almirante Gonzalo Díaz Correa[8]), de su naturaleza, estado civil y sexo. 

          Se continuaba pidiendo la intercesión de la Virgen y de los santos de la devoción del otorgante, preferentemente de los santos Ángeles, de san Miguel, de san Pedro y de las propias almas del purgatorio. Data de mediados del siglo XVI (1526) la fundación de la que llegaría a ser una de las más devotas y prósperas cofradías sanluqueñas, la de las Benditas Ánimas del purgatorio, que, en sus orígenes, tuvo su sede en la ermita de San Juan de Letrán, de donde se trasladaría a la iglesia mayor parroquial[9]. 

          Se establecía asimismo en los documentos testamentarios el tipo de mortaja deseado, normas sobre el cortejo fúnebre, tipo de funeral y exequias, establecimiento de las misas de sufragios encargadas temporal o perpetuamente, fijación de legados o mandas con destino a instituciones benéficas, eclesiásticas o familiares, proclamación de los herederos, nombramiento de los albaceas (eclesiásticos con mucha frecuencia, o familiares allegados al testador), e invalidación de cualquier otro testamento otorgado con anterioridad al definitivo, que recogía la última y definitiva voluntad del otorgante. 

Una vez que se abría el testamento, solían interponerse frecuentemente recursos y litigios sobre la interpretación de sus cláusulas, no sólo entre particulares, sino, sobre todo, entre instituciones (cabildo e iglesia[10], conventos entre sí ....), así como dictarse autos de cumplimiento de los testamentos. Para la aplicación del testamento de Clara Correa, viuda del almirante Gonzalo Díaz Correa, el fraile carmelita fray Juan Durán hubo de presentar certificado en el que ratificaba que la difunta “dejó dispuesta // por cláusula de su Codicillo // que la restante cantidad de cuatrocientos pesos de unos legados se me entreguen // para que los expendiere en ciertas cosas del descargo de su conciencia que me comunicó debajo de confesión // como lo juro in verbo sacerdotis”[11]. Ello motivó que la Iglesia sanluqueña terminase llevando un estricto control de quiénes testaban y de quiénes no. En el Archivo Diocesano se conservan las listas de los finados en la Ciudad bajo disposición testamentaria, y de los que habían muerto sin testar habiendo dejado bienes para ello, con expresión de sus nombres, días de sus fallecimientos, escribanos ante quienes testaron, fechas del otorgamiento y albaceas que nombraron los primeros o herederos de los segundos, e igualmente de los libros y folios donde se hallan sus partidas de defunción[12]. 

          Se ponía en los testamentos especial énfasis en el tema del cortejo fúnebre, en las misas a celebrar por el alma del difunto, y en el del lugar de enterramiento. El cortejo era más suntuoso cuanto más adinerado había sido el difunto. En él solían figurar, a más de familiares y amigos, la clerecía -en mayor cantidad cuanto de más alto nivel social y económico había disfrutado quien ahora se enterraba-, los frailes, las cofradías y sus integrantes, e incluso una cantidad definida de pobres, si es que el difunto había dejado establecidas mandas por las que, a cambio de figurar en el cortejo, se les repartiese a su término comida y ropa. El testador dejaba establecido el número de misas que se debían celebrar por su alma: “se me diga una misa de réquiem cantada // ofrendada como es costumbre // y seis rezadas // cuya limosna sea a dos reales y cuartillos ... y treinta misas rezadas”[13] (testamento de María Ramos, viuda de Pedro López Cano). 

          Se precisaba, por completo, en los testamentos el lugar preciso del enterramiento. Siempre se debía efectuar en lugar sagrado, siguiendo una larguísima tradición establecida en la cultura socioreligiosa. Se señalaba el templo elegido, la capilla específica y, en ella, el lugar de la misma. Se trataba casi siempre de capillas familiares fundadas por la familia en cuestión y destinadas al enterramiento de todos sus miembros. El criterio de valoración de los lugares de enterramiento solía ser el de la proximidad al altar mayor, y mucho más si este estaba calificado de privilegiado, hecho que producía la inevitable especulación en la concesión de tan apremiantes deseos. En este tiempo, los más frecuentes lugares de enterramiento fueron la iglesia mayor parroquial y los conventos y monasterios sanluqueños. Algunas hermandades y cofradías gozaban de un lugar propio para sus integrantes. Los enterramientos tan sólo se efectuaban en el campo en tiempos de epidemias, en evitación del contagio, y además porque las iglesias resultaban insuficientes para tanto trasiego. Los lugares elegidos eran aquellos que estaban en las proximidades de las lazaretos, lugares que se ubicaban en las entradas de los caminos que venían de otras poblaciones, como los de santa Brígida, a la entrada del camino de Sevilla;  san Francisco, a la bajada de los Altos de las Cuevas; y de manera particular junto al de la antigua ermita de San Antón, que se utilizaba como tal lazareto en tiempos de epidemia, de manera que cuando se constituya en cementerio eclesiástico, se hará en consideración a la ya larga tradición de los enterramientos que, junto a la mencionada ermita, se realizaban. La primera partida de defunción contenida en los libros sacramentales es de 1652, en la que se dice: “El ocho de noviembre de mil y Seiscientos y sinquenta y dos años[14].  Dª Leonor de Novela // en veinte del mes de marzo de mil y seiscientos y sinquenta y dos años // se entero en el convento de la merced desta Ciudad de Sanlúcar de barrameda a Doña Leonor de Novela // mujer de Don marco de Novela”. En las partidas de esta época aparece como lugar de enterramiento la iglesia mayor parroquial, con la excepción de algún convento, como el mencionado, y otro enterramiento que aparece en el convento de Santo Domingo, el del presbítero Andrés de Bega el 22 de Abril de 1652. En las partidas posteriores, y bajo el nombre del difunto, figura si testó o no, su calificación social (pobre o muy pobre), la calle del óbito y el estado del difunto (soltero, doncella, casado, viudo). A raíz de 18 de Abril de 1668, por primera vez en los libros de defunciones, las partidas aparecen firmadas por Bartolomé Salvatierra. 

          La clerecía solía enterrarse bajo el coro de la parroquial o en la capilla del Santísimo Sacramento. Los pobres, sin embargo, encontraban sus enterramientos o carneras en las proximidades de la iglesia mayor parroquial, concretamente en lo que con posterioridad fue denominado el patio de los naranjos, lindero con la capilla de Ánimas. En las proximidades del inicio de la segunda parte del siglo XVII, se recoge el siguiente acuerdo capitular, documentado por Pedro Barbadillo[15]: “Acordóse escribir al Cardenal suplicando le despachasen sus órdenes y censuras para las personas que conviniere para que las personas principales que muriesen de achaques de enfermedad que de presente corre, se entierren en las sepulturas de las iglesias, monasterios, ermitas y hospitales donde cada uno tuviese una sepultura o devoción de enterrarse, como se hizo en los años pasados de quinientos noventa y nueve y seiscientos en la enfermedad que entonces corrió de mal de contagio, como se tiene noticia las remitió el señor Arzobispo de la ciudad de Sevilla que entonces era, respecto que para el común hay hechas dos carneras donde se entierren”[16]. 

          Poco después, dos capitulares, Alonso Castaño y Jerónimo Espinosa de los Monteros, informaron al Cabido[17] de una conversación mantenida con el vicario eclesiástico de Sanlúcar de Barrameda, en la que este les había manifestado su determinación de rehenchir las sepulturas de la iglesia parroquial e impedir que, durante algún tiempo, se continuase con la tradición de los enterramientos en la iglesia parroquial; ante lo cual proponían que se construyese un osario al que se pudieran trasladar los restos existentes en los enterramientos de la parroquial, y que, al mismo tiempo, pudiese servir de lugar de enterramiento durante mucho tiempo. El lugar escogido había sido “junto a las casas que son de los herederos de don Luis del Castillo, cuya propiedad es de los padres de Barrameda[18], que están hechos solar”. Según Pedro Barbadillo[19] en dicho solar se construyó un cementerio “capaz para ciento setenta y cuatro sepulturas y cuatrocientos veintiocho cañones, siendo este el primero que hubo en Sanlúcar y duró hasta el año 1803”.

          El 20 de Junio de 1933, ante el conflicto de competencias planteado por el enfrentamiento entre Ayuntamiento e Iglesia, la documentación existente en el Archivo Diocesano de Asidonia Jerez contiene datos importantes sobre la historia de los enterramientos en este siglo XVI. El asunto lo había destapado al cardenal de Sevilla, con finura y astucia, el que era arcipreste de la ciudad en 1933 Francisco Lara, párroco de Chipiona: “... en el asunto del cementerio cree el párroco de la O (se trata de la parroquial de Sanlúcar de Barrameda) que el Ayuntamiento persigue la incautación, pero como el oficio de requerimiento habla de inventarios y listas, y este legalmente no puede referirse más que a cementerios privados, no sabía qué procedimiento seguir para conocer las intenciones del ayuntamiento de una manera que no diese lugar a dudas. Me permití indicarle que contestase el  oficio del  Ayuntamiento dándole una relación de los cementerios privados, que existen en el ciudad, sin incluir el parroquial. De este modo el municipio descubrirá sus intenciones si, como parece ser por todas los indicios, se trata de la incautación...”[20]. 

          El 20 de Junio de 1933 los tres párrocos de la ciudad, Antonio Suárez, de la iglesia mayor parroquial; Laureano Rubio Alpresa, de Santo Domingo; y José Núñez, de Bonanza, mandan un oficio al cardenal en el que le comunican que, en la sesión ordinaria celebrada por el Ayuntamiento el 10 de Junio, se acordó la incautación del cementerio, ante lo que piden instrucciones a seguir. A falta de más documentación y de títulos inscritos en el Registro de la Propiedad, le remiten al cardenal, los oficios existentes relacionados con la incautación que se efectuó en la anterior República de 1873. 

          En uno de los oficios, el remitido por el entonces arcipreste de la ciudad, Francisco Rubio Contreras, al Presidente del Ayuntamiento, con fecha de 28 de Abril de 1873, tras defender los derechos que, en su opinión asistían al clero en cuestiones de cementerio en general y en el de san Antón en particular, por ser de la propiedad de la Iglesia sanluqueña, hace una breve síntesis de la historia de los cementerios: “ ... V.S. deberá convenir conmigo, que, sin razones sumamente atendibles, no era posible que por espacio de dos tercios de siglo el clero, a la vista de toda una población, erigiese, gobernase y dirigiese un lugar público sagrado. Desde el año de 1396, dos siglos antes de que el Concejo, Justicia y Regimiento de Sanlúcar tuviese casa donde deliberar, y más de un siglo anterior al documento más antiguo del archivo del Ayuntamiento, era ya San Antón lugar sagrado y propiedad del clero, con los terrenos adyacentes, por cesión de D. Juan de Guzmán, conde de Niebla. Y note V.S.  que ya desde esa fecha era San Antón cementerio, por la costumbre antiquísima de dar sepultura en las iglesias, que a la sombra de los altares lo ha puesto el cristianismo todo: la vida y la muerte. A principios del siglo, San Antón, que era ya cementerio, empezó a ser cementerio único; y el clero cercó su terreno, levantó sus tapias, construyó sus sepulcros, en una palabra, lo hizo, y lo hizo en terreno suyo. El cementerio de San Antonio Abad está, por lo tanto, al abrigo y al amparo de los tribunales, como la propiedad más sagrada, y el clero tiene, no ya razones sumamente atendibles, sino títulos verdaderos y de verdadera justicia que todo tribunal respetará, y que yo espero respetará también el Ayuntamiento, desistiendo del acuerdo que, sólo por una equivocación, se ha podido tomar.

Dios guarde a usted muchos años”[21].

 



[1]  Primer terceto del Soneto XXIII..

[2]  De las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique (1440-1479).

[3]  Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique.

[4]  La celestina, 1494, acto XIV.

[5]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, cajas 330 a 334.

[6]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, caja 330, 5.

[7]  Testamento de María Ramos, viuda de Pedro López Cano (1639). Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, caja 330, 5.

[8]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, caja 330, 8.

[9]  Pedro Barbadillo: Historia de la Ciudad de Sanlúcar de Barrameda, pág. 296.

[10]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez, Fondos Hispalenses, caja 331B, 26.

[11]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez, Fondos Hispalenses, caja 330, 8.

[12]  Cfr. Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Hispalenses, caja 334 E, 112, 113 y 114.

[13]  Archivo Diocesano de Asidonia jerez: Fondos Hispalenses, caja 330,5.

[14]  Como se puede observar una cosa era la fecha de asiento de la partida y otra la del enterramiento y, al parecer, no eran muy diligentes los encargados de la escribanía eclesiástica.

[15]  Historia de la Ciudad de Sanlúcar de Barrameda, pág. 718.

[16]  Act. Cap. de la sesión de 9 de Enero de 1649.

[17]  Act. Cap. de la sesión de 2 de Enero de 1679.

[18]  Se refiere a los frailes jerónimos del convento de Santa María de Barrameda, ubicados en el primer monasterio que hubo en esta ciudad, junto a los pinares del mismo nombre y próximo al puerto también denominado de Barrameda.

[19]  Historia de la Ciudad de Sanlúcar de Barrameda, pág. 719.

[20]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez. Fondos de Gobierno. Caja de Instituciones, cementerio.

[21]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez. Fondos de Gobierno, caja de Instituciones, cementerio.


03/04/2016

  ¿TAMBIÉN VOSOTROS?

 

 

 

Una fría noche de invierno amenazaba con un nuevo manto de frío. En el templo viejo y con cicatrices de abandono había concluido el tercer día de culto en honor del Cristo y de la Santísima Virgen. Unas voces ahuecadas y solitarias cantaban una canción mariana de despedida. Relucía el retablo con flores y cirios primorosamente colocados. Todo se había ejecutado con fervor. El oficiante notó entre sus manos, al ofrecer el pan y el vino, la soledad que hubo de padecer Jesús en Getsemaní. Todos duermen, se decía una vez tras otras. La pesada carga de tan poca concurrencia en hermandad de tantos hermanos no había pasado desapercibida para el hermano mayor. Una mirada de dolorosa complicidad se cruzó entre ellos en el momento de la comunión.

          Finalizada la misa, el hermano mayor y la junta de gobierno de la hermandad se desvivían en atenciones con el predicador como queriendo aliviar una tristeza que ellos no habían producido. La iglesia quedó prestamente vacía. El sacristán iba apagando los cirios del altar, que iban dejando tras de sí un olor a humedad contenida que se esparcía por el viejo templo que encerraba tantas historias.

          Comenzó a oírse de pronto un rumor cada vez más creciente de voces juveniles. La iglesia se fue llenando de varias decenas de jóvenes alegres, dicharacheros, sonrientes. El predicador preguntó al hermano mayor qué era aquello. El hermano mayor le contestó que eran los costaleros que venían a hacer la “igualá” para comenzar los ensayos para el “desfile procesional”. “Pero, ¿todos estos son hermanos de la hermandad?, preguntó el predicador, mitad curiosidad y mitad tristeza. El hermano mayor, comprendiendo doloridamente lo punzante de la pregunta, contestó que sí, que efectivamente eran hermanos de la hermandad, y añadió que todos estaban perfectamente informados de los cultos, pero que las cosas eran así.

          El ruido de tantas voces juveniles entrecruzadas se hacía ensordecedora en el templo. El predicador fue pasando por entre ellos  encaminándose hacia la salida del templo. Una voz resonaba en los cuévanos de su silencio y de su sentimiento de ausencia: ¿También vosotros queréis abandonarme? Su mente retrocedió hasta el momento en el que el Maestro, Jesús de Nazaret, las había pronunciado a sus apóstoles. La oración solitaria del predicador salió de lo más profundo de su entrañas: “No, Señor Jesús, yo no quiero en absoluto abandonarte. ¿A dónde iría esta vasija de barro sin ti, si lo único importante es el tesoro que has puesto dentro de ella, tú mismo, mi Jesús de Nazaret?”.

          Caminaba solitario el predicador. El frío era intenso. La noche marcaba la estación invernal. No terminaba de comprender el sentido de la vida. Mil preguntas se entrecruzaban por su mente despejada por el intenso frío: ¿Cómo es posible que estos jóvenes, inmersos en un mundo mentiroso y tramposo, hagan fiesta al símbolo del Misterio, cuando quedan impasivos ante el misterio mismo? ¿Cómo una fotografía –entrañable, pero fotografía al fin y a la postre de un ser querido– podía tener para ellos mayor significación que la realidad de la que la fotografía era tan sólo una mera señal? ¿Cómo se conformaban con quedar asomados al brocal del pozo del Misterio cuando el Misterio mismo es lo realmente vivificante y vivificador?

 

          Era la noche de los tiempos. Llegaría un día en el que el Nazareno sería sin discusión la verdadera “luz de los pueblos”. Mientras tanto tan sólo queda a sus seguidores pasar por el mundo, como Él, haciendo el bien. Ya su luz brillará resplandecientemente para todos. Hoy tan sólo queda sentir el frío de la noche y la soledad de la ausencia.


25/03/2016

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